Construir una capital desde cero en el corazón del Brasil es una de las empresas urbanísticas más audaces del siglo XX. Brasilia, hoy sede del gobierno federal y la tercera ciudad más poblada del país con más de tres millones de habitantes, no existía como ciudad antes de la segunda mitad del siglo pasado. Su surgimiento respondió a un proyecto político, económico y simbólico que buscaba transformar la propia identidad de Brasil.
La idea de trasladar la capital al interior del territorio no era nueva cuando el presidente Juscelino Kubitschek la convirtió en realidad. En 1761, el marqués de Pombal ya había señalado la conveniencia de "interiorizar" la administración colonial, alejándola de la costa atlántica donde se concentraba el poder heredado de Portugal. En 1821, el líder independentista José Bonifácio propuso incluso el nombre de Brasilia para esa futura capital soñada. La primera Constitución republicana de 1891 recogió formalmente esa aspiración, aunque pasarían décadas antes de que se materializara. Mientras tanto, el país tuvo dos capitales costeras sucesivas, Salvador de Bahía y Río de Janeiro, ambas ligadas a la historia colonial y al Atlántico.
El impulso definitivo llegó con la elección de Kubitschek en 1953. Ante la ausencia de alguna ciudad existente en el interior que reuniera las condiciones necesarias, se tomó la decisión radical de fundar una urbe completamente nueva. Ya entre 1892 y 1896, la misión Cruls, encabezada por el geodesta Luís Cruls, había recorrido la meseta central brasileña para delimitar el área apropiada, logrando la demarcación del cuadrilátero que más tarde resultaría fundamental para la elección del sitio definitivo.
A mediados de 1956 se confirmó la ubicación en una extensa meseta en el sureste del estado de Goiás, región que hoy constituye el Distrito Federal, limítrofe con Goiás en casi toda su extensión y con una pequeña franja del estado de Minas Gerais al sureste. El lugar reunía condiciones geográficas favorables, aunque su lejanía de los centros urbanos consolidados representaba también un enorme desafío logístico.
Las obras se iniciaron formalmente el 23 de octubre de 1956 bajo la dirección de dos figuras que marcarían la historia de la arquitectura latinoamericana. Lúcio Costa, ganador del concurso de diseño urbano, fue el principal urbanista y responsable de la concepción general de la ciudad. Su compañero y amigo cercano Oscar Niemeyer se encargó del diseño de la mayoría de los edificios públicos, dotando al conjunto de una estética modernista sin precedentes. El paisajista Roberto Burle Marx completó el equipo creativo con el diseño de los espacios verdes y jardines.
La ciudad fue concebida según los principios de la Carta de Atenas de 1933, el manifiesto urbanístico del Congreso Internacional de Arquitectura Moderna que promovía la separación funcional de zonas residenciales, de trabajo, de ocio y de circulación. Este enfoque racionalista se plasmó en el famoso plano en forma de avión o de pájaro que puede apreciarse desde el aire, con amplias avenidas, bloques habitacionales organizados y edificios gubernamentales dispuestos con una simetría casi monumental.
Para levantar aquella ciudad en tiempo récord, se contrató mano de obra de todo el país, con una presencia especialmente destacada de trabajadores provenientes del Nordeste, la región más empobrecida de Brasil. Esos obreros, conocidos popularmente como candangos, construyeron con sus manos una capital que representaba el futuro mientras ellos mismos vivían en condiciones precarias en campamentos provisionales.
El 21 de abril de 1960, apenas 41 meses después del inicio de los trabajos, Brasilia fue inaugurada y se convirtió oficialmente en la capital de Brasil. El proceso de transferencia fue gradual: conforme se concluían los edificios administrativos, las distintas dependencias del gobierno federal y sus funcionarios se trasladaban desde Río de Janeiro a la nueva sede. Los tres poderes de la república —ejecutivo, legislativo y judicial— encontraron en Brasilia los espacios que Niemeyer había diseñado para ellos con una geometría que aún hoy genera admiración.
La ciudad no tardó en recibir reconocimiento internacional. Sus características urbanas y arquitectónicas la convirtieron en un caso de estudio mundial, y en 1987 la UNESCO la declaró Patrimonio de la Humanidad, distinción extraordinariamente inusual para una ciudad de apenas veintisiete años de existencia. Esa distinción reconocía la coherencia y originalidad de su planificación, considerada un testimonio excepcional del urbanismo del siglo XX.
Con el paso de las décadas, Brasilia ha crecido muy por encima de las proyecciones iniciales. La zona metropolitana supera los cuatro millones de habitantes, una expansión que no estaba contemplada en el diseño original y que ha generado tensiones entre la ciudad planificada y los asentamientos espontáneos que la rodean. Las llamadas cidades-satélite crecieron al margen del plano de Costa para albergar a quienes no cabían en los bloques residenciales previstos.
Brasilia integra hoy una lista singular de capitales de construcción reciente junto a ciudades como Islamabad, Naipyidó, Abuya, Canberra, Astaná, Nusantara y Putrajaya, entre otras. Pero su lugar en esa lista va más allá de la cronología: es una ciudad que encarna la voluntad de un país por reinventarse, por mirar hacia adentro de su propio territorio y proyectar desde allí su imagen al mundo.

