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Imperio incaico

Antiguo estado de América del Sur

6 min01/01/2024
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En los Andes peruanos, entre la cordillera y las costas del Pacífico, floreció el mayor Imperio de América precolombina. El Tahuantinsuyo, cuyo nombre en quechua significa "la región de las cuatro partes", surgió de manera fulminante en el siglo XV y en pocas décadas extendió su dominio desde el río Ancasmayo, en la actual Colombia, hasta el río Maule, en Chile central, abarcando aproximadamente dos millones de kilómetros cuadrados y una diversidad de paisajes, climas y culturas sin parangón en el continente.

El origen preciso del Imperio se remonta a la victoria del noveno soberano inca, Pachacútec, sobre la poderosa confederación chanca en la batalla de Yahuarpampa, alrededor del año 1438. Según la tradición andina, el propio padre de Pachacútec había decidido retirarse ante el avance chanca, pero el joven príncipe organizó la resistencia y obtuvo una victoria que transformó el modesto curacazgo del Cuzco en el núcleo de un Imperio en expansión. Tras el triunfo, Pachacútec reorganizó el Estado inca, estableció el sistema administrativo que caracterizaría al Tahuantinsuyo y emprendió una campaña de conquistas que sus sucesores continuaron.

El décimo inca Amaru Inca Yupanqui, el undécimo Túpac Yupanqui y el duodécimo Huayna Cápac prolongaron y consolidaron las conquistas. El sistema de expansión inca combinaba la guerra con la diplomacia: los pueblos sometidos conservaban sus formas locales de organización, sus lenguas y sus cultos, a cambio del reconocimiento de la soberanía del Sapa Inca y del pago de mita, una forma de trabajo obligatorio para el Estado. Esta flexibilidad permitió integrar una extraordinaria diversidad cultural en un solo Estado.

La organización del Tahuantinsuyo era una proeza de ingeniería social y física. Decenas de miles de kilómetros de caminos empedrados, los qhapaq ñan, conectaban los extremos del Imperio con el Cuzco, la capital sagrada. Los tambos, estaciones de descanso y aprovisionamiento ubicadas a intervalos regulares, facilitaban el movimiento de ejércitos, funcionarios y mensajeros, los chasquis, que corrían en relevos para transmitir información a velocidades sorprendentes. Los grandes almacenes estatales, los qollqas, distribuían alimentos y bienes en toda la red del Imperio, constituyendo un sistema de redistribución que garantizaba la supervivencia de las comunidades en tiempos de escasez.

La economía inca es uno de los temas más debatidos entre los especialistas. El etnohistoriador John Murra propuso que el sistema se basaba en el "control vertical de un máximo de pisos ecológicos": una misma comunidad controlaba simultáneamente parcelas en la costa, el valle, la sierra y la puna, garantizándose acceso a productos de distintos ecosistemas. Otros estudiosos han descrito el sistema como feudal, socialista o basado en la reciprocidad y la redistribución. En cualquier caso, era un sistema sin moneda ni mercado en el sentido occidental, articulado por el trabajo colectivo y el intercambio de bienes coordinado desde el Estado.

El Sapa Inca era la autoridad suprema del Imperio, considerado hijo del Sol, la deidad principal del panteón inca conocida como Inti. Aunque el culto solar era promovido como religión oficial, el Estado respetaba las formas locales de devoción, incluyendo el culto a la Pachamama, la madre tierra, y la veneración de las huacas, los lugares sagrados de cada comunidad. Esta tolerancia religiosa fue un pilar de la cohesión imperial.

El declive del Tahuantinsuyo comenzó con la muerte del Sapa Inca Huayna Cápac, víctima probable de una epidemia de viruela que los europeos habían introducido en el continente y que se propagaba más rápido que los propios conquistadores. Sus dos hijos, Huáscar y Atahualpa, se disputaron el trono en una guerra civil devastadora. Atahualpa, comandante del ejército del norte, capturó a Huáscar en 1532 y se hizo con el control del Imperio, pero en ese momento preciso se encontraba con Francisco Pizarro y sus hombres, recién llegados del Pacífico.

La captura de Atahualpa en Cajamarca, en noviembre de 1532, fue uno de los episodios más extraordinarios y traumáticos de la historia americana. Pizarro atrajo al Sapa Inca a una reunión y lo tomó prisionero con un ataque sorpresivo que mató a miles de sus acompañantes. Atahualpa ofreció un rescate monumental, una sala entera llena de oro y otra de plata, a cambio de su libertad. Los españoles recibieron el rescate y ejecutaron al Inca de todos modos, en 1533. Ese mismo año coronaron a Túpac Hualpa como nuevo Inca bajo su tutela, marcando el fin del Tahuantinsuyo como Estado soberano.

La resistencia indígena no se apagó de inmediato. Los generales atahualpistas Rumiñahui y Quizquiz continuaron la lucha hasta 1534. En 1536, Manco Inca encabezó una rebelión de gran escala que sitiÚ el Cuzco durante meses, pero fue finalmente sofocada. Se retiró a la región de Vilcabamba, donde fundó un Estado neoincaico que resistió durante décadas. El último inca rebelde de esa línea, Túpac Amaru I, fue capturado y decapitado en 1572 por orden del virrey Toledo.

El legado del Imperio inca pervive en la arquitectura monumental de Machu Picchu, Sacsayhuamán y el propio Cuzco, en los caminos de piedra que aún recorren los Andes, en los sistemas de terrazas agrícolas que siguen siendo utilizadas por las comunidades campesinas, en la lengua quechua que hablan millones de personas en Ecuador, Perú, Bolivia y Argentina, y en las festividades y rituales andinos que combinan elementos precolombinos y católicos. El Tahuantinsuyo duró menos de un siglo en su forma plena, pero su impronta en la civilización andina es tan profunda que no ha dejado de ser visible en cada aspecto de la vida de los pueblos que heredaron su memoria.

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