biografias

Etta McDaniel

Actriz estadounidense

4 min01/01/2024
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Etta McDaniel nació el 1 de diciembre de 1890 en Wichita, Kansas, en el seno de una familia que convertiría el talento artístico en su forma de vida y su identidad colectiva. Los McDaniel eran una familia afroamericana con un don extraordinario para el entretenimiento, y Etta creció rodeada de hermanos que compartirían el escenario y las pantallas con ella a lo largo de décadas. Entre ellos destacarían Sam McDaniel, actor, y sobre todo Hattie McDaniel, quien llegaría a convertirse en la primera actriz afroamericana en ganar un Premio Óscar, por su papel en Lo que el viento se llevó en 1940.

Los primeros pasos de Etta en el mundo del espectáculo se dieron en los llamados espectáculos de ministril, una forma de entretenimiento popular en los Estados Unidos del siglo XIX y principios del XX que congregaba a familias enteras de artistas en giras itinerantes. Era un mundo duro, marcado por las limitaciones que la segregación racial imponía sobre los artistas afroamericanos, que debían actuar en circuitos separados y condiciones muchas veces desiguales respecto a sus colegas blancos.

La vida personal de Etta se formalizó el 2 de diciembre de 1908, cuando contrajo matrimonio con John Alfred Goff en Denver, Colorado. De esa unión nació su hijo Edgar Henry Goff. La maternidad no interrumpió su vocación artística, y Etta continuó desarrollando su carrera en paralelo con sus responsabilidades familiares, algo que en aquella época representaba un esfuerzo doble para las mujeres que elegían ambos mundos.

En 1914, Etta y su hermana Hattie dieron un paso audaz para la época: fundaron la McDaniel Sisters Company, un espectáculo de ministril exclusivamente femenino. Esta iniciativa era notable no solo por su carácter empresarial, sino también porque desafiaba las convenciones de género que dominaban el mundo del espectáculo de la época. Las hermanas demostraron que las mujeres podían organizar y liderar sus propias producciones artísticas sin depender de estructuras masculinas.

La transición de los escenarios teatrales al cine llegó para Etta en 1933, cuando debutó en una de las producciones más icónicas de Hollywood: King Kong. En esa película histórica para el cine de aventuras y terror, McDaniel interpretó a la mujer nativa que salva a su bebé del gorila gigante que se aproxima amenazante. Era un papel pequeño pero visualmente memorable, y marcó el inicio de una carrera cinematográfica que se extendería durante trece años.

A partir de ese debut, Etta se especializó como actriz secundaria y extra, acumulando más de sesenta apariciones en pantalla entre 1933 y 1946. La mayor parte de sus papeles no figuraban en los créditos de las películas, una práctica habitual con los actores afroamericanos en el Hollywood de la época de Jim Crow, donde la industria asignaba roles secundarios y de servicio a los intérpretes negros con independencia de su talento o experiencia. Etta encarnó repetidamente a sirvientas y niñeras, reflejando los estrechos márgenes que el sistema permitía a los artistas de su condición.

Entre sus trabajos destaca su participación en Lawless Nineties de 1936, una película del género wéstern protagonizada por John Wayne. Actuar junto a una de las figuras más reconocibles del cine americano de aquella época, aunque fuera en un papel sin crédito, ilustra tanto el alcance de la presencia de Etta en Hollywood como las limitaciones estructurales que nunca pudo superar del todo.

También aparece en los registros de la época su participación en Personal Maid's Secret de 1935, donde interpretó el papel de sirvienta, una función que se repetiría a lo largo de su trayectoria con variaciones mínimas. Esta circunstancia habla menos de las capacidades de Etta que de la industria que la empleaba: una maquinaria que encontraba espacio para el talento afroamericano solo dentro de límites muy precisos, determinados por los prejuicios raciales de la audiencia y los productores de la época.

La carrera de Etta McDaniel se desarrolló en las sombras de los grandes focos, pero su presencia constante en más de seis décadas de producciones cinematográficas la convierte en un testimonio valioso de cómo los artistas afroamericanos navegaron el Hollywood del período de entreguerras con dignidad y persistencia. Murió el 13 de enero de 1946 en Los Ángeles, California, a los cincuenta y cinco años de edad, dejando un legado que, aunque modesto comparado con el de su hermana Hattie, forma parte indisociable de la historia del cine y de la historia de la lucha afroamericana por la visibilidad cultural en los Estados Unidos.

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