Stéphane Charbonnier nació el 21 de agosto de 1967 en Conflans-Sainte-Honorine, en el departamento de Yvelines, al norte de Francia. En el mundo del periodismo y la ilustración satírica fue siempre conocido simplemente como Charb, el sobrenombre bajo el cual construyó una carrera definida por la irreverencia, el compromiso político y una valentía que lo llevaría a convertirse en blanco de amenazas concretas antes de caer asesinado.
Desde sus primeros trabajos como dibujante, Charb desarrolló un estilo gráfico que podría calificarse como corrosivo e irreverente. Sus trazos no buscaban la complacencia del lector sino su incomodidad, su risa incómoda, esa carcajada que obliga a pensar. Entre sus creaciones más reconocibles se encontraban Maurice et Patapon, la historia de un perro y un gato anticapitalistas, y el personaje del policía Marcel Keuf, retrato satírico de la autoridad. En la revista Fluide Glacial firmaba una sección titulada La fatwa de l'Ayatollah Charb, título que resultaría tristemente profético.
A lo largo de su carrera colaboró con numerosas publicaciones de la prensa francesa: L'Écho des savanes, Télérama, Fluide Glacial, L'Humanité y, sobre todo, Charlie Hebdo, la revista satírica que se convertiría en el centro de su vida profesional y en el escenario de su muerte. Entre 2007 y 2008 participó además en el programa televisivo T'empêches tout le monde de dormir, del canal M6, ampliando su presencia ante el gran público.
En mayo de 2009, tras la salida de Philippe Val de la dirección de Charlie Hebdo, Charb asumió las riendas de la publicación como su nuevo director. Desde ese cargo impulsó una línea editorial que profundizaba en la tradición irreverente de la revista, sin concesiones ante ningún poder político, religioso o económico. Su posicionamiento ideológico era inequívoco: apoyaba abiertamente al Partido Comunista Francés, respaldándolo de manera expresa tanto en las elecciones europeas de 2009 como en las regionales de 2010.
Charb era un ateo convencido y un firme defensor de los valores republicanos franceses, especialmente de la laicidad del Estado. Esta postura lo situaba en la vanguardia de los enfrentamientos con el fundamentalismo religioso, tanto islámico como cristiano. Sus caricaturas de figuras religiosas y sus sátiras sobre el fanatismo le granjearon enemigos poderosos y difundieron su nombre más allá de las fronteras del humor gráfico francés.
Las consecuencias de esa visibilidad comenzaron a materializarse en noviembre de 2011, cuando la sede de Charlie Hebdo fue atacada con cócteles molotov, presuntamente por islamistas radicales. El ataque incendió la redacción y destruyó el archivo histórico de la publicación, pero no logró silenciarla. A partir de ese momento, Charb y otros dos compañeros empezaron a recibir protección policial permanente.
La amenaza se fue concretando con el paso del tiempo. En septiembre de 2012, un hombre fue detenido en La Rochelle por haber pedido la decapitación de Charb en una página web de contenido yihadista. El año siguiente, en 2013, la organización Al-Qaeda lo incluyó en su lista de los más buscados, junto a otras figuras consideradas enemigas del islamismo radical. Charb conocía perfectamente el riesgo que corría, pero no abandonó su trabajo ni moderó su pluma.
Entre sus obras publicadas figuran volúmenes de cómic, recopilaciones de crónicas políticas y libros de colaboración con otros autores. Maurice et Patapon se extendió a lo largo de cuatro tomos editados entre 2005 y 2009. Publicó también Charb n'aime pas les gens, una recopilación de crónicas políticas de 1996 a 2002, el volumen C'est la Faute à la société en 2008, y colaboró con el economista Daniel Bensaïd en Marx, mode d'emploi, publicado en 2009. Su producción era la de un intelectual comprometido que utilizaba la sátira como herramienta de pensamiento crítico.
El 7 de enero de 2015, dos hombres armados irrumpieron en la redacción de Charlie Hebdo en París durante una reunión editorial. Abrieron fuego sistemáticamente, matando a doce personas. Charb fue una de las víctimas. Tenía cuarenta y siete años. La masacre desencadenó una ola de conmoción y solidaridad en Francia y en todo el mundo, cristalizada en el lema Je suis Charlie que millones de personas adoptaron en señal de rechazo al terrorismo y defensa de la libertad de expresión.
La figura de Charb quedó grabada en la memoria colectiva como la de alguien que eligió la incomodidad de la sátira frente al confort del silencio, que prefirió el riesgo a la rendición, y que murió en el ejercicio de aquello en lo que más creía: el derecho a reírse de cualquier poder, sin excepción y sin miedo.