tragedias

Judith Resnik

Astronauta estadounidense

7 min01/01/2024
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Judith Arlene Resnik nació el 5 de abril de 1949 en Akron, Ohio, en el seno de una familia marcada por la exigencia intelectual y el rigor. Su padre, Marvin Resnik, era optometrista y había servido en el ejército durante la Segunda Guerra Mundial en el teatro del Pacífico, desempeñándose en tareas de inteligencia y reconocimiento aéreo. Hablaba ocho idiomas con fluidez. Tanto él como su esposa Sara eran inmigrantes judíos de origen ucraniano, y criaron a su hija en un hogar observante, con estudios en escuelas judías durante los fines de semana y la celebración del Bat Mitzvá conforme a la tradición.

Desde los primeros años de escolaridad, Resnik destacó de manera extraordinaria. Sus maestros notaron desde el jardín de infancia una «brillantez intelectual» poco común, y entró a la escuela primaria un año antes de lo habitual. En la preparatoria Firestone de Akron sobresalió en matemáticas, en idiomas y en piano clásico, instrumento que tocaba con una intensidad que ella misma describía de manera memorable: «Nunca toco nada suavemente». Sus profesores de música señalaban que su dominio del instrumento iba más allá de la técnica, y ella misma consideró seriamente la posibilidad de convertirse en concertista de piano profesional.

Cuando llegó el momento de ingresar a la universidad, Resnik obtuvo una puntuación perfecta en el examen SAT, algo que ese año no había logrado ninguna otra mujer en todo el país y que, hasta ese momento, solo habían conseguido dieciséis mujeres en la historia de los Estados Unidos. Con diecisiete años ingresó a la Universidad Carnegie Mellon, siendo una de apenas tres mujeres matriculadas en el programa de ingeniería eléctrica. En sus propias palabras, la pasión por la ingeniería llegó al descubrir los «aspectos prácticos» de la ciencia, una dimensión tangible que las matemáticas puras ya no le ofrecían. En 1970 obtuvo su licenciatura en ingeniería eléctrica, y en 1977 alcanzó el doctorado con honores en la misma disciplina en la Universidad de Maryland.

Su trayectoria profesional antes de la NASA fue igualmente notable. Trabajó para la empresa RCA como ingeniera en proyectos de misiles y sistemas de radar para la Armada de los Estados Unidos, luego ocupó el cargo de ingeniera senior de desarrollo de software en Xerox, y publicó investigaciones científicas sobre circuitos integrados de propósitos especiales. También contribuyó con estudios de ingeniería biomédica para los Institutos Nacionales de Salud. Era, en todos los sentidos, una científica de excelencia en múltiples disciplinas.

En 1977, a los veintiocho años, fue seleccionada por la NASA como especialista de misión dentro del programa de astronautas, uno de los grupos más competitivos del planeta. Durante su formación en la agencia espacial desarrolló software y procedimientos operativos para las misiones del transbordador, y también completó su formación como piloto. Su primera misión espacial, el vuelo STS-41-D a bordo del Discovery en agosto de 1984, la convirtió en la segunda mujer estadounidense en llegar al espacio y la cuarta a nivel mundial, acumulando 145 horas en órbita.

La misión que marcaría su destino definitivo fue la STS-51-L, asignada al transbordador espacial Challenger. El 28 de enero de 1986, a las 11 horas y 38 minutos en horario del este de los Estados Unidos, el Challenger despegó del Centro Espacial Kennedy en Cabo Cañaveral, Florida. Setenta y tres segundos después del lanzamiento, una filtración de gases a través de un anillo defectuoso en el cohete de propulsión sólida derecho desencadenó una explosión que desintegró la nave. El módulo de cabina, que sobrevivió intacta a la explosión inicial, cayó desde una altura de más de quince mil metros durante dos minutos y medio antes de impactar en el océano. Los siete tripulantes, entre ellos Resnik, fallecieron al momento del impacto.

El legado de Judith Resnik fue honrado de múltiples maneras. El premio «Judith Resnik» otorgado por el Instituto de Ingenieros Eléctricos y Electrónicos (IEEE) lleva su nombre, reconociendo cada año a quienes realizan contribuciones extraordinarias al campo de la ingeniería aeroespacial. Su vida representó la confluencia de disciplinas que rara vez se encuentran en una sola persona: la precisión del ingeniero, la curiosidad del científico, la destreza del piloto y la audacia del explorador.

Lo que distingue la historia de Judith Resnik no es solo la extraordinaria acumulación de logros en una vida tan breve, sino la naturalidad con que se movía entre mundos que para muchos parecían incompatibles. La misma mujer que había considerado dedicarse profesionalmente al piano clásico terminó desarrollando software para las misiones más avanzadas que la humanidad había emprendido jamás. Esa amplitud de espíritu, esa negativa a dejarse encasillar en una sola identidad, es quizás el rasgo más definitorio de quien fue, sin ninguna duda, una de las figuras más brillantes que el programa espacial estadounidense haya conocido.

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