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Imperio ruso

Antiguo imperio en Eurasia (1721-1917) y en Norteamérica (1721-1867)

8 min01/01/2024
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El Imperio ruso fue una de las entidades políticas más extensas y duraderas de la historia moderna. Existió como Estado soberano entre 1721 y 1917, abarcando enormes porciones de tres continentes: Europa, Asia y América. En su momento de mayor expansión, hacia finales del siglo XIX, el imperio comprendía aproximadamente 22,8 millones de kilómetros cuadrados, convirtiéndolo en el Estado más grande del planeta en términos de superficie.

Los orígenes del Imperio ruso se remontan a la Rus de Kiev, el primer Estado eslavo oriental, gobernado por la dinastía ruríkida desde aproximadamente el año 882. Hacia el año 860, un variego llamado Riúrik llegó a gobernar Nóvgorod, y sus sucesores extendieron su autoridad hacia el sur hasta establecer su supremacía en Kiev. Sin embargo, la invasión mongola del siglo XIII desintegró aquel primer Estado en varios principados. A partir de esa fragmentación surgió el Zarato moscovita, que fue el antecesor directo del Imperio ruso y sobre cuyas bases Pedro I el Grande construyó la estructura imperial.

Fue precisamente Pedro I quien, en 1721, proclamó formalmente el Imperio ruso tras sus victorias militares contra Suecia en la Gran Guerra del Norte. Con una visión modernizadora y occidentalizadora, Pedro I transformó Rusia de manera radical: fundó San Petersburgo, que se convirtió en la capital del imperio, reformó el ejército, la administración y la marina, e impulsó el desarrollo de industrias y ciencias con el objetivo de llevar a Rusia al nivel de las grandes potencias europeas. San Petersburgo sería la capital imperial hasta que, en 1914, al inicio de la Primera Guerra Mundial, fue rebautizada como Petrogrado por su sonoridad más eslava frente al nombre de origen alemán.

La expansión territorial del Imperio ruso fue uno de los procesos más sostenidos y sistemáticos de la historia. A lo largo de los siglos XVII y XVIII, la colonización rusa avanzó hacia el este a través de Siberia, alcanzando el océano Pacífico. Entre 1741 y 1867, el dominio ruso incluyó incluso Alaska, al otro lado del estrecho de Bering, territorio que fue vendido a los Estados Unidos en este último año. En el sur, Rusia extendió su influencia sobre el Cáucaso, incorporando las actuales Armenia, Georgia y Azerbaiyán, y avanzó hacia Asia Central, sometiendo a los pueblos de las actuales repúblicas de Kazajistán, Turkmenistán, Tayikistán, Kirguistán y Uzbekistán. En el oeste, el Imperio incluía los estados bálticos de Estonia, Letonia y Lituania, así como Ucrania, Bielorrusia, la mitad oriental de Polonia, Finlandia y parte de la actual Rumania y Moldavia.

La sociedad del Imperio ruso era extraordinariamente diversa. Según el censo de 1897, la población alcanzaba los 125.640.000 habitantes, de los cuales más de 102,8 millones vivían en Europa. Más de cien grupos étnicos diferentes convivían dentro de las fronteras imperiales, y la etnia rusa representaba apenas el 44 por ciento del total. Esta diversidad era un desafío constante para la cohesión del Estado. La religión oficial era el cristianismo ortodoxo, controlado por el monarca a través del Santísimo Sínodo Gobernante. La sociedad estaba organizada en estratos claramente delimitados: la dvoryanstvo o nobleza, el clero, los comerciantes, los cosacos y los campesinos. Los nativos de Siberia y Asia Central eran clasificados oficialmente como inorodtsy, es decir, extranjeros.

Los siglos XVIII y XIX fueron escenario de notables transformaciones internas. Catalina la Grande extendió el territorio imperial hacia el sur y el oeste, incorporando parte de Polonia y Crimea. El reinado de Alejandro I fue contemporáneo de las guerras napoleónicas: la invasión de Rusia por Napoleón en 1812 terminó en un desastre para el ejército francés, y Rusia emergió como una de las potencias garantes del orden europeo en el Congreso de Viena de 1815. La abolición de la servidumbre en 1861, bajo Alejandro II, fue una de las reformas sociales más importantes del siglo XIX ruso, aunque no resolvió los profundos desequilibrios económicos y sociales del país.

A finales del siglo XIX y comienzos del XX, el Imperio ruso mostraba contradicciones cada vez más agudas. La industrialización avanzaba, pero la brecha entre una aristocracia privilegiada y una enorme masa campesina empobrecida era insostenible. La guerra ruso-japonesa de 1904-1905 reveló las debilidades militares del régimen y desencadenó la revolución de 1905, un primer aviso de la tormenta que vendría. El zar Nicolás II respondió con concesiones parciales, como la creación de la Duma, el parlamento ruso, pero sin reformas estructurales suficientes.

La entrada de Rusia en la Primera Guerra Mundial en 1914 aceleró el colapso del sistema. Las derrotas militares, los millones de muertos, la escasez de alimentos y el agotamiento popular crearon las condiciones para la Revolución de febrero de 1917, que derrocó a Nicolás II y estableció un gobierno provisional republicano. Pocos meses después, en octubre de 1917, los bolcheviques liderados por Lenin tomaron el poder, poniendo fin definitivamente a la era imperial y abriendo el camino hacia la formación de la Unión Soviética.

El Imperio ruso dejó una impronta duradera en la historia y la geopolítica mundiales. Las fronteras de decenas de estados actuales en Europa, Asia Central y el Cáucaso están marcadas por la historia del expansionismo ruso. Las tensiones étnicas, religiosas y culturales que el Imperio no pudo resolver siguen resonando en muchos de esos territorios hasta el día de hoy.

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