La Revolución iraní de 1979 fue uno de los acontecimientos más transformadores del siglo XX, un proceso que derrocó a una monarquía respaldada por Occidente e instauró una república islámica que redefiniría el equilibrio de poder en Oriente Medio y dejaría una huella profunda en la política global durante décadas. Conocida también como Revolución islámica, su impacto no puede entenderse sin remontarse a las tensiones acumuladas durante generaciones entre la institución monárquica, el clero chiita y las aspiraciones democráticas del pueblo iraní.
Las raíces del conflicto entre el Estado y el clero chiita en Irán son antiguas. Ya en 1891, el boicot al tabaco demostró el enorme poder de movilización de los ulemas: al oponerse a una concesión otorgada por el sha a una compañía británica que le otorgaba el monopolio de la compra y venta de tabaco en Persia, los clérigos lograron que la población se abstuviera masivamente de consumir tabaco hasta que el sha revocó la concesión. Décadas después, el padre de Mohammad Reza Shah Pahlavi, Reza Shah, intensificó las tensiones al imponer la occidentalización forzada del país: reemplazó las leyes islámicas por legislación occidental y prohibió la indumentaria tradicional islámica. En 1935, su represión de una rebelión chiita en el santuario del Imán Reza en Mashad causó decenas de muertos y cientos de heridos.
En 1941, Reza Shah fue depuesto por una invasión aliada soviética y británica durante la Segunda Guerra Mundial, y su hijo Mohammad Reza Pahleví fue instalado en el trono por las potencias extranjeras. La joven monarquía se mostró desde el primer momento dependiente del apoyo occidental. El punto de quiebre llegó en 1953, cuando el primer ministro democráticamente elegido, Mohammad Mosaddeq, fue derrocado en un golpe de Estado organizado conjuntamente por el Servicio de Inteligencia Secreto Británico y la CIA estadounidense. Mosaddeq había intentado nacionalizar la industria petrolera iraní, amenazando los intereses de las compañías angloestadounidenses, y su defenestración marcó el inicio de una era de represión sistemática que alimentaría el resentimiento popular durante generaciones.
Mohammad Reza Pahleví gobernó Irán durante décadas con el respaldo firme de Washington, justificado por la posición estratégica del país como barrera contra la expansión soviética desde el norte. Al igual que su padre, era conocido por su autarquía, su programa de modernización y occidentalización, y su enfrentamiento con las fuerzas religiosas y democráticas. La policía secreta del régimen, conocida como SAVAK, llegó a contar con 15.000 agentes dedicados a vigilar, detener y eliminar a los opositores. Esta maquinaria represiva, denunciada por organizaciones de derechos humanos internacionales, creó una atmósfera de terror que paradójicamente alimentaba la oposición subterránea.
Las manifestaciones contra el sha comenzaron a intensificarse a partir de 1977, impulsadas por una coalición heterogénea de grupos laicos, intelectuales, izquierdistas e islamistas. En enero de 1978, la publicación de un artículo difamatorio contra el ayatolá Jomeini en un periódico gubernamental desencadenó protestas masivas en la ciudad de Qom que fueron reprimidas violentamente, causando las primeras víctimas. La dinámica de los ciclos de luto islámico, que convocaban nuevas manifestaciones cada cuarenta días en memoria de los caídos, mantuvo el movimiento en ebullición permanente durante todo el año. Entre agosto y diciembre de 1978, las huelgas y protestas paralizaron al país, incluyendo el sector petrolero, lo que golpeó de manera decisiva la capacidad económica del régimen.
El ayatolá Jomeini, exiliado en Irak y posteriormente en Francia, se convirtió en la figura aglutinante de la revolución. Desde el exterior, coordinó la oposición y proporcionó la visión ideológica que daría forma al futuro Estado islámico. El sha, incapaz de detener la marea revolucionaria, dejó Irán el 16 de enero de 1979, partiendo al exilio y dejando el poder en manos de un consejo de regencia y un primer ministro opositor. Fue el último monarca de la historia de Persia. Apenas días después, Jomeini regresó a Teherán el 1 de febrero de 1979, recibido por una multitud de millones de personas que lo aclamaron como el líder de la revolución.
El gobierno provisional que intentó mantener el orden fue desbordado rápidamente. El 11 de febrero de 1979, tras combates callejeros en los que grupos guerrilleros y tropas rebeldes derrotaron a las fuerzas leales al sha, el poder pasó definitivamente a manos de Jomeini. El 1 de abril de ese mismo año, los iraníes votaron en un referéndum mayoritariamente a favor de convertirse en una república islámica. En diciembre de 1979 se aprobó una nueva Constitución republicana y teocrática que establecía el principio de la wilayat faqih, la tutela de los juristas islámicos, convirtiendo a Jomeini en el Guía Supremo de la Revolución, la máxima autoridad del nuevo Estado.
La revolución transformó radicalmente la naturaleza del Estado iraní, reemplazando una monarquía autoritaria favorable a Occidente por una teocracia islamista y antioccidental. Las consecuencias geopolíticas fueron inmediatas y profundas: la ruptura de relaciones con Estados Unidos, la crisis de rehenes en la embajada estadounidense, el apoyo iraní a movimientos chiitas en todo el mundo árabe y la guerra devastadora contra Irak que se prolongaría durante ocho años entre 1980 y 1988. Internamente, el nuevo régimen eliminó a sus antiguos aliados laicos e izquierdistas, consolidando un poder clerical que se mantiene hasta la actualidad.
El legado de la Revolución iraní es objeto de debate permanente. Para sus defensores, representó la liberación de un pueblo oprimido por una dictadura pro-occidental y la afirmación de una identidad islámica propia. Para sus críticos, sustituyó una forma de autoritarismo por otra, reprimiendo libertades civiles, minorías y disidentes con una crueldad equivalente o superior a la del régimen del sha. Lo que nadie puede negar es que 1979 cambió para siempre el mapa político de Oriente Medio y redefinió las relaciones entre el islam político y el orden internacional.
