misterios

Ovni

Objeto volante, real o aparente, que no puede ser identificado por el observador

7 min01/01/2024
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El término objeto volador no identificado, popularizado por su acrónimo ovni, hace referencia a cualquier fenómeno aéreo observado que no puede ser explicado satisfactoriamente por el observador ni por investigaciones posteriores. En inglés se utiliza el acrónimo UFO, y en décadas recientes las autoridades estadounidenses han adoptado la denominación fenómeno anómalo no identificado, o UAP por sus siglas en inglés, en un intento de dotar al tema de una mayor seriedad institucional. La palabra ovni fue creada para sustituir a la expresión platillo volador, que resultaba demasiado restrictiva, ya que implicaba la naturaleza tecnológica o tripulada del objeto observado, cuando en muchos casos puede tratarse simplemente de un fenómeno natural mal identificado, como una estrella, un meteorito o un avión desconocido.

Aunque algunos autores han querido rastrear el fenómeno hasta la antigüedad, señalando que los carros de fuego descritos en textos bíblicos o las apariciones de seres sobrenaturales en bosques y pantanos de la tradición europea podrían ser el equivalente de los avistamientos modernos, la historia contemporánea del ovni comenzó en 1947. Fue entonces cuando el piloto privado Kenneth Arnold afirmó haber visto, cerca del monte Rainier en el estado de Washington, una formación de objetos voladores que se movían como platillos que botaran sobre el agua, dando pie a la expresión que dominaría la imaginación popular durante décadas.

Para entender por qué el fenómeno prendió con tanta intensidad en la cultura de mediados del siglo XX, es necesario considerar el contexto tecnológico y psicológico de la época. A finales del siglo XIX y principios del XX, el astrónomo Percival Lowell había publicado varias obras en las que sostenía que las líneas oscuras observadas en la superficie de Marte por Giovanni Schiaparelli constituían una red de canales artificiales construidos por una civilización inteligente para transportar agua desde los polos al ecuador del planeta rojo. Aunque estas observaciones se revelaron erróneas, la idea de que existía vida extraterrestre inteligente y cercana quedó instalada en el imaginario colectivo con una solidez casi científica.

En 1939, la Luftwaffe alemana puso en funcionamiento el Heinkel He 178, el primer avión propulsado por motor a reacción. El aparato sorprendió por su velocidad, superior a los 800 kilómetros por hora, que dejaba muy atrás a los mejores cazas de la época como el Supermarine Spitfire. Su motor resultaba asombroso para el público no especializado por prescindir de bielas, pistones, cigüeñal y aceite, y porque el avión avanzaba sin hélices visibles. La proliferación de estos nuevos ingenios aéreos fue instalando en la conciencia colectiva la posibilidad de que tecnologías desconocidas surcaran los cielos.

Un impacto aún mayor tuvo el misil V2 alemán, que podía transportar una carga útil de casi una tonelada a varios cientos de kilómetros de distancia y a velocidades muy superiores a la del sonido. Este prodigio de la ingeniería demostró que era posible crear objetos voladores con capacidades que hasta entonces hubieran parecido de ciencia ficción. Quien viera un V2 en el horizonte sin conocer su naturaleza podría haber pensado estar ante algo sobrenatural o extraterrestre. Y el 16 de julio de 1945, la prueba Trinity en Álamo Gordo coronó el Proyecto Manhattan con la primera detonación de una bomba atómica, revelando al mundo una fuente de energía inimaginable y, al mismo tiempo, un arma de destrucción masiva que alteró radicalmente la percepción del poder humano y sus límites.

En este clima de asombro tecnológico, incertidumbre geopolítica y Guerra Fría, el avistamiento de Arnold en 1947 encendió una mecha cultural que no se ha apagado desde entonces. Los medios de comunicación amplificaron cada nuevo reporte, y la literatura especializada creció rápidamente, incorporando pronto relatos de contactos telepáticos con tripulantes extraterrestres, abducciones y descripciones de experimentos genéticos realizados a bordo de naves de otro mundo. Autores como Erich von Däniken y Jacques Vallée contribuyeron a construir una mitología moderna alrededor del fenómeno, aunque desde perspectivas muy distintas.

Investigadores escépticos, entre ellos Luis Alfonso Gámez, Ricardo Campo y el astrofísico Neil deGrasse Tyson, han insistido repetidamente en que la mayor parte de los avistamientos tienen explicaciones convencionales y en que ninguna de las afirmaciones extraordinarias asociadas al fenómeno ovni ha podido ser respaldada por evidencias igualmente extraordinarias. Sin embargo, eso no ha impedido que la hipótesis extraterrestre continúe siendo objeto de debate, y en años recientes la postura oficial de los gobiernos, especialmente el de los Estados Unidos, ha evolucionado hacia un reconocimiento de que existen fenómenos aéreos no identificados que merecen una investigación seria, sin que eso implique validar ninguna explicación sobrenatural.

El fenómeno ovni es, en definitiva, un espejo cultural de cada época: refleja los miedos, las expectativas y las fantasías de cada sociedad frente a lo desconocido. En el siglo XX, cuando la tecnología y la ciencia avanzaban a un ritmo que superaba la comprensión del ciudadano medio y cuando la amenaza nuclear hacía sentir la fragilidad de la civilización, la idea de que algo poderoso e ininteligible cruzara los cielos resultaba casi inevitable. El debate continúa, con nuevas grabaciones y testimonios que se suman a una acumulación de décadas, y con instituciones que antes mantenían el silencio comenzando a hablar en voz alta.

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