En la llanura aluvial de la Baja Mesopotamia, a orillas del gran río Éufrates, surgió hace más de cuatro mil años una ciudad que se convertiría en símbolo eterno del poder, el conocimiento y la ambición humana. Babilonia, cuyas ruinas parcialmente reconstruidas se encuentran en la actualidad en la provincia iraquí de Babil, cerca de la ciudad de Hilla, fue la capital del reino babilónico y durante varios siglos el centro neurálgico del comercio, el arte y el aprendizaje en todo el Oriente Próximo.
El nombre con el que hoy conocemos a la ciudad tiene una historia lingüística fascinante. En sumerio se llamaba Ka-dingir, lo que puede transcribirse como "Puerta de los dioses", nombre que fue traducido al acadio como Bāb-ilim, del cual derivaron las variantes dialectales Bab-ilu y Bab-ilani. Del acadio pasó al griego antiguo como Βαβυλών, origen directo de las formas occidentales modernas: Babilonia en español, Babylon en inglés, Babylone en francés.
En sus orígenes, Babilonia no era más que una ciudad de provincias sin originalidad arquitectónica particular. Las capas más antiguas del yacimiento son hoy prácticamente inaccesibles para los arqueólogos porque se encuentran por debajo del nivel freático del terreno. Sin embargo, se sabe que ya en la primera dinastía babilónica la ciudad fue dotada de murallas, lo que indica que desde muy temprano fue reconocida como un núcleo urbano de cierta importancia.
La transformación de Babilonia en metrópoli comenzó con Hammurabi, el rey que en el siglo XVIII antes de Cristo unificó Mesopotamia bajo su dominio y la convirtió en capital del primer gran Imperio babilónico. Famoso por el código de leyes que lleva su nombre, uno de los conjuntos legislativos más antiguos del mundo, Hammurabi dotó a la ciudad de una arquitectura monumental y de una administración eficiente. Pero la ciudad más antigua fue posteriormente destruida por Senaquerib, rey de Asiria, lo que nos priva de conocer su forma en ese período.
El verdadero esplendor de Babilonia llegó en el siglo VII antes de Cristo, bajo el reinado de Nabucodonosor II, el gran constructor del Imperio neobabilónico. En esa época, la ciudad alcanzó una extensión de cerca de 850 hectáreas, de las cuales unas 400 estaban protegidas por el perímetro interior de murallas, superando en tamaño a la capital asiria Nínive, que ocupaba unas 750 hectáreas. Con esas dimensiones, Babilonia se convirtió en la mayor ciudad de Mesopotamia y probablemente una de las más grandes del mundo en su momento, albergando según los cálculos arqueológicos a unos 500.000 habitantes.
La planimetría de la ciudad, trazada en torno al año 2000 antes de Cristo y reformada por Nabucodonosor, seguía una forma casi rectangular de aproximadamente 2.400 por 1.600 metros, dividida en dos zonas por el río Éufrates. La influencia de la ortogonalidad con que los sumerios habían diseñado sus canales de irrigación es perceptible en ese trazado geométrico. En esencia, Babilonia era una sucesión de recintos amurallados concéntricos, donde incluso las viviendas particulares reproducían en pequeño, con sus muros escalonados y sus patios interiores, la forma de los templos y los palacios.
Las defensas de Babilonia eran portentosas. La muralla del recinto interior consistía en un doble cinturón defensivo de siete metros de anchura, reforzado por un foso conectado con el Éufrates. El espacio entre los dos muros, de unos doce metros, estaba colmatado con tierra compactada en toda su altura. Había una torre cada cincuenta metros aproximadamente, lo que significa que hubo cerca de 350 torres en el perímetro interior. Para evitar que el enemigo pudiera vadear el río por sus zonas menos profundas, se colocaron rejas de hierro sumergidas en el Éufrates donde terminaban las murallas. Nabucodonosor añadió un segundo cinturón amurallado exterior de geometría triangular, y Nabónido construyó una muralla interior entre la ciudad y el río.
Entre las maravillas que adornaban la ciudad, los Jardines Colgantes de Babilonia, atribuidos a Nabucodonosor, eran considerados en la antigüedad una de las siete maravillas del mundo. Los templos dedicados al dios Marduk, patrón de la ciudad, y la enorme ziggurat conocida como Etemenanki, que pudo haber inspirado la leyenda bíblica de la Torre de Babel, completaban un paisaje urbano sin igual en el mundo de la época.
El destino de Babilonia cambió radicalmente en el año 539 antes de Cristo, cuando el rey persa Ciro el Grande tomó la ciudad prácticamente sin resistencia, aprovechando el descontento de la población con el último rey babilónico, Nabónido. Bajo el Imperio persa, Babilonia siguió siendo una ciudad importante, aunque ya sin la condición de capital. Alejandro Magno la conquistó en el 331 antes de Cristo y planeó convertirla en la capital de su vasto imperio, pero murió allí mismo en el 323 antes de Cristo antes de poder ver cumplido ese sueño.
Las ruinas de Babilonia, parcialmente reconstruidas a finales del siglo XX bajo el gobierno de Saddam Hussein en un proyecto que los arqueólogos han criticado duramente por su falta de rigor histórico, se encuentran hoy en la lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO desde 2019. Siguen siendo uno de los yacimientos arqueológicos más evocadores del planeta, testimonio material de una civilización que elevó la ciudad humana a una categoría casi divina.
