civilizacoes perdidas

José Tomás de Sousa Martins

Médico portugués

4 min01/01/2024
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José Tomás de Sousa Martins nació el 7 de marzo de 1843 en la villa de Alhandra, localidad situada a unos treinta kilómetros de Lisboa, en una familia humilde. Su padre, Caetano Martins, era carpintero de oficio, y su madre, Maria das Dores de Sousa Pereira, ama de casa. La temprana muerte de su padre, cuando el niño tenía apenas siete años, añadió una carga de adversidad a una infancia ya marcada por la escasez. Completada su educación primaria en Alhandra, el joven Sousa Martins marchó a Lisboa para trabajar con su tío materno, Lázaro Joaquim de Sousa Pereira, en la Farmácia Ultramarina que este regentaba. Ese contacto con el mundo de los medicamentos y la salud despertó en él una vocación que definiría toda su existencia.

En 1861, con dieciocho años, ingresó en la Escuela Médico-Quirúrgica de Lisboa para cursar estudios de Medicina. La carrera la concluyó en 1866 con una disertación titulada O Pneumogástrico Preside a Tonicidade da Fibra Muscular do Coração, trabajo que ya mostraba su inclinación por la fisiología y la comprensión profunda de los mecanismos del cuerpo humano. Al año siguiente, en 1867, se convirtió en socio correspondiente de la Real Academia de las Ciencias de Lisboa y en miembro efectivo de la Sociedad de Ciencias Médicas de Lisboa, institución en la que iría ascendiendo progresivamente: fue vicepresidente en 1875 y presidente en 1897, el último año de su vida.

La trayectoria científica de Sousa Martins estuvo marcada por una preocupación central: la tuberculosis. Esta enfermedad azotaba con especial virulencia los barrios más pobres de las grandes ciudades portuguesas, como Lisboa y Oporto, generando brotes epidémicos recurrentes que diezmaban a los más vulnerables. El médico de Alhandra dedicó gran parte de su energía intelectual a investigar los mecanismos de la enfermedad, sus vías de contagio y las posibilidades terapéuticas disponibles, situándose en la vanguardia del pensamiento médico de su época. Su reputación como clínico también era extraordinaria: trataba a sus pacientes con una benevolencia y un cuidado que iban mucho más allá del estricto protocolo científico, lo que le ganó una devoción popular que trascendió su propia muerte.

Su actividad no se limitó a Portugal. Reconocido como uno de los médicos más capaces del país, fue seleccionado para representar a Portugal en eventos internacionales de medicina. Así, en 1874 participó en la Conferencia Sanitaria Internacional celebrada en Viena. En 1897, poco antes de su muerte, fue delegado en la Conferencia Sanitaria Internacional reunida en Venecia, donde además fue elegido vicepresidente, máximo reconocimiento que sus pares europeos podían tributarle. También fue vocal de la Comisión de Higiene de la Sociedad de Ciencias Médicas de Lisboa en 1890, evidencia de su compromiso con la salud pública más allá de la medicina individual.

Una de las iniciativas más significativas de su carrera fue la organización de la primera expedición científica a la Sierra de la Estrella, la sierra más occidental del Sistema Central, llevada a cabo en 1881 bajo los auspicios de la Sociedad de Geografía de Lisboa, de la que Sousa Martins era miembro fundador. La sierra era entonces una de las zonas más inhóspitas y desconocidas del país, envuelta en leyendas y apenas frecuentada por viajeros. El objetivo científico de la expedición era comprobar si el clima de altura y el aire puro de la sierra podían tener efectos beneficiosos en el tratamiento de la tuberculosis, siguiendo una hipótesis que comenzaba a ganar respaldo en la medicina europea. Como resultado de ese estudio, Sousa Martins se convirtió en impulsor activo de la construcción de sanatorios de altura para tuberculosos. Con el apoyo económico conseguido bajo el patrocinio de la reina Amelia de Orleans, logró financiar la construcción de un sanatorio en Guarda que fue inaugurado en 1907, una década después de su muerte, como testimonio póstumo de su visión sanitaria.

El regreso de Venecia en 1897 marcó el principio del fin. El médico llegó enfermo y debilitado, y fue diagnosticado de tuberculosis, la misma enfermedad contra la que había combatido durante décadas. El 18 de agosto de 1897, a los cincuenta y cuatro años, falleció en Alhandra, su villa natal, mediante inyección de morfina, en un acto que sus contemporáneos interpretaron como el gesto final de un hombre que eligió cómo abandonar un mundo al que había dado todo cuanto tenía.

La veneración popular que siguió a su muerte fue espontánea y persistente. El pueblo de Lisboa le rindió un culto cuasireligioso que con el tiempo elevó a Sousa Martins a la categoría de santo laico. En el Campo de los Mártires de la Patria, frente a la Facultad de Ciencias Médicas de Lisboa, fue erigida una estatua de diez metros de altura ejecutada entre 1904 y 1907 por el escultor António Augusto da Costa Motta. La escultura de bronce representa al científico vestido con toga de profesor, sobre un pedestal cuadrangular de piedra. A sus pies, una figura femenina joven sostiene un libro abierto, alegoría de la ciencia y de la juventud estudiosa. Hasta hoy, los agradecidos siguen depositando flores, exvotos y mensajes en la base de la estatua, perpetuando la memoria de un médico que dedicó su vida entera a combatir el sufrimiento ajeno.

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