Iósif Vissariónovich Dzhugashvili nació el 18 de diciembre de 1878 en Gori, una pequeña ciudad de Georgia, entonces parte del Imperio ruso. Era hijo de un zapatero que murió cuando era niño y de una madre devota que trabajó duramente para brindarle la mejor educación posible: ingresó en el Seminario Teológico de Tiflis, donde se esperaba que se formara como sacerdote ortodoxo. Sin embargo, las ideas marxistas que circulaban entre los estudiantes acabaron por captar la atención del joven Dzhugashvili, quien abandonó el seminario en 1899 y se incorporó al movimiento revolucionario clandestino.
Durante los primeros años del siglo XX, el futuro Stalin fue un activista bolchevique en el Cáucaso: organizó huelgas, distribuyó propaganda y participó en lo que se conocía como expropiaciones, es decir, robos a bancos y negocios para financiar las actividades del partido. Fue arrestado varias veces y enviado al exilio en Siberia en distintas ocasiones, de las que escapó repetidamente. En ese periodo comenzó a usar el seudónimo Stalin, que significa hombre de acero en ruso, nombre que adoptaría definitivamente. Su figura era conocida en los círculos bolcheviques, pero no destacaba entre los intelectuales del partido encabezados por Lenin y Trotski.
La Revolución de Octubre de 1917 cambió su posición. Tras el triunfo bolchevique, Stalin se incorporó al Politburó y desempeñó funciones importantes durante la guerra civil rusa, aunque su actuación en varios frentes fue conflictiva. En 1922 fue nombrado secretario general del Comité Central del Partido Comunista, un cargo que entonces era considerado administrativo y de segundo orden. Lenin, en sus últimas cartas antes de morir, advirtió a sus compañeros sobre el peligro que representaba Stalin, describiéndolo como demasiado rudo y aconsejando que fuera relevado del cargo. Esas advertencias fueron ignoradas.
Tras la muerte de Lenin en 1924, Stalin maniobró con extraordinaria habilidad política para consolidar su poder dentro del partido. Se alió primero con Kámenev y Zinóviev contra Trotski, luego se volvió contra sus aliados cuando estos ya no le eran útiles. León Trotski, el principal teórico del internacionalismo revolucionario y rival más peligroso de Stalin, fue expulsado del partido en 1927, desterrado de la Unión Soviética en 1929 y finalmente asesinado en México en 1940 por un agente soviético. La doctrina del socialismo en un solo país, defendida por Stalin, desplazó definitivamente a la tesis trotskista de la revolución mundial.
Para finales de la década de 1920, Stalin era ya el líder indiscutible de la Unión Soviética. En 1928 abandonó la Nueva Política Económica de Lenin y la sustituyó por planes quinquenales de industrialización acelerada y colectivización forzada de la agricultura. En un plazo de pocos años, la Unión Soviética pasó de ser una sociedad mayoritariamente agraria a convertirse en una gran potencia industrial, con siderurgias, plantas hidroeléctricas y una red de infraestructuras que asombraron al mundo. El precio humano fue devastador: la colectivización forzada provocó resistencias masivas entre los campesinos, especialmente en Ucrania, donde la hambruna de 1932 y 1933, conocida como Holodomor, mató a millones de personas.
Los años treinta estuvieron marcados por el terror. En 1937 y 1938 tuvo lugar la Gran Purga, una campaña de represión que se dirigió primero contra los supuestos enemigos del régimen dentro del partido y el ejército, y que luego se extendió a amplios sectores de la población. Las cifras de ejecutados y enviados a los campos de trabajo del Gulag se cuentan por millones. Los juicios de Moscú, en los que antiguos líderes bolcheviques confesaban crímenes inverosímiles bajo tortura, mostraron al mundo la naturaleza del sistema. Al mismo tiempo, Stalin construyó un culto a su personalidad de proporciones monumentales.
En política exterior, Stalin apoyó con cautela los movimientos antifascistas europeos durante los años treinta y respaldó al gobierno republicano en la guerra civil española. En agosto de 1939 sorprendió al mundo firmando el Pacto Molotov-Ribbentrop con la Alemania nazi, que permitió a ambas potencias repartirse Polonia y dio a Stalin tiempo para fortalecer el ejército soviético. La invasión alemana del 22 de junio de 1941 tomó a la Unión Soviética gravemente desprevenida y causó pérdidas catastróficas en los primeros meses. Sin embargo, la capacidad de recuperación industrial y militar soviética, combinada con el invierno ruso y el colosal esfuerzo humano del pueblo soviético, permitió revertir la situación. Tras la victoria en la batalla de Stalingrado entre 1942 y 1943, el Ejército Rojo avanzó hacia el oeste y fue determinante en la derrota final de la Alemania nazi en mayo de 1945.
La Segunda Guerra Mundial dejó a la Unión Soviética como una de las dos superpotencias mundiales, aunque a un costo de aproximadamente veintisiete millones de muertos soviéticos. En los años de la posguerra, Stalin extendió la influencia soviética sobre Europa del Este, donde se instalaron regímenes comunistas satélites, e inició la Guerra Fría con las potencias occidentales. En el interior, continuó la represión y lanzó nuevas campañas ideológicas.
Stalin murió el 5 de marzo de 1953 en Moscú, a los setenta y cuatro años, probablemente de un derrame cerebral, aunque el contexto de su muerte siempre ha generado especulaciones. Su sucesor Nikita Jruschov lo denunció públicamente en 1956 en el llamado discurso secreto, iniciando un proceso de desestalinización que reconocía los crímenes del régimen. El legado de Stalin sigue siendo extraordinariamente controvertido: industrializó la Unión Soviética y contribuyó decisivamente a la derrota del nazismo, pero al costo de millones de vidas y de un sistema de terror y represión que marcó a generaciones enteras.
