En la Europa del siglo XVII, las casas nobiliarias se ramificaban con una complejidad que hacía difícil seguir el rastro de sus miembros más alejados del centro del poder. Isabel Teresa de Lorena fue precisamente uno de esos personajes que, sin haber ocupado un trono ni comandado ejércitos, vivió de lleno en el corazón de la alta aristocracia francesa durante más de ochenta años de historia convulsa.
Nació el 5 de abril de 1664 en Francia, hija del príncipe Francisco María de Lorena y de Ana Isabel de Lorena, quien a su vez era hija legítimada del duque Carlos IV de Lorena. Este detalle genealógico no era menor: la condición de hija ilegítima reconocida de un duque poderoso otorgaba a Ana Isabel, y por extensión a sus descendientes, un estatus peculiar en la jerarquía nobiliaria, ubicado en esa zona gris entre la sangre real y la nobleza ordinaria.
Isabel Teresa fue la quinta de los nueve hijos que tuvo el matrimonio, y la única entre todos sus hermanos que contrajo matrimonio y dejó descendencia. Este dato, aparentemente anecdótico, habla de cómo funcionaba la sociedad aristocrática de la época: en familias numerosas, no todos los hijos podían o debían casarse, ya que los matrimonios implicaban negociaciones políticas, dotes considerables y alianzas estratégicas que no siempre era posible sostener para toda la prole.
Su alta cuna le abrió las puertas de la corte, y allí Isabel Teresa se desempeñó como dama de honor de María Ana de Borbón, hija legitimada de Luis XIV de Francia y de Luisa de La Vallière. Servir a una hija del Rey Sol, aunque fuera hija natural, significaba moverse en los círculos más selectos de Versalles, donde la política, la intriga y el ceremonial se entretejían de manera inextricable.
Su matrimonio con Luis I de Melun, príncipe de Épinoy, se celebró en Artois, uniendo dos apellidos que figuraban en lo más alto del escalafón nobiliario francés. La unión produjo dos hijos que tendrían destinos paralelos en su brevedad: Luis II de Melun, nacido en 1694, recibió el ducado de Joyeuse y contrajo matrimonio en dos ocasiones, primero con Armande de La Tour de Auvergne en 1697 y luego con María Ana de Borbón-Condé. Sin embargo, murió en 1724 a causa de un accidente de caza, sin dejar descendencia que perpetuara el linaje directo.
Su hija, Ana Julia Adelaida de Melun, nacida en 1698, corrió una suerte igualmente trágica. Se casó con Julio de Rohan, príncipe de Soubise, y de esa unión nació un hijo, Charles de Rohan, que llevaría el título de Príncipe de Soubise. Pero tanto Ana Julia como su esposo fallecieron de viruela en 1724, el mismo año en que murió su hermano. La viruela era entonces un asesino despiadado que no discriminaba entre palacios y cabañas.
Tras la muerte de su marido, Isabel Teresa adquirió el título de Condesa de Saint-Pol, incorporando así a su nombre otra de esas denominaciones nobiliarias que en el Antiguo Régimen funcionaban como marcadores de rango y patrimonio. Los títulos no eran decorativos: implicaban derechos feudales, rentas y obligaciones que conformaban la base material de la existencia aristocrática.
La longevidad de Isabel Teresa de Lorena resulta notable incluso para los estándares de la alta nobleza, que solía gozar de mejores condiciones de vida que el resto de la población. Habiendo nacido en el reinado de Luis XIV, vivió bajo el mismo monarca hasta 1715, luego bajo la regencia del duque de Orleans y posteriormente bajo Luis XV, siendo testigo de décadas de transformaciones políticas y culturales que prefiguraban el fin de aquel mundo que ella había conocido desde la cuna.
Murió en París el 7 de marzo de 1748, habiendo sobrevivido a sus dos hijos y a casi todos los de su generación. Tenía ochenta y tres años, una edad extraordinaria para la época, y dejaba atrás un apellido que, pese a su resonancia, no tendría continuación directa en su línea. El título de Mademoiselle de Commercy y la princesa de Épinoy que había sido quedaron así atados a un siglo que ya empezaba a desvanecerse en la memoria colectiva de Europa.
