A mediados del siglo XIX, los Balcanes eran un polvorín a punto de estallar. El Imperio otomano, debilitado por décadas de reformas inconclusas, corrupción administrativa y presiones externas, mantenía bajo su dominio a poblaciones eslavas que desde hacía generaciones aspiraban a la independencia. Rusia, por su parte, combinaba intereses geoestratégicos concretos, como el acceso al mar Mediterráneo, con una retórica de liberación de los pueblos eslavos ortodoxos que le otorgaba una poderosa legitimidad simbólica. El choque entre estos factores desembocó en la guerra ruso-turca de 1877-1878, uno de los conflictos más transformadores de la historia balcánica.
Las chispas que encendieron el conflicto surgieron en el verano de 1875, cuando estalló una sublevación antiotomana en Bosnia y Herzegovina. La causa inmediata fue la insoportable carga tributaria impuesta por una administración provincial notoriamente corrupta e ineficiente, subordinada al sultán Abdul Hamid II. Aunque se hicieron pequeñas concesiones fiscales, el alzamiento no se apagó y se extendió hasta finales de ese año, alimentando una ola de tensión que desembocó en el alzamiento búlgaro de abril de 1876.
La reacción otomana a la insurrección búlgara fue brutal. Las tropas turcas cometieron atrocidades masivas contra la población civil, hechos que tuvieron un amplio eco en toda Europa y generaron una indignación pública que dificultó a las potencias occidentales cualquier apoyo diplomático al Imperio otomano. Aprovechando el clima, los principados de Serbia y Montenegro declararon la guerra a los turcos, aunque en agosto de 1876 las fuerzas serbias fueron derrotadas por un ejército otomano numéricamente superior.
En este contexto, Rusia y Austria-Hungría firmaron el 8 de julio de 1876 el acuerdo secreto de Reichstadt, mediante el cual se repartían de antemano los territorios balcánicos dependiendo del resultado del conflicto. Rusia, cuya política exterior estaba dirigida por el príncipe Gorchakov, aseguró mediante negociaciones diplomáticas la neutralidad austriaca antes de actuar militarmente. Las demás potencias, incluidas Francia y el Reino Unido, estaban demasiado preocupadas por sus propios problemas internos o demasiado condicionadas por la opinión pública para intervenir en defensa del Imperio otomano, pese a sus recelos ante el expansionismo ruso.
La Conferencia de Constantinopla, celebrada en diciembre de 1876, intentó una solución diplomática. Las grandes potencias debatieron la creación de provincias búlgaras autónomas dentro del Imperio, pero la reunión se vio interrumpida cuando las autoridades otomanas presentaron una nueva constitución que supuestamente garantizaba la igualdad de derechos a todas las minorías étnicas. Rusia consideró insuficiente este gesto y siguió preparando la guerra.
El 24 de abril de 1877, Rusia declaró la guerra al Imperio otomano. El conflicto ha sido descrito en la historiografía de la época como "la lucha del tuerto y el ciego", aludiendo a las debilidades de ambos contendientes: el ejército ruso era numeroso pero logísticamente torpe, mientras que el otomano tenía capacidad defensiva pero carecía de cohesión estratégica. Las campañas militares se desarrollaron en dos frentes principales, el europeo y el caucásico, y fueron lentas y sangrientas.
El asedio de Plevna, en Bulgaria, fue el episodio más prolongado y costoso de la guerra. Los defensores otomanos resistieron durante meses antes de rendirse en diciembre de 1877. A partir de entonces, el avance ruso fue imparable hacia Constantinopla, y la diplomacia europea se activó para impedir que Rusia tomara el control de los estrechos del Bósforo y los Dardanelos.
El tratado preliminar de San Stefano, firmado el 3 de marzo de 1878, fue extremadamente favorable para Rusia y para los movimientos nacionales balcánicos. Creaba una Gran Bulgaria que abarcaba amplios territorios y que prácticamente daba a Rusia acceso indirecto al Mediterráneo. Sin embargo, las potencias europeas, especialmente el Reino Unido y Austria-Hungría, se opusieron radicalmente a este acuerdo, considerado una transformación demasiado radical del equilibrio de poder.
El Congreso de Berlín de 1878, convocado bajo la presidencia de Bismarck, revisó los términos de San Stefano y redujo el territorio búlgaro, aunque confirmó la independencia de Rumanía, Serbia y Montenegro. Rusia obtuvo ganancias territoriales en el Cáucaso, pero vio frustradas sus ambiciones de control sobre el estrecho.
Las naciones balcánicas liberadas tras casi cuatrocientos años de dominación otomana consideraron este conflicto el segundo nacimiento de su vida nacional. No es casualidad que la guerra sea también conocida como la guerra rumana de independencia o la guerra búlgara de independencia en las historiografías de esos países. El impacto geopolítico fue duradero: los estados balcánicos independizados se convertirían en factores centrales de la política europea, y sus tensiones internas y externas contribuirían directamente al estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914.

