En las ruinas humeantes de la Primera Guerra Mundial, con millones de muertos, ciudades destruidas y cuatro grandes imperios desaparecidos del mapa, surgió una idea que muchos creyeron revolucionaria: que las naciones del mundo podían y debían resolver sus disputas mediante el diálogo y la cooperación, no a través de la guerra. Esa idea tomó forma institucional el 28 de junio de 1919 con la creación de la Sociedad de las Naciones, establecida por el Tratado de Versalles.
La iniciativa partió del presidente estadounidense Woodrow Wilson, cuyo programa de paz conocido como los Catorce Puntos incluía, como último y más ambicioso punto, la creación de una asociación general de naciones. Wilson creía que la diplomacia secreta, los pactos bilaterales y la ausencia de un foro internacional habían sido causas directas de la guerra, y que una organización permanente podía prevenir futuras catástrofes. El Pacto de la Sociedad, que constituyó los 26 primeros artículos del Tratado de Versalles, fue redactado en las primeras sesiones de la Conferencia de Paz de París, inauguradas el 18 de enero de 1919.
La ironía más cruel del nacimiento de la Sociedad es que el propio país cuyo presidente la concibió nunca llegó a ser miembro. El Senado de los Estados Unidos rechazó la ratificación del tratado en 1919 y 1920, negándose a asumir los compromisos que implicaba la seguridad colectiva. Esta ausencia privaría a la organización, desde su fundación, de uno de sus pilares más importantes.
El 15 de noviembre de 1920 se celebró en Ginebra la primera asamblea de la Sociedad, con la participación de 42 países. A lo largo de su existencia llegaría a contar con 57 miembros en su momento de mayor expansión, aunque nunca incluyó al mismo tiempo a todas las potencias del mundo. Alemania no ingresó hasta 1926, y la Unión Soviética fue admitida en 1934 para ser expulsada en 1939.
La organización se sustentaba en tres principios fundamentales: la seguridad colectiva, el arbitraje de conflictos y el desarme. En el período entre 1924 y 1929 la Sociedad vivió su etapa más fructífera. En 1925 se firmó el Tratado de Locarno, que normalizó las relaciones entre Alemania y sus vecinos occidentales. En 1926 Alemania ingresó formalmente como miembro, lo que parecía una señal de reconciliación europea. En 1928 el Pacto Briand-Kellogg, aunque no vinculado directamente a la Sociedad, sumó a casi sesenta naciones en un compromiso de renuncia a la guerra como instrumento de política exterior.
Sin embargo, cuando la Gran Depresión de 1929 desencadenó una crisis económica global y reactivó los nacionalismos más agresivos, las limitaciones estructurales de la Sociedad se hicieron evidentes. Japón invadió Manchuria en 1931 sin consecuencias reales. Italia atacó Etiopía en 1935 y las sanciones económicas impuestas por la Sociedad resultaron ineficaces. La Alemania nazi rearmó abiertamente en violación de los tratados, y nadie la detuvo. La Sociedad era incapaz de actuar con firmeza porque sus decisiones requerían unanimidad y porque carecía de un ejército propio o de mecanismos coercitivos reales.
El estallido de la Segunda Guerra Mundial en 1939 representó el fracaso total del sistema de seguridad colectiva que la Sociedad debía garantizar. Aunque la organización siguió existiendo formalmente, había perdido toda relevancia práctica. El 18 de abril de 1946, meses después de terminada la guerra, la Sociedad de las Naciones fue disuelta de manera oficial, cediendo el paso a la Organización de las Naciones Unidas.
Lo que resulta significativo, y a la vez revelador, es que los redactores de la Carta de las Naciones Unidas optaron deliberadamente por no mencionar a la Sociedad como antecedente. Los Estados vencedores de la Segunda Guerra Mundial querían construir algo enteramente nuevo, sin la carga del fracaso previo. Sin embargo, la ONU heredó estructuras, principios y hasta parte de la burocracia de la organización anterior, incluidas las agencias especializadas que se habían creado bajo el paraguas ginebrino.
El legado de la Sociedad de las Naciones es doble. Por un lado, representa el primer intento serio de la humanidad por construir un orden internacional basado en la ley y la cooperación, no en la fuerza. Por otro, sus fracasos enseñaron lecciones fundamentales sobre la necesidad de mecanismos de aplicación efectivos, de una membresía universal y de estructuras de poder que reflejen la realidad geopolítica del mundo. Sin la Sociedad de las Naciones y su historia de luces y sombras, la ONU tal como la conocemos hoy simplemente no existiría.

