En la tarde del 3 de mayo de 2007, una niña de tres años y once meses dejó de estar en la cama donde sus padres la habían acostado en un apartamento de vacaciones en Praia da Luz, una localidad turística del Algarve portugués. La desaparición de Madeleine Beth McCann se convertiría en uno de los casos de niños desaparecidos más conocidos y más investigados de la historia reciente, y su resolución definitiva permanece pendiente hasta la actualidad.
Madeleine nació el 12 de mayo de 2003 en Leicester, Inglaterra, hija de Kate McCann, médica de cabecera en Melton Mowbray, y de Gerry McCann, cardiólogo del Hospital Glenfield de Leicester. Era la mayor de tres hijos: además de Madeleine, la familia tenía dos mellizos, Sean y Amelie, que en el momento de los hechos tenían dos años. La familia vivía en Rothley, en el condado de Leicestershire. Madeleine presentaba una característica física notable: su ojo derecho tenía un coloboma, una malformación consistente en una línea oscura que se extendía desde la pupila hasta el borde del iris, aproximadamente en la posición de las siete en un reloj, lo que hacía que su mirada fuera inconfundible.
El jueves 3 de mayo fue el penúltimo día de las vacaciones que la familia McCann pasaba en Portugal junto a un grupo de amigos con sus respectivos hijos. Por la mañana, durante el desayuno, Madeleine hizo una pregunta que sus padres recordarían con angustia: les preguntó por qué no habían ido cuando ella y su hermano mellizo lloraron la noche anterior. La frase adquiriría una dimensión perturbadora después de la desaparición, sugiriendo que alguien podría haber entrado en la habitación de los niños durante la noche previa. A las 14:29 de ese mismo día, Kate McCann tomó lo que sería la última fotografía conocida de su hija, sentada junto a la piscina con su padre y su hermana de dos años.
Esa noche, los padres y sus amigos dejaron a los niños dormidos en los apartamentos y fueron a cenar a un restaurante situado a unos cincuenta metros de distancia. Durante la velada, tanto los McCann como sus acompañantes realizaron comprobaciones periódicas cada veinte o treinta minutos. A las diez de la noche, al regresar al apartamento, Kate McCann descubrió que la cama de Madeleine estaba vacía. La ventana y las persianas de la habitación estaban abiertas. La niña había desaparecido.
La reacción fue inmediata: llamadas a la policía, búsquedas en la zona, movilización del complejo turístico. En las horas y días siguientes, la desaparición de Madeleine acaparó la atención de los medios de comunicación de todo el mundo. El interés fue especialmente intenso en el Reino Unido, donde la cobertura informativa alcanzó proporciones que los propios medios compararon con la que había generado la muerte de la princesa Diana de Gales en 1997.
La investigación de la Polícia Judiciária portuguesa tomó un giro inesperado durante las semanas posteriores. Una mala interpretación de resultados de análisis de ADN realizados en el Reino Unido llevó a los investigadores a considerar la hipótesis de que Madeleine había muerto en un accidente dentro del apartamento y que sus padres habían encubierto su muerte. En septiembre de 2007, Kate y Gerry McCann recibieron el estatus de arguidos, es decir, sospechosos formales. La noticia fue demoledora para la familia y generó una cobertura mediática que los sometió a una presión extraordinaria, con acusaciones infundadas que circularon en tabloides y redes sociales. En julio de 2008, el fiscal general de Portugal archivó el caso por falta de pruebas y el estatus de arguidos fue levantado.
Los McCann nunca dejaron de buscar a su hija. Utilizando detectives privados y manteniendo una fundación en su nombre, continuaron la investigación de manera paralela a las autoridades. En 2011, Scotland Yard abrió su propia investigación bajo el nombre de Operación Grange, cuyos responsables declararon que trataban la desaparición como un acto criminal cometido por un desconocido, probablemente un secuestro planificado o un robo que se complicó. En 2013, Scotland Yard publicó imágenes de varios hombres a quienes deseaban localizar para interrogar, incluyendo a uno al que varios testigos habían visto esa noche cargando a un niño en dirección a la playa. Poco después, la policía portuguesa reabrió su propia investigación.
La repercusión mediática del caso tuvo consecuencias que fueron más allá de la búsqueda de Madeleine. En 2008, los McCann y varios de sus acompañantes recibieron indemnizaciones y disculpas formales del grupo Editorial Express Newspapers por informaciones falsas y difamatorias que había publicado sobre ellos. En 2011, la familia testificó ante la Investigación Leveson sobre las malas prácticas de la prensa británica, convirtiéndose en uno de los testimonios más poderosos a favor de una mayor regulación del periodismo sensacionalista.
La desaparición de Madeleine McCann, además de ser una tragedia personal de dimensiones devastadoras para su familia, se convirtió en un símbolo de las tensiones entre la presión mediática y la presunción de inocencia, entre la desesperación de unos padres y la necesidad de una investigación rigurosa. Décadas después, el caso permanece oficialmente abierto.

