El Califato abasí, que existió entre los años 750 y 1258, representó uno de los períodos más brillantes de la civilización islámica. Fundado por Abu l-Abbás, descendiente de Abbás, tío del profeta Mahoma, este califato sustituyó a la dinastía omeya y trasladó el centro del poder islámico de Damasco a Bagdad, transformando profundamente la naturaleza política y cultural del Islam.
Los antecedentes de la revolución abasí se encuentran en el descontento acumulado bajo el dominio omeya. Los omeyas habían construido un califato de fuerte carácter árabe, que marginaba a los musulmanes no árabes, conocidos como mawali, colocándolos en una posición subordinada dentro del Imperio. Muhammad ibn Alí, bisnieto de Abbás, comenzó a hacer campaña en Persia para devolver el poder a los Hachemitas, la familia del Profeta, durante el reinado del califa omeya Umar II. Su movimiento supo articular las demandas de distintos grupos descontentos: árabes colonos agraviados de Merv, la facción yemení y sus mawali, así como conversos no árabes que se sentían excluidos del orden social omeya.
La revuelta tomó cuerpo bajo el imam Ibrahim, descendiente en cuarta generación de Abbás, que lanzó su movimiento desde La Meca y la provincia de Jorasán en Persia. Los primeros éxitos fueron notables, pero Ibrahim fue capturado y murió en prisión en el año 747, posiblemente asesinado. Su hermano Abdallah, conocido como Abu l-Abbás as-Saffah, tomó el mando y en el año 750 obtuvo una victoria decisiva en la batalla del río Gran Zab, un afluente del Tigris que discurre por los actuales Turquía e Irak. Con esa victoria aplastante sobre los omeyas, Abu l-Abbás fue proclamado califa, inaugurando la dinastía abasí.
El sucesor de Abu l-Abbás, el califa Al-Mansur, tomó una decisión que definiría la historia de la civilización islámica: en el año 762 fundó la ciudad de Madínat as-Salam, conocida como Bagdad, y trasladó allí la capitalidad del califato desde Damasco. Construida en forma circular según un diseño planificado minuciosamente, Bagdad se convirtió rápidamente en una de las ciudades más grandes del mundo, un centro de comercio, cultura y saber que atraía a eruditos, mercaderes y artistas de todos los rincones del mundo conocido.
El momento de mayor esplendor del Califato abasí llegó durante el reinado de Harún al-Rashid, que gobernó entre los años 786 y 809. Bajo su mandato, Bagdad brilló como el principal centro intelectual y cultural del planeta, hogar de matemáticos, astrónomos, médicos, poetas y filósofos. La legendaria figura de Harún al-Rashid inmortalizó en la imaginación colectiva como uno de los personajes centrales de Las mil y una noches, colección de cuentos que refleja la riqueza y el cosmopolitismo de aquella civilización. Fue en este período cuando el Islam vivió su edad de oro, con traducciones al árabe de obras griegas, persas e indias que preservaron y transmitieron el conocimiento clásico a la Europa medieval.
Sin embargo, a partir de la muerte de Harún al-Rashid, el poder central del califato comenzó a debilitarse. Sus sucesores enfrentaron guerras civiles, rebeliones internas y la progresiva pérdida de territorios. Al-Ándalus, la Península Ibérica, ya se había independizado de los abasíes en el año 756, cuando Abd al-Rahmán I, superviviente omeya, fundó un emirato independiente. En el año 776, el norte de África también se separó. A partir del siglo X, el poder real del califato recayó en los sultanes selyúcidas, y el califa quedó reducido a una figura más religiosa que política.
La dinastía abasí llegó a contar con 37 califas a lo largo de sus cinco siglos de existencia. El final llegó de manera violenta y definitiva en el año 1258, cuando Hulagu Khan, nieto de Gengis Khan, conquistó Bagdad a la cabeza de los ejércitos mongoles. El último califa abasí, Al-Mu'tásim, fue asesinado por los invasores. La destrucción de Bagdad fue un acontecimiento de proporciones catastróficas: la ciudad, sus bibliotecas, sus instituciones y gran parte de su población fueron arrasadas. La invasión mongola tuvo profundas consecuencias demográficas, propiciando migraciones masivas desde el Gran Jorasán hacia Asia Menor, y los siglos XIII y XIV vieron un proceso acelerado de islamización y turquización de Anatolia.
Un miembro de la dinastía logró escapar a Egipto, donde los mamelucos mantuvieron una línea simbólica del califato hasta la conquista otomana de 1517. Pero el verdadero Califato abasí, el que había gobernado desde Bagdad durante cinco siglos, había desaparecido para siempre.
El legado del Califato abasí es inmenso. Su período de esplendor fue decisivo para la transmisión del conocimiento clásico a Europa y para el desarrollo de disciplinas como el álgebra, la astronomía, la medicina y la filosofía. La palabra álgebra misma proviene del árabe al-jabr, término empleado por el matemático abasí Al-Juarismí. Los nombres de las estrellas, muchas palabras científicas y técnicas en las lenguas europeas son testimonios silenciosos de aquel período extraordinario de florecimiento intelectual.
