biografias

Kostís Palamás

Poeta griego

4 min01/01/2024
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Kostís Palamás nació el 13 de enero de 1859 en Patras, la gran ciudad portuaria del noroeste del Peloponeso, en una Grecia que apenas llevaba tres décadas de existencia como Estado independiente. Desde su nacimiento, su vida estuvo marcada por la pérdida: con solo siete años perdió a ambos padres y fue acogido por su tío Dimitris en Mesolongi, la ciudad heroica que había sido escenario del sacrificio de Lord Byron y de la legendaria Salida de 1826 durante la guerra de independencia griega. Aquel entorno cargado de historia y de resonancias épicas influyó de manera profunda en la formación de un poeta que haría de Grecia, su lengua y su destino los temas centrales de toda su obra.

La vocación literaria de Palamás se manifestó precozmente: comenzó a escribir poemas a los nueve años, una edad en la que la mayoría de los niños apenas leen. En 1875, con dieciséis años, viajó a Atenas para estudiar Derecho en la Universidad, pero la tentación de la literatura fue más fuerte que cualquier carrera profesional y pronto abandonó sus estudios jurídicos para dedicarse por completo a la escritura. Aquella decisión, arriesgada en la Grecia de finales del siglo XIX, donde la vida intelectual era estrecha y los escritores dependían de mecenas o de cargos administrativos, definiría el resto de su existencia. Se casó con María Valvi, y en 1897 fue nombrado secretario de la Universidad de Atenas, cargo burocrático que desempeñó hasta su jubilación en 1928 y que le permitió sostenerse materialmente mientras construía una de las obras poéticas más vastas y ambiciosas de la literatura griega moderna.

El centro de la batalla literaria y cultural que Palamás libró durante toda su vida fue la cuestión de la lengua. En la Grecia del siglo XIX existía una brecha profunda entre la katharévussa, una variante artificialmente arcaizante que pretendía acercar el griego moderno a la lengua de los clásicos y que era la lengua oficial de la cultura y la educación, y el demótico, la lengua viva hablada por el pueblo, llena de préstamos y evoluciones naturales pero despreciada por las élites como vulgar e impura. Palamás tomó partido con claridad y consecuencia por el demótico, y dedicó su obra a demostrar que la lengua popular podía ser el vehículo de una poesía de la más alta ambición artística e intelectual.

Su primer libro, Las canciones de mi patria, era ya una declaración de principios: en él celebraba la belleza de las canciones tradicionales griegas y el valor estético de la lengua popular, rechazando la artificiosidad de la lengua culta y reivindicando las raíces vivas de la cultura helénica. Con el Himno a Atenea, compuesto en el metro tradicional del decapentasílabo, Palamás construyó una celebración del paganismo como fundamento de la civilización griega y como expresión del culto a la naturaleza y a la luz. Era una provocación deliberada en un país profundamente cristiano ortodoxo, pero también una afirmación de la continuidad entre la Grecia antigua y la moderna.

En Los ojos de mi alma, que toma su título de un verso del poeta nacional Dionisios Solomós, Palamás dio un giro hacia el intimismo y la poética simbolista, incorporando influencias de la poesía europea de su tiempo sin abandonar el anclaje en la tradición y la realidad griega. La tumba fue un largo poema elegíaco escrito a raíz de la muerte de uno de sus hijos, y en él el dolor personal se funde con el lamento por la situación del país para crear uno de los textos más desgarradores de su producción. El dodecálogo del gitano, que algunos críticos han comparado con La leyenda de los siglos de Victor Hugo, es tal vez su obra más ambiciosa: una epopeya de largo aliento cuyo protagonista colectivo es el pueblo gitano, símbolo de un destino errante y libre. En el poema, tras la muerte de todas las religiones, los dioses resucitan gracias al poder creador de la música, una imagen que condensa buena parte de la visión del mundo de Palamás.

El caramillo del rey es otra de sus grandes obras, un poema que evoca la grandeza de Bizancio como momento en el que la civilización clásica fue renovada y transmitida a las generaciones futuras, sentando las bases del helenismo moderno. Para Palamás, Bizancio no era una interrupción oscura entre la Grecia clásica y el Estado moderno, sino un eslabón necesario y luminoso en la cadena de la continuidad griega, una idea que tenía implicaciones políticas y culturales de gran alcance en la Grecia de finales del siglo XIX y principios del XX.

La tensión constante en la poesía de Palamás entre la desesperación ante el estado del mundo y la fidelidad casi mística a lo que él llamaba la desnudez inmortal de Grecia es una de sus características más conmovedoras. En uno de sus poemas más famosos escribió: "Todos los fuegos creadores se han apagado en la ciudad. En la iglesia, en el horno, en la casa, en el taller, en todas partes, en la ciudadela o en el corazón, solo quedan tizones apagados y cenizas. ¡Canto de los héroes, resuena! ¡Adelante, canción de los héroes! ¡Sobre los rescoldos medio consumidos, enciéndete, oh llama, y brilla de nuevo!" Esa dialéctica entre la ceniza y la llama da la clave de una poética al mismo tiempo lúcida y esperanzada.

La dimensión internacional de Palamás quedó ilustrada por su amistad con la bailarina española Àurea de Sarrà, discípula de Isadora Duncan, a quien dedicó varios poemas, entre ellos el titulado Níobe. Esa conexión con el mundo de la danza y con los movimientos artísticos europeos de la Belle Époque habla de un poeta que, sin abandonar nunca su arraigo griego, era plenamente consciente de su pertenencia a una cultura europea más amplia. Palamás fue también el autor de la letra del Himno Olímpico, que se interpretó por primera vez en los Juegos Olímpicos de Atenas de 1896, un texto que ha acompañado desde entonces a cada edición de los Juegos y que le garantiza una inmortalidad simbólica que ningún otro poema suyo podría igualar en alcance.

Kostís Palamás murió en Atenas el 27 de febrero de 1943, en plena ocupación nazi de Grecia. Tenía ochenta y cuatro años. Su entierro se convirtió en una manifestación popular silenciosa y masiva, una última demostración de que el poeta que había dedicado su vida a defender la lengua viva del pueblo seguía siendo, en el momento más oscuro de la historia griega moderna, la encarnación de algo que no había podido ser destruido ni silenciado. Estudió en la Universidad de Atenas, donde más tarde fue secretario, y ejerció como secretario de esa institución desde 1897 hasta 1928. Su obra, vasta, ambiciosa y profundamente enraizada en la historia y la lengua de su país, lo sitúa como la figura central de la literatura griega de la transición entre el siglo XIX y el XX.

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