El 6 de diciembre de 1917, el Parlamento de Finlandia adoptó la declaración de independencia que convertía al país en una nación soberana, poniendo fin a más de un siglo de conexión con el Imperio ruso bajo la forma de Gran Ducado. Aquel momento no fue el resultado de un acto impulsivo ni de una ruptura repentina, sino el desenlace de un proceso largo y complejo en el que confluyeron la crisis del poder imperial, el surgimiento del movimiento nacional finlandés y las convulsiones revolucionarias que sacudían Rusia en ese año extraordinario.
Finlandia había sido incorporada al Imperio ruso en 1809, tras el tratado de Fredrikshamn que puso fin a la guerra entre Suecia y Rusia. Desde entonces había gozado de una autonomía considerable como Gran Ducado, con sus propias instituciones, parlamento, legislación y moneda, pero siempre bajo la soberanía del zar, que ostentaba simultáneamente el título de Gran Duque de Finlandia. Esta situación especial alimentó durante el siglo XIX el desarrollo de una identidad nacional finlandesa que buscaba expresarse en términos políticos cada vez más ambiciosos.
El año 1917 transformó radicalmente el escenario. La Revolución de Febrero en Rusia forzó la abdicación del zar Nicolás II el 15 de marzo, y con esa abdicación desapareció la figura que encarnaba la unión personal entre Rusia y Finlandia. Las autoridades finlandesas consideraron, al menos desde su perspectiva en Helsinki, que esa unión había perdido su base legal. Se abrió entonces un período de negociaciones entre el Gobierno Provisional ruso y los representantes finlandeses.
En ese contexto, el Parlamento finlandés aprobó el llamado Acta de Energía —Valtalaki en finés, Maktlagen en sueco—, por la que declaraba haber asumido todos los poderes legislativos del país, con la excepción de la política exterior y los asuntos militares, y añadía que solo podía ser disuelto por sí mismo. El Gobierno Provisional ruso, que resistió las presiones revolucionarias durante más tiempo del que muchos esperaban, no aprobó la ley y procedió a disolver el Parlamento. Nuevas elecciones se celebraron en el otoño.
La situación cambió decisivamente con el triunfo de la Revolución de Octubre. El 5 de noviembre de 1917, el nuevo Parlamento finlandés se declaró a sí mismo «poseedor de la autoridad suprema del Estado» en Finlandia, basándose en la Constitución finlandesa y específicamente en el parágrafo 38 del Instrumento de Gobierno de 1772, aprobado originalmente en el contexto del golpe de Estado de Gustavo III de Suecia.
El 15 de noviembre de 1917, el gobierno bolchevique proclamó la Declaración de los Derechos de los Pueblos de Rusia, firmada por Vladímir Lenin e Iósif Stalin, que reconocía el derecho general a la autodeterminación, incluido el derecho de secesión para los pueblos del antiguo Imperio. El mismo día, el Parlamento finlandés emitió una declaración asumiendo provisionalmente todos los poderes que antes correspondían al soberano en Finlandia.
El Senado de Finlandia, el gobierno designado por el Parlamento en noviembre, presentó el 4 de diciembre a la asamblea un nuevo Instrumento de Gobierno. La Declaración de Independencia se formuló técnicamente como una proposición parlamentaria destinada a ser aceptada y fue aprobada el 6 de diciembre de 1917, fecha que desde entonces se celebra como el Día de la Independencia de Finlandia.
El texto de la declaración recogía el espíritu de un anhelo secular. Sus palabras evocaban el deseo de libertad que el pueblo finlandés llevaba un siglo persiguiendo y afirmaban que los finlandeses no podían cumplir con sus deberes nacionales ni con sus obligaciones humanas universales sin una autonomía plena. El documento concluía con una apelación al reconocimiento internacional que trascendía la retórica habitual de los manifiestos políticos para invocar un lugar propio entre las naciones del mundo civilizado.
El reconocimiento internacional llegó con relativa rapidez. El 18 de diciembre el gobierno soviético emitió un decreto reconociendo la independencia finlandesa, y el 22 de diciembre ese reconocimiento fue ratificado por el VTsIK, el máximo órgano ejecutivo soviético. Pronto siguieron otros países europeos.
Finlandia no fue el único territorio en aprovechar el caos del año 1917 para proclamar su independencia. Estonia, Letonia, Lituania y Ucrania hicieron lo propio en ese mismo período, aunque con destinos muy distintos. Las tres repúblicas bálticas fueron ocupadas y anexionadas a raíz del Pacto Ribbentrop-Mólotov de agosto de 1939, mientras que Finlandia logró mantener su independencia incluso tras la durísima Guerra de Invierno de 1939-1940 contra la Unión Soviética.
El 6 de diciembre de 1917 marcó así no solo el nacimiento de un Estado, sino el punto de llegada de una identidad nacional que había tardado décadas en articularse políticamente. La independencia finlandesa sigue siendo un referente en la historia de los movimientos de autodeterminación del siglo XX, y la forma en que Finlandia supo preservarla frente a potencias incomparablemente mayores la convirtió en un caso de estudio singular en el panorama geopolítico europeo.