En 1368, Zhu Yuanzhang, un campesino de origen humilde que había sobrevivido a la hambruna y al monasterio budista para convertirse en guerrillero y luego en general, derrocó la dinastía Yuan de origen mongol y se proclamó primer emperador de la nueva dinastía Ming, adoptando el nombre de reinado Hongwu. Con ese acto comenzó uno de los períodos más notables de la historia china: doscientos setenta y seis años de gobierno de la etnia han, que algunos historiadores han calificado como una de las grandes eras de estabilidad social y gobierno disciplinado en la historia humana.
La dinastía Yuan, fundada por Kublai Kan en 1271, había impuesto una discriminación institucional contra los han, estableciendo jerarquías étnicas que relegaban a la población mayoritaria de China a posiciones subordinadas. Los altos impuestos, la inflación galopante y las devastadoras inundaciones del río Amarillo generaron un descontento masivo que se tradujo en rebeliones campesinas. Zhu Yuanzhang surgió como el caudillo más capaz entre los líderes insurgentes, y tras décadas de lucha logró expulsar a los mongoles al norte y unificar el país.
El emperadore Hongwu, que reinó entre 1368 y 1398, tenía una visión conservadora y autosuficiente de la sociedad: quería construir un sistema de comunidades rurales independientes que no necesitaran involucrarse en el comercio urbano. Pero sus esfuerzos por reconstruir la base agrícola y mejorar la red de caminos tuvieron un efecto paradójico: generaron excedentes que encontraron su salida en florecientes mercados locales. La cultura rural y comercial se vio influenciada por las modas urbanas, y las familias de comerciantes comenzaron a integrarse en la burocracia, adoptando los hábitos culturales de la élite letrada.
Bajo los primeros emperadores Ming se emprendieron obras de una escala asombrosa. La Ciudad Prohibida, ese complejo palaciego de novecientas habitaciones en el corazón de Pekín, fue construida en el primer cuarto del siglo XV durante el reinado del emperador Yongle. En ese mismo período se completó la expansión del Gran Canal para conectar el norte y el sur del país, y se intensificaron las obras de la Gran Muralla. El emperador Yongle también trasladó la capital desde Nanjing a Pekín, afirmando el carácter septentrional del poder imperial.
Uno de los capítulos más fascinantes de la historia Ming fue el de las grandes expediciones navales bajo el mando del almirante eunuco musulmán Zheng He, que se realizaron entre 1405 y 1433. A diferencia de las exploraciones europeas, motivadas principalmente por el comercio y la conquista, las flotas de Zheng He eran demostraciones de poder y prestigio imperial. Sus naves, los llamados "barcos del tesoro", eran colosales, de dimensiones que no tenían parangón en el mundo de la época. Las expediciones llegaron al sudeste asiático, India, Arabia y la costa oriental de África, estableciendo vínculos tributarios con decenas de Estados. Sin embargo, tras la muerte de Yongle y el ascenso de facciones conservadoras en la corte, las expediciones fueron suspendidas y China se replegó hacia sí misma.
La economía Ming experimentó una transformación fundamental a partir del siglo XVI. El contacto con los portugueses, los españoles, los somalíes y los neerlandeses integró a China en lo que se conoce como el comercio colombino, el intercambio global de productos, plantas, animales y alimentos iniciado tras los viajes de Colón. Más importante aún fue el flujo de plata procedente de las minas americanas a través de Manila y de las minas japonesas, que sustituyó al cobre y al papel moneda como medio de intercambio dominante en China, monetizando la economía de manera sin precedentes.
Sin embargo, ese mismo flujo de plata se convirtió en una vulnerabilidad. En las últimas décadas del período Ming, la contracción del comercio de plata, provocada por factores externos como la caída de la producción minera en América, generó una grave crisis fiscal. La Pequeña Edad de Hielo trajo consigo sequías, inundaciones y hambrunas que arruinaron las cosechas. Las epidemias diezmaron la población. El Estado, privado de recursos, fue incapaz de mantener su ejército y su burocracia.
En ese contexto de debilidad, el líder rebelde Li Zicheng avanzó desde el noroeste hacia Pekín. El último emperador Ming, Chongzhen, que había gobernado durante diecisiete años en medio de crisis permanentes, se ahorcó en un árbol del jardín imperial el 25 de abril de 1644, antes de que los rebeldes entraran en la capital. Li Zicheng proclamó su breve dinastía Shun, pero los generales Ming que guardaban la Gran Muralla decidieron abrir las puertas a los manchúes, enemigos jurados de Li Zicheng. Los manchúes, que gobernaban los territorios al noreste de China bajo la denominación de la dinastía Qing, aprovecharon la ocasión y conquistaron Pekín. La dinastía Ming quedó reducida a regímenes del sur que resistieron hasta 1662.
La herencia de la dinastía Ming en la cultura china es profunda e indeleble. La porcelana Ming, con su inconfundible decoración azul y blanca, se convirtió en uno de los productos más cotizados en los mercados europeos y asiáticos. La literatura de la época produjo obras maestras como El viaje al Oeste o Al margen del agua. La arquitectura palatina, los jardines imperiales, el sistema de exámenes para la burocracia y muchos aspectos de la vida cotidiana china tienen su forma definitiva en el período Ming. A finales de su reinado, la población se estimaba entre ciento sesenta y doscientos millones de personas, cifra que convirtió a China en la sociedad más poblada del planeta.