civilizacoes perdidas

Tayasal

Yacimiento arqueológico maya en Petén, Guatemala

4 min01/01/2024
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En el corazón del departamento de Petén, en el norte de Guatemala, se eleva sobre las aguas del lago Petén Itzá una isla que durante siglos fue el último reducto de una civilización que se resistió con tesón extraordinario a la dominación exterior. Tayasal, conocida también como Nojpetén o Noh Petén —término maya que puede traducirse como Gran isla o Gran Petén— fue la capital del pueblo itzá, descendiente de los grandes centros del período clásico maya. El nombre Tayasal proviene a su vez del maya itzá y significa en el lugar de los itzáes, denominación que condensa en pocas sílabas una identidad colectiva que perseveró durante siglos en ese refugio lacustre. Fundada en el siglo XIII, esta ciudad del período posclásico se convertiría en el último enclave continental americano en capitular ante los conquistadores españoles, episodio que no se produciría hasta 1697.

El primer contacto documentado entre Tayasal y los españoles ocurrió en 1525, cuando Hernán Cortés, de paso hacia Honduras en su expedición contra Cristóbal de Olid, visitó la ciudad. Los itzáes recibieron al conquistador y este les dejó, entre otras cosas, un caballo enfermo que no podía continuar el viaje. La devolución del animal estaba prevista, pero Cortés partió sin cumplir su promesa. Lo que ocurrió después se convirtió en uno de los episodios más curiosos de la historia colonial americana: los itzáes, que nunca habían visto caballos antes de la llegada de los españoles, rindieron culto al animal. Cuando el caballo murió, fue disecado y venerado como una divinidad a la que llamaron Tzimin Chac, que puede traducirse como caballo del trueno. Esta adoración revelaría sus consecuencias en el siguiente encuentro significativo entre los itzáes y los europeos.

En 1618, dos sacerdotes jesuitas, acompañados por varios cientos de indígenas procedentes del actual Belice, llegaron a Tayasal con intención de evangelizar a su población. Fueron bien recibidos inicialmente, pero cuando descubrieron que los itzáes rendían culto a la estatua del caballo disecado, los misioneros reaccionaron con una virulencia que resultó contraproducente: insultaron a los habitantes y destruyeron o intentaron destruir el ídolo equino. La respuesta no se hizo esperar. El gobernante de Tayasal, Kaan Ek —cuyo nombre en maya significa serpiente negra—, halach uinik de los itzáes, expulsó a los jesuitas de la isla y, a partir de ese momento, dedicó sus esfuerzos a preparar a su pueblo para rechazar cualquier intento futuro de conquista o sometimiento.

Durante las décadas siguientes, el aislamiento geográfico de Tayasal actuó como escudo natural. La ciudad estaba rodeada por el lago Petén Itzá y por una selva impenetrable que dificultaba enormemente el acceso de cualquier expedición militar. Los españoles lo intentaron en varias ocasiones: hubo expediciones desde Belice en 1685, desde Alta Verapaz en 1687, y desde Yucatán en 1691 y 1695, todas ellas fracasadas o inconcluyentes. La resistencia itzá combinaba la ventaja del terreno con una organización defensiva que resultó más que suficiente para mantener a raya a los invasores.

El asedio definitivo llegó en 1697. Martín de Urzúa, capitán general de Yucatán, organizó una operación militar de gran envergadura que combinó fuerzas procedentes de Tabasco y Yucatán. La novedad táctica determinante fue la construcción de embarcaciones artilladas: las naves fueron transportadas desmontadas desde la costa y ensambladas en la orilla del lago Petén Itzá, lo que permitió atacar la isla directamente desde el agua. El 13 de marzo de 1697, ese ataque combinado —por tierra y por el lago— culminó con la captura de Tayasal. Con ella caía el último Estado independiente del continente americano que había resistido la conquista española. Por sus servicios, Urzúa fue nombrado Adelantado del Petén por el rey Carlos II de España.

La caída de Tayasal no fue solo militar: fue también cultural y simbólica. Los conquistadores demolieron los templos de la ciudad y utilizaron sus piedras para levantar la iglesia católica y diversas casas, borrando físicamente el paisaje sagrado que los itzáes habían construido durante siglos. De la antigua grandeza de Tayasal quedó poco en pie. Sobre sus ruinas y en sus alrededores se fue desarrollando lo que con el tiempo se convertiría en la ciudad de Flores, actual capital del departamento de Petén, que hoy es una localidad de marcado carácter turístico y punto de partida imprescindible para los visitantes de los grandes yacimientos arqueológicos mayas de la región, como Tikal. La isla cuenta con el Aeropuerto Internacional Mundo Maya, en la cercana Santa Elena, que conecta este rincón de Guatemala con el resto del mundo, cerrando así un círculo histórico que va de la última resistencia indígena al turismo global del siglo XXI.

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