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Reconquista

Período histórico de la península ibérica

7 min01/01/2024
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La Reconquista es el término acuñado en el siglo XIX para designar el largo proceso histórico mediante el cual los reinos cristianos medievales de la península ibérica expandieron sus dominios a expensas de al-Ándalus, el territorio bajo dominio islámico. En su sentido más amplio, abarca un período de aproximadamente ocho siglos, desde la batalla de Covadonga, fechada hacia el año 718 o 722, hasta la caída del Reino nazarí de Granada en 1492 ante los Reyes Católicos. Este arco temporal de casi ochocientos años lo convierte en uno de los procesos históricos de más larga duración de la historia medieval europea.

El punto de partida convencional es la conquista musulmana de Hispania en el año 711. En pocos años, las tropas beréberes y árabes al servicio del Califato Omeya atravesaron el estrecho de Gibraltar, derrotaron al último rey visigodo y se apoderaron de casi toda la península. Solo en la franja cantábrica, entre montañas que resultaban difícilmente accesibles para la caballería árabe, subsistió una resistencia organizada. Fue allí donde un grupo de nobles visigodos bajo el liderazgo de Pelayo derrotó a una patrulla musulmana en Covadonga y fundó el embrión de lo que sería el reino de Asturias.

La ideología que dio coherencia al proceso de expansión cristiana se articuló durante el reinado de Alfonso III de Asturias, entre los años 866 y 910, con la elaboración del llamado neogoticismo. Según esta doctrina, los monarcas astur-leoneses eran legítimos herederos de los reyes visigodos de Toledo y, por tanto, tenían derecho a recuperar todos los territorios que habían pertenecido a aquel reino. Esta concepción proporcionó una justificación ideológica y religiosa a las guerras de expansión, presentándolas no como conquistas sino como una recuperación de lo propio. Esta idea neogoticista fue sobre todo desarrollada en los reinos de León y Castilla, y fue en cambio mucho menos presente en los condados catalanes.

Durante los siglos siguientes, el mosaico político de la península fue extraordinariamente complejo. Los reinos y condados cristianos del norte, entre ellos Asturias-León, Castilla, Navarra, Aragón y los condados catalanes, avanzaron hacia el sur de manera irregular, impulsados tanto por motivaciones religiosas como por la búsqueda de tierras y botín. Al-Ándalus, por su parte, no fue nunca una entidad monolítica: pasó del esplendor del Califato de Córdoba, en el siglo X, a la fragmentación en los llamados reinos de taifas, lo que facilitó en algunos momentos el avance cristiano.

Uno de los hitos más relevantes de este largo proceso fue la caída de Toledo en manos del rey Alfonso VI de Castilla en el año 1085, lo que supuso la pérdida de la antigua capital visigoda y un golpe simbólico mayúsculo para al-Ándalus. En respuesta, los gobernantes musulmanes llamaron a los almorávides, una dinastía bereber del norte de África, que frenaron temporalmente el avance cristiano. Más tarde serían los almohades quienes ejercerían ese papel de contención, hasta que la batalla de Las Navas de Tolosa en 1212 rompió definitivamente su poderío y abrió el camino hacia el sur de la península.

En el siglo XIII, la expansión se aceleró. Jaime I de Aragón conquistó Valencia y las Baleares, mientras Fernando III de Castilla tomó Córdoba en 1236 y Sevilla en 1248. Para mediados de ese siglo, el dominio islámico en la península había quedado reducido al Reino nazarí de Granada, que sobrevivió durante más de doscientos años como estado vasallo de Castilla, gracias a su difícil geografía y a los tributos que pagaba. Fue en 1492 cuando los Reyes Católicos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, conquistaron Granada y pusieron fin a ese último reducto.

La historiografía moderna ha cuestionado profundamente el concepto de Reconquista tal como fue formulado en el siglo XIX. Entonces, vinculado al nacionalismo español emergente, el término implicaba una continuidad nacional y religiosa que los historiadores actuales consideran anacrónica. Las premisas sobre las que se asentaba, a saber, que España existía como nación antes del siglo VIII, que sus habitantes eran españoles y que tenían el deber de reconquistar su patria, no se sostienen desde una perspectiva científica contemporánea.

Existe hoy amplio consenso entre los historiadores en que la realidad de aquellos siglos fue mucho más compleja y matizada que el relato de un enfrentamiento permanente entre cristianos y musulmanes. Los combates entre reinos de distinta religión no fueron más numerosos que los que opusieron a reinos del mismo signo religioso. Las alianzas entre señores cristianos y musulmanes contra enemigos comunes fueron frecuentes. La vida cultural y económica de al-Ándalus impregnó profundamente a los reinos del norte, y los contactos, los intercambios y las influencias recíprocas fueron constantes a lo largo de esos siglos.

El legado de este largo período es inseparable de la formación de lo que hoy conocemos como España y Portugal. Los patrones de poblamiento, la distribución de las tierras, la organización de los municipios, la arquitectura, la lengua y numerosas expresiones culturales llevan la huella de aquella convivencia conflictiva y fecunda a la vez. La ciudad de Granada, con su Alhambra, o Córdoba, con su mezquita-catedral, son testimonios materiales de una historia que resistió la simplificación y que sigue siendo objeto de interpretaciones encontradas.

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