Higashiyama Tennō nació el 21 de octubre de 1675 con el nombre personal de Asahito, también conocido como Tomohito. Era el quinto hijo del emperador Reigen, y su madre biológica fue Matsuki Muneko, una dama de compañía de la corte imperial. Aunque su origen materno era de menor rango, el príncipe Tomohito fue adoptado por la emperatriz consorte principal, Takatsukasa Fusako, lo que le otorgó una posición privilegiada dentro de la jerarquía de la familia imperial. La familia vivía en el Dairi del Palacio Heian, el ancestral recinto imperial de Kioto, ciudad que durante siglos había sido el centro ceremonial y espiritual del Japón.
Los años que precedieron su llegada al poder estuvieron marcados por una serie de catástrofes. Una gran inundación devastó Edo, la actual Tokio, capital del shogunato Tokugawa. Una hambruna asoló Kioto. El Gran Incendio Tenna redujo amplios sectores de Edo a cenizas. En 1684, el propio Palacio Imperial de Kioto fue presa de las llamas y debió ser reconstruido en el transcurso de un año. En medio de ese clima de calamidades, el príncipe Tomohito fue proclamado heredero al trono en 1682, y para la ocasión se celebró una investidura ceremonial de la que no existía precedente en más de trescientos años.
Accedió al trono el 2 de mayo de 1687, cuando su padre el emperador Reigen abdicó en su favor. La era fue renombrada de Jōkyō a Genroku para marcar la nueva etapa. Higashiyama Tennō se convirtió así en el 113.º emperador de Japón según el orden tradicional de sucesión. Sin embargo, su poder era fundamentalmente simbólico: el verdadero control del país residía en los shogunes de la familia Tokugawa, que desde comienzos del siglo XVII gobernaban el Japón con mano firme, relegando a la familia imperial a un papel ceremonial y religioso.
El propio padre de Higashiyama, el ex-emperador Reigen, intentó en un primer momento continuar gobernando como «emperador enclaustrado», una figura típica del período Heian que le permitía ejercer influencia política desde el retiro. Esa iniciativa provocó tensiones con el shogunato, ya que los Tokugawa veían con desconfianza cualquier intento de la corte imperial de proyectar poder político. Fue precisamente el carácter apacible y conciliador de Higashiyama el que contribuyó a suavizar esas tensiones y a mejorar las relaciones entre la corte y el gobierno militar. Como resultado de esa atmósfera más distendida, la propiedad imperial aumentó y se llevaron a cabo reparaciones en los mausoleos de los emperadores anteriores.
Una de las realizaciones simbólicas más significativas de su reinado fue el restablecimiento del Daijōsai, la ceremonia del primer ofrecimiento de arroz por parte de un nuevo emperador. Este ritual sintoísta había estado en suspenso durante más de un siglo, y fue revivido el 20 de diciembre de 1688 gracias a la insistencia del propio shogunato, lo que resultaba paradójico: el mismo poder militar que limitaba al emperador en lo político buscaba preservar y legitimar los rituales religiosos imperiales. La ceremonia se realiza una sola vez en el período de entronización, subrayando su carácter excepcional y sagrado.
El reinado de Higashiyama coincidió con la era Genroku, que los historiadores japoneses recuerdan como una época de florecimiento cultural sin precedentes. Cien años de paz y aislamiento relativo habían generado una estabilidad económica que permitió el desarrollo extraordinario de las artes, el teatro kabuki, la literatura, la arquitectura y las artes decorativas. Las ciudades de Edo, Osaka y Kioto bullían de actividad creativa, y la clase mercantil urbana emergía como mecenas de una cultura vibrante y popular.
Un episodio curioso de ese período fue la llegada a Dejima, el 16 de septiembre de 1689, del médico alemán Engelbert Kaempfer. La política de sakoku, el aislamiento impuesto por el shogunato Tokugawa para limitar la influencia extranjera, obligó a Kaempfer a presentarse como «holandés» en sus tratos con los japoneses, ya que solo los comerciantes neerlandeses tenían acceso autorizado al archipiélago. Paradójicamente, esa restricción convirtió a los pocos observadores extranjeros que lograban penetrar el aislamiento en testigos de un valor excepcional: los escritos de Kaempfer documentan una Japón que de otro modo habría permanecido invisible para los ojos europeos.
El emperador Higashiyama reinó hasta el 27 de julio de 1709, cuando abdicó en favor de su sucesor. Falleció el 16 de enero de 1710, a la edad de 34 años. Su período en el trono, correspondiente a la era Genroku, es recordado como uno de los momentos más luminosos de la historia cultural japonesa, en el que el esplendor de la corte imperial, aunque privada de poder político real, brilló con inusitada intensidad como centro de las tradiciones y la identidad de Japón.

