James Augustine Aloysius Joyce nació el 2 de febrero de 1882 en Brighton Square, en el barrio de Rathgar, un distrito de clase media de Dublín. Su familia era católica, y sus padres, John y May Joyce, tuvieron una descendencia numerosa: James fue el mayor de los diez hermanos que sobrevivieron a la infancia, de los cuales seis eran mujeres y cuatro varones. La madre quedó encinta en total quince veces, un dato que el propio Joyce convertiría en un detalle significativo al atribuírselo a la señora Dedalus en su gran novela Ulises.
Los orígenes familiares eran de clase media venida a menos. La familia paterna, originaria de Fermoy, en el condado de Cork, había sido concesionaria de una explotación de sal y piedra caliza en Carrigeeny, negocio que vendieron en 1842 y que quebró definitivamente en 1852. El padre de Joyce, John, era un hombre de talento verbal y gusto por los placeres de la vida, pero también de irresponsabilidad económica crónica, cualidades ambas que marcarían de manera profunda al futuro escritor. La familia presumía de descender del libertador irlandés Daniel O'Connell, y Joyce, pese a su rebeldía, sentía un peculiar apego por esa forma de aristocracia basada en la tradición de una antigua casa.
La educación de Joyce fue confiada a los jesuitas, primero en el Clongowes Wood College y luego en el Belvedere College de Dublín. Esta formación rigurosa y la relación tensa con la Iglesia católica irlandesa dejarían una huella indeleble en su obra, y la tensión entre la fe impuesta y la libertad intelectual recorrería como una corriente eléctrica toda su escritura. Más tarde estudió en el University College de Dublín, donde comenzó a leer a Henrik Ibsen en noruego, aprendió italiano y se destacó por una independencia intelectual que incomodaba a sus profesores.
En 1904, con veintidós años, Joyce tomó la decisión que definiría el resto de su vida: abandonar Irlanda en compañía de Nora Barnacle, una joven irlandesa con quien mantendría una relación que duraría toda su vida y que formalizarían mediante matrimonio en 1931. Los dos se instalaron en el continente europeo, comenzando su largo peregrinaje por Trieste, Roma, París y Zúrich. Este exilio voluntario fue para Joyce una condición necesaria para escribir: solo alejándose de Irlanda podía ver su ciudad con la claridad y la distancia que necesitaba para hacerla literaria.
Dublineses, publicado en 1914 tras años de negativa de los editores, fue su primer libro maduro: quince relatos que retratan la vida cotidiana y la parálisis espiritual de la clase media dublinesa con una precisión brutal y una prosa de aparente sencillez que ocultaba una profundísima elaboración artística. Dos años después, en 1916, apareció Retrato del artista adolescente, novela semiautobiográfica protagonizada por Stephen Dedalus, un alter ego literario en el que Joyce procesó su ruptura con la familia, la iglesia y la nación irlandesa. La novela estableció el tono de una búsqueda que el autor exploraría durante el resto de su carrera.
La publicación de Ulises en 1922 fue un acontecimiento literario sin precedentes en el siglo XX. La novela sigue a Leopold Bloom, un ciudadano judío de Dublín, a lo largo de un solo día, el 16 de junio de 1904, reproduciendo con exhaustividad alucinante los pensamientos, percepciones y digresiones de sus personajes mediante la técnica del monólogo interior. T. S. Eliot afirmó que Joyce había encontrado en esa obra una manera de dar forma y significado al vasto panorama de la futilidad y la anarquía que representa la historia contemporánea. El libro fue prohibido en varios países por considerarse obsceno, pero su influencia sobre la narrativa del siglo XX resultó inconmensurable.
Si Ulises fue considerada radical, Finnegans Wake, publicada en 1939 tras dieciséis años de trabajo, desafió incluso a los lectores más avezados del modernismo. Escrita en un idioma inventado que fusiona el inglés con docenas de otras lenguas en juegos de palabras de múltiples capas semánticas, la novela exploró la conciencia soñante de un tabernero de Dublín durante su sueño nocturno. Jorge Luis Borges, en un texto de 1939, reflexionó sobre la capacidad de Joyce para crear un nuevo universo verbal que seguía sus propias leyes internas.
La vida personal de Joyce estuvo marcada por dificultades económicas casi constantes, por una progresiva ceguera que lo atormentó desde su juventud y que requirió numerosas operaciones a lo largo de los años, y por la angustia ante la salud mental de su hija Lucía, diagnosticada con esquizofrenia. Pese a todo, mantuvo su actividad creativa con una disciplina extraordinaria, apoyado por la fidelidad de Nora y por el mecenazgo de figuras como Harriet Shaw Weaver y la librería Shakespeare and Company de Sylvia Beach en París, que se atrevió a publicar Ulises cuando ningún editor convencional se animaba.
James Joyce falleció el 13 de enero de 1941 en Zúrich, a los cincuenta y ocho años, a consecuencia de las complicaciones de una úlcera perforada. Había llegado a Suiza apenas pocas semanas antes, huyendo de la Francia ocupada por los nazis. Murió en la misma ciudad donde había pasado años de su exilio y donde, paradójicamente, también moriría su gran contemporáneo el artista Lyonel Feininger quince años después. La Encyclopædia Britannica destaca que Joyce consiguió imprimir en sus obras un retrato sutil y veraz de la naturaleza humana junto con una maestría en el uso del lenguaje que ejerció una influencia decisiva en toda la novelística del siglo XX, influencia que se propagó incluso sobre escritores que nunca leyeron directamente sus obras.



