La batalla de Stalingrado permanece en la memoria colectiva como la más sangrienta de la historia de la humanidad. Entre el 23 de agosto de 1942 y el 2 de febrero de 1943, el Ejército Rojo soviético y las fuerzas de la Alemania nazi, junto con sus aliados del Eje, se enfrentaron por el control de la ciudad soviética que hoy lleva el nombre de Volgogrado. Con bajas estimadas en más de dos millones de personas entre combatientes de ambos bandos y civiles, el combate transformó el curso de la Segunda Guerra Mundial y marcó el principio del fin del régimen nazi en Europa.
Para comprender el significado de esta batalla hay que remontarse al contexto de la invasión alemana de la Unión Soviética, iniciada en junio de 1941. Adolf Hitler, influido por teorías geopolíticas que aspiraban a convertir las tierras soviéticas en colonias alemanas denominadas Germania, había concebido la campaña como una guerra de aniquilación que debía concluir en pocas semanas. Sin embargo, la resistencia soviética resultó mucho más tenaz de lo previsto, y el frente oriental se convirtió en un inmenso teatro de operaciones que desbordó la capacidad logística alemana.
En el verano de 1942, la Wehrmacht lanzó la Operación Azul, o Fall Blau, con el objetivo de conquistar los pozos petrolíferos del Cáucaso. La ciudad de Stalingrado, situada a orillas del Volga y que llevaba el nombre del líder soviético, adquirió una importancia simbólica y estratégica decisiva: controlarla significaba dominar el corredor entre el norte y el sur del frente oriental. A inicios de agosto, el 6.º Ejército alemán, apoyado por el 4.º Ejército Panzer, cruzó la curva del río Don y alcanzó los arrabales de la ciudad.
El 23 de agosto de 1942, un bombardeo masivo redujo a escombros buena parte de Stalingrado. Las tropas alemanas del 6.º Ejército, al mando del general Friedrich Paulus, comenzaron a penetrar en la ciudad y a combatir edificio por edificio, calle por calle, en lo que los propios soldados alemanes denominaron Rattenkrieg, la guerra de ratas. Los defensores soviéticos, bajo un mando que el general Vasili Chuikov convirtió en leyenda, se aferraron a cada ruina con una determinación que desconcertó al enemigo. La famosa orden de Stalin, que prohibía dar un solo paso atrás, fue cumplida con un fanatismo que se midió en cadáveres.
A pesar de controlar la mayor parte de la ciudad, la Wehrmacht fue incapaz de arrojar a los últimos defensores soviéticos de la orilla occidental del Volga. Los soviéticos utilizaban la misma destrucción para su ventaja: entre los escombros, los tanques alemanes perdían su capacidad de maniobra y la superioridad aérea resultaba mucho menos determinante. Mientras la batalla de desgaste consumía las mejores divisiones alemanas dentro de la ciudad, el general Gueorgui Zhúkov, artífice de la estrategia soviética, reunía en secreto enormes reservas de hombres y materiales en la retaguardia.
El 19 de noviembre de 1942, los soviéticos desencadenaron la Operación Urano. Partiendo desde los flancos norte y sur del saliente alemán, las fuerzas blindadas soviéticas arrollaron a los ejércitos aliados del Eje que cubrían los flancos del 6.º Ejército, en su mayor parte tropas rumanas y húngaras con equipamiento inferior. En apenas cuatro días, las tenazas soviéticas se cerraron, encerrando al 6.º Ejército alemán y parte del 4.º Ejército Panzer en una bolsa de extraordinarias dimensiones. Aproximadamente 330.000 soldados alemanes quedaron atrapados, aunque más de 42.000 de ellos pudieron ser evacuados por heridas antes de que el cerco fuera total.
Hitler se negó a autorizar una ruptura del cerco desde el interior. Prometió a Paulus un puente aéreo que suministraría todo lo necesario a las tropas rodeadas, pero la Luftwaffe nunca pudo acercar ni una fracción de los suministros requeridos. El general Erich von Manstein intentó en diciembre abrirse paso desde el exterior con fuerzas blindadas, pero fue detenido a menos de cincuenta kilómetros de Stalingrado. Dentro del cerco, la situación se deterioró con rapidez brutal: el frío, el hambre y las enfermedades mataban a miles de soldados cada día.
En enero de 1943, los ataques soviéticos redujeron la bolsa sin misericordia. El 31 de enero, Paulus, recién ascendido por Hitler al rango de mariscal de campo mediante una distinción que ningún mariscal alemán había permitido que lo capturaran, se rindió con su estado mayor. El 2 de febrero cesó la resistencia del último reducto alemán. De los más de 300.000 soldados que permanecieron dentro del cerco, apenas unos pocos miles sobrevivieron para regresar a Alemania años después de la guerra.
Las consecuencias de la derrota en Stalingrado fueron múltiples y profundas. En el plano militar, confirmó lo que algunos analistas ya sospechaban: la capacidad logística alemana era insuficiente para sostener una ofensiva en un frente que se extendía desde el mar Negro hasta el Ártico. Esta lección quedaría corroborada meses después en la batalla de Kursk, la última gran ofensiva blindada alemana, que también acabó en derrota. La Wehrmacht nunca recuperó su capacidad ofensiva en el frente oriental y a partir de entonces estuvo en continua retirada.
En el plano político, el desastre aceleró los planes de los oficiales disidentes que consideraban que Hitler llevaba a Alemania a la ruina. El atentado fallido del 20 de julio de 1944 tuvo entre sus raíces la desesperación nacida en Stalingrado. La ciudad, por su parte, recibió en 1945 el título honorífico de Ciudad Heroica en reconocimiento al sacrificio de sus defensores. El impacto de la batalla sobre la moral de ambos bandos fue inconmensurable, y su recuerdo sigue siendo parte central de la identidad histórica de Rusia hasta el día de hoy.
