El portaviones NAe São Paulo (A-12) es uno de esos buques cuya historia abarca décadas, continentes y banderas, y cuyo final resultó tan controvertido como los años de servicio que lo precedieron. Construido en Francia a partir del 15 de noviembre de 1957, el barco fue botado al agua y entró en servicio en la Marina francesa el 23 de julio de 1960 bajo el nombre de FS Foch, en honor al mariscal Ferdinand Foch, el general que comandó las tropas aliadas durante la Primera Guerra Mundial. Pertenecía a la clase Clemenceau, los portaviones más avanzados que Francia había construido hasta ese momento, y durante cuatro décadas cumplió sus funciones con eficacia en distintos escenarios del mundo.
Su lema, Non ducor, duco —no soy conducido, conduzco—, era también el lema de la ciudad de São Paulo y había sido utilizado con anterioridad por el acorazado São Paulo de 1907. Esa coincidencia simbólica resultaría significativa cuando Brasil adquirió el buque, pues el portaviones pasó a ser el quinto navío de la Marina de Brasil en llevar el nombre del estado y la ciudad de São Paulo, una genealogía que incluía el transporte de vapor São Paulo de 1865, el acorazado São Paulo de 1906 que nunca llegó a completarse, el acorazado São Paulo de 1907 y el remolcador São Paulo RbAM que sirvió en la defensa del Puerto de Santos durante la Segunda Guerra Mundial.
En septiembre de 2000, Brasil adquirió el buque por el equivalente a doce millones de dólares, una cifra que resultaba engañosamente baja si no se tenían en cuenta los costos adicionales de reparación, repotenciación y modernización que la nave requería, así como la adquisición de los nuevos aviones que había de transportar y los enormes gastos operativos de un portaviones. El 15 de noviembre de 2000, tras superar la inspección de armas en el puerto de Brest, el buque fue recibido formalmente por la Armada brasileña y rebautizado como NAe São Paulo (A-12).
Durante su servicio bajo bandera brasileña, el São Paulo actuó como buque insignia de la Armada. Podía operar aviones de combate, incluidos los cazabombarderos AF-1 Skyhawk —aviones adquiridos por Brasil en los años noventa, concretamente veinte monoplazas A-4KU y tres biplazas TA-4KU procedentes de Kuwait, que fueron redesignados AF-1 y AF-1A respectivamente—, así como helicópteros de diverso tipo: seis helicópteros SH-3D Sea King, tres Aerospatiale UH-12 Esquilo y dos UH-14 Cougar. En términos de capacidad operativa, el São Paulo disponía de un cincuenta por ciento más de velocidad y podía transportar el doble de aeronaves que su predecesor, el NAeL Minas Gerais (A-11).
Sin embargo, desde el principio hubo dudas sobre la viabilidad a largo plazo del buque. Sus costos de mantenimiento eran exorbitantes y su navegabilidad generaba interrogantes que no encontraban respuesta satisfactoria. En febrero de 2017 se hizo oficial lo que muchos ya daban por descontado: el São Paulo fue retirado del servicio activo por la presión de los recortes al gasto militar brasileño, poniendo fin a su función de buque insignia. Ese mismo año, Brasil mostró interés en adquirir el portahelicópteros británico HMS Ocean para reemplazarlo, y en 2018 concretó su compra.
El destino del São Paulo tras su retiro del servicio activo fue objeto de numerosas controversias. En 2019 fue puesto a la venta en subasta, pero el proceso no llegó a completarse hasta marzo de 2021, cuando finalmente fue comprado por una empresa para su desguace. Sin embargo, el proceso de envío al astillero de desguace encontró obstáculos imprevistos. Varios países se negaron a permitir el tránsito del buque por sus aguas debido a la presencia de materiales peligrosos, principalmente amianto, en su estructura. Las negociaciones se prolongaron durante meses entre reclamaciones ambientales y disputas legales.
Finalmente, el 3 de febrero de 2023, la Armada Brasileña informó que el NAe São Paulo había sido hundido en el océano Atlántico, a unos 350 kilómetros de la costa de Brasil, a una profundidad de aproximadamente cinco mil metros. La decisión de hundir el buque, en lugar de proceder a su desguace en tierra, fue criticada por organizaciones ambientales que señalaron los riesgos que los materiales tóxicos a bordo podían representar para el ecosistema marino.
La historia del NAe São Paulo es, en muchos sentidos, un reflejo de las contradicciones que acompañan a los grandes proyectos militares de los países en desarrollo: la ambición de operar un portaviones, símbolo por excelencia del poder naval, choca inevitablemente con las limitaciones presupuestarias y la dificultad de sostener operativamente unas plataformas cuya complejidad técnica exige recursos que a menudo resultan incompatibles con otras prioridades nacionales. El buque que navegó durante décadas bajo la tricolor francesa y luego bajo el verde y amarillo brasileño terminó sus días en el fondo del Atlántico, sin el ceremonial de un desguace digno, como tantas otras grandes naves que sobreviven a su utilidad pero no encuentran un final a la altura de su historia.
