Isabel del Reino Unido llegó al mundo el 22 de mayo de 1770 en el Palacio de Buckingham, en Londres, como la séptima de los quince hijos del rey Jorge III y de la reina Carlota de Mecklemburgo-Strelitz. Su bautizo fue celebrado por el arzobispo de Canterbury el 17 de junio de ese mismo año en la sala del consejo del Palacio de St. James, con padrinos de alcurnia: el Príncipe Heredero de Hesse-Kassel, la princesa de Nassau-Weilburg y la princesa heredera de Suecia.
El contexto familiar en el que creció Isabel fue, por las circunstancias históricas de la época, extraordinariamente privilegiado pero también profundamente restrictivo. Sus padres mantenían una unión que, pese a haber comenzado sin romanticismo —Carlota no había sido la primera elección de su esposo—, se convirtió en un matrimonio estable y fiel. Jorge III nunca le fue infiel a su reina, y los quince hijos nacidos de esa unión crecieron en un entorno cuya cohesión familiar contrastaba con las turbulencias políticas del reinado.
La infancia de Isabel transcurrió entre los palacios de Kew, Buckingham y el Castillo de Windsor. Sus padres ejercían un control protector, casi asfixiante, sobre la vida de sus hijas, lo que hacía que el acceso al mundo exterior fuera sumamente limitado. La reina Carlota, sin embargo, compensó esas restricciones con una especial atención a la educación femenina, convencida de que sus hijas merecían una formación intelectual superior a la que solía ofrecerse a las mujeres de la época.
Isabel demostró desde joven aptitudes que la distinguieron entre sus hermanas. Los escritos de la época la consideraban la más bella de las hijas de Jorge III, pero esa fama descansaba también en una personalidad que combinaba inteligencia aguda con sentido del humor y un notable talento artístico. Comenzó su incursión en las artes visuales copiando dibujos, algunos de los cuales se conservan en la Colección Real, y con el tiempo publicó litografías y grabados propios, dedicados principalmente a escenas de temática mitológica.
Su participación en la decoración artística de los espacios reales fue también destacada. Algunas de las piezas del interior de la Casa de la Reina —hoy Palacio de Buckingham— fueron diseñadas y ejecutadas por ella. En Frogmore House ayudó a concebir los edificios del jardín, y en la llamada Queen's Cottage, enclave retirado junto al Palacio de Kew, pintó murales de flores que aún pueden contemplarse como testimonio de su sensibilidad estética.
En 1812, ya entrada la edad adulta, Isabel adquirió el Priorato de Old Windsor, en Berkshire, lo que le otorgó por primera vez una residencia propia independiente de la tutela directa del palacio. Ese gesto de autonomía llegó tarde, condicionado por años de vida familiar bajo un régimen paterno extremadamente controlador que había retrasado el matrimonio de todas las hijas del rey.
En ese mismo contexto de dificultades matrimoniales se inscribe el episodio más romántico y polémico de su biografía. Según los rumores que circularon en la época, Isabel habría contraído un matrimonio clandestino con George Ramus, hijo de un paje del rey. Tal unión habría sido nula según la Ley de Matrimonios Reales de 1772, que exigía el consentimiento real para cualquier enlace de un miembro de la familia. No obstante, varios de sus hermanos también buscaron relaciones paralelas antes de aceptar los matrimonios dinásticos que se les imponían. Se cree que de esa unión secreta nació una hija, Eliza Ramus, entre 1788 y 1869.
En 1808, Isabel se vio obligada a rechazar la propuesta de matrimonio del duque de Orleans, que se encontraba entonces en el exilio. El obstáculo era doble: la fe católica del pretendiente y la oposición frontal de la reina Carlota. La ironía de la historia quiso que ese mismo hombre llegara décadas después a reinar en Francia bajo el nombre de Luis Felipe I, convirtiéndose en uno de los monarcas más relevantes del siglo XIX europeo.
Los últimos años de su vida en la corte estuvieron marcados por la larga decadencia de su padre. Para 1810, Jorge III era prácticamente ciego por cataratas, padecía reumatismo crónico y sumía a los que lo rodeaban en una melancolía profunda. La muerte de la princesa Amelia ese mismo año —a los veintisiete años— fue considerada el último golpe que precipitó la crisis definitiva del soberano. En la Navidad de 1819, el rey sufrió un nuevo episodio de locura durante el que habló incoherencias durante cincuenta y ocho horas, antes de caer en coma. Murió el 29 de enero de 1820 en el Castillo de Windsor, a los ochenta y un años, ciego, sordo y enajenado.
Su madre, la reina Carlota, había fallecido antes que él, el 17 de noviembre de 1818, en la Dutch House de Surrey, a los setenta y cuatro años. Ambos fueron sepultados en la Capilla de San Jorge del Castillo de Windsor.
Isabel sobrevivió a todos esos duelos familiares y vivió el resto de sus días lejos de la vida pública más intensa. Murió el 10 de enero de 1840 en Frankfurt, a los sesenta y nueve años. Aunque su figura no alcanzó la centralidad política de algunos de sus hermanos, su legado artístico y el interés humano de una vida marcada por el confinamiento dorado de la realeza la convirtieron en una figura que el tiempo ha rescatado con creciente interés historiográfico.
