El califa fatimí conocido como Al-Mustansir billah nació en El Cairo el 5 de julio de 1029, con el nombre completo de Abū Tamīm Ma'ad al-Mustanṣir bi-llāh, expresión árabe que puede traducirse como «el que implora la ayuda de Alá». Apenas ocho meses después de su nacimiento, su padre lo declaró sucesor al trono del califato fatimí, uno de los poderes islámicos más importantes de la época. Ascendió formalmente al trono el 13 de junio de 1036, con solo siete años de edad.
Los primeros años del califato estuvieron dominados por la figura de su madre, quien asumió de facto la administración del estado ante la minoría de edad del soberano. Esta regencia femenina, en un califato que combinaba el poder político con el religioso ismaelí, marcó el inicio de un reinado que se prolongaría durante sesenta años, el más largo registrado entre todos los califas de Egipto y de cualquier otro estado islámico de la historia.
Durante la primera etapa del reinado, el califato disfrutó de cierta prosperidad bajo la gestión del visir Alí ibn Ahmad al-Yaryarai, uno de los administradores más capaces del período. Su muerte en 1044 abrió un ciclo de inestabilidad en el gobierno: sus sucesores Ibn Al-Anbari y Abu Mansur Sadaqa carecieron de sus cualidades, y la gestión del estado comenzó a resentirse. Un respiro llegó en 1050 con el nombramiento del visir Abu Muhammad Hasan Abdurrahman Yazuri, reformador serio que sostuvo el gobierno durante ocho años y devolvió cierta coherencia administrativa al califato.
Pero la muerte de Yazuri en 1058 abrió la etapa más caótica y devastadora del reinado. En los quince años siguientes, cerca de cuarenta visires se sucedieron en el cargo sin que ninguno lograra estabilizar la situación. El tesoro real fue dilapidado, la autoridad central se debilitó y las tensiones entre las diferentes facciones militares comenzaron a desestabilizar el orden interno.
La crisis alcanzó su punto más dramático entre 1062 y 1067, cuando estalló la guerra abierta entre las tropas turcas y las sudanesas que formaban el grueso del ejército fatimí. La facción turca, aliada con contingentes bereberes, terminó imponiendo su hegemonía. Los bereberes del sur de Egipto, lejos de limitarse a combatir, adoptaron una táctica de devastación sistemática del territorio: destruyeron los terraplenes y los canales del río Nilo, las arterias vitales de la agricultura egipcia, con el objetivo deliberado de rendir las ciudades y el campo por hambre.
El cronista medieval Maqrizi identificó este período como el inicio de la gran crisis del califato fatimí, a la que se refirió con denominaciones tan expresivas como «el desorden», «la guerra civil», «la corrupción del estado» y «los días de la calamidad y de la penuria». Entre 1065 y 1072 se desató una hambruna de proporciones catastróficas que asoló Egipto de un extremo al otro.
Las imágenes que dejaron los cronistas de esa época son de una elocuencia estremecedora. En los establos reales donde antes había cerca de diez mil animales, solo quedaban tres caballos escuálidos cuyo cuidador se desmayaba de inanición. El propio Al-Mustansir, califa de uno de los estados más ricos del mundo islámico, llegó a poseer un solo caballo, y cuando salía a cabalgar, su séquito debía seguirle a pie porque no había bestias para montar.
Las tropas turcas mercenarias se convirtieron en una plaga adicional. Habiendo agotado el tesoro con sus exigencias de pago, los militares procedieron a vaciar el palacio: obras de arte, objetos de valor y joyas de toda clase fueron vendidos para satisfacer sus demandas salariales, y eran ellos mismos quienes compraban los artículos a precios irrisorios para luego revenderlos. Esmeraldas valoradas en trescientos mil dinares fueron adquiridas por generales turcos por apenas quinientos. En una sola quincena de 1068, se vendieron artículos por un valor estimado de treinta millones de dinares.
La destrucción de la preciosa biblioteca real fue uno de los daños culturales más irreparables del período. Aquella colección, que había sido abierta al público y era uno de los principales atractivos de El Cairo para los viajeros y estudiosos, fue dispersada: los libros fueron rasgados, arrojados a la basura o utilizados como combustible. La pérdida para la cultura islámica medieval fue incalculable.
En ese ambiente de ruina, el conflicto entre los propios jefes militares turcos terminó por reducir al califa a una situación de humillante indigencia. El general turco Nasir ad-Dawla atacó la ciudad, derrotó a la guardia rival y entró como conquistador en el palacio, donde encontró a Al-Mustansir en habitaciones vaciadas de todo mobiliario y valor, atendido por apenas tres esclavos, subsistiendo gracias a los dos panes que le enviaban diariamente las hijas de Ibn Babshand, el gramático.
Un dato que refleja el reconocimiento internacional del califato incluso en sus peores momentos es el de las relaciones amistosas que Al-Mustansir mantuvo con el emperador bizantino Constantino IX Monómaco, quien gobernó entre 1042 y 1055. El gobernante de Constantinopla proveyó de trigo a Egipto tras una hambruna anterior, en un gesto de cooperación pragmática que trascendía las diferencias religiosas entre los dos imperios.
Al-Mustansir murió el 10 de enero de 1094 en El Cairo, tras el reinado más largo de la historia califal islámica. Su legado es profundamente contradictorio: fue el gobernante de un califato que en su mejor momento representó uno de los más altos niveles de cultura y prosperidad del mundo medieval, pero cuyo derrumbe durante su propio reinado anticipó el declive definitivo de la dinastía fatimí que se consumaría en las décadas siguientes.
