imperios

Abderramán III

Califa de Córdoba (929-961)

7 min01/01/2024
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Abderramán III es una de las figuras más notables que produjo Al-Ándalus, el territorio peninsular bajo dominio islámico. Nacido el 7 de enero de 891 en Córdoba, fallecido el 15 de octubre de 961 en Medina Azahara, gobernó durante cincuenta años de los setenta que vivió y transformó el emirato cordobés, que atravesaba un período de fragmentación y debilidad, en uno de los Estados más poderosos y refinados del Occidente europeo.

Su origen era complejo y en parte sorprendente para quien ocupa la máxima jerarquía de un Estado islámico. Era nieto del emir Abdalá I, séptimo emir independiente de Córdoba y descendiente de los omeyas que habían regido el Califato de Damasco entre 661 y 750. Su padre fue Mohamed, primogénito de Abdalá. Su madre fue Muzna o Muzayna, una concubina cristiana de probable origen vascón, cuyo nombre en árabe andalusí significa nube de lluvia. Una de sus abuelas, Onneca, esposa del emir Abdalá, era también de origen vascón e hija del caudillo pamplonés Fortún Garcés. Por tanto, el cálculo genealógico revela que Abderramán III era principalmente de origen hispanovascón y solo en una cuarta parte árabe, una circunstancia que no pasó desapercibida en su tiempo y que quizás explique en parte su pragmatismo político.

Se convirtió pronto en el nieto favorito de su abuelo el emir. Recibió el nombre de Abderramán, que significa siervo del Dios misericordioso, y la kunya de Abul-Mutarrif, los mismos que habían llevado sus ilustres antepasados Abderramán I, fundador del emirato omeya en la península, y Abderramán II. Cuando subió al trono en 912, con apenas veintiún años, el emirato se encontraba en una situación crítica: desgarrado por rebeliones internas de caudillos que habían convertido amplias regiones en dominios prácticamente independientes, y sometido a la presión constante de los reinos cristianos del norte.

Durante los primeros veinte años de su reinado, Abderramán dedicó una energía extraordinaria a restaurar la autoridad central. Utilizó una combinación de persuasión, prebendas y fuerza militar para ir sometiendo uno a uno a los señores rebeldes. Las marcas fronterizas y las ciudades que se habían erigido en estados de facto fueron reintegradas paulatinamente bajo la autoridad cordobesa. Su cortesano Ibn Abd Rabbihi escribiría sobre él que rehízo la unión del Estado, reparó el reino que estaba destrozado y acabó con la corrupción y el desorden que habían dominado durante tiempos de hipocresía e imperar de rebeldes.

El paso más audaz de su carrera política llegó en 929, cuando desafió la autoridad religiosa de las dos grandes potencias del islam de la época, los fatimíes del norte de África y los abasíes de Bagdad, y se proclamó califa con el sobrenombre de al-Nāṣir li-dīn Allāh, es decir, aquel que hace triunfar la religión de Dios. Con este gesto, Abderramán elevaba el rango de Córdoba al nivel de las otras dos capitales del mundo islámico y reivindicaba para sí la jefatura religiosa y política de sus súbditos. El período califal, que se extendió desde 929 hasta su muerte en 961, fue el más brillante de su reinado.

Como expresión física de este nuevo poder, Abderramán ordenó la construcción de la ciudad palatina de Medina Azahara, en las afueras de Córdoba, a partir de 936. Sus dimensiones y su fastuosidad eran proverbiales incluso en vida del califa. Columnas de mármol, pavimentos de piedra, jardines exuberantes y fuentes de gran complejidad mecánica componían un conjunto que impresionaba a cuantos embajadores y visitantes llegaban de las cortes europeas y orientales. La abadesa sajona Hroswitha de Gandersheim, que supo de Córdoba por los relatos de viajeros, la llamó ornamento del mundo y perla de Occidente, palabras que han resonado a lo largo de los siglos como símbolo de la altura cultural alcanzada por Al-Ándalus bajo su gobierno.

En política exterior, el califato de Córdoba mantuvo relaciones diplomáticas con el Imperio Bizantino y con el Sacro Imperio Romano Germánico, lo que confirma el reconocimiento internacional de su poder. En el Magreb, Abderramán intervino repetidamente para contener el avance de los fatimíes y evitar que consolidaran una base de poder demasiado próxima a la Península Ibérica, aunque sin llegar a eliminar esa amenaza definitivamente. En el norte peninsular, impuso su influencia sobre los reinos cristianos de manera más discontinua: aunque los presionó militarmente en diversas ocasiones, sufrió la grave derrota de Simancas en 939 a manos de Ramiro II de León y García Sánchez I de Pamplona, episodio que le marcó profundamente y tras el cual no volvió a participar personalmente en ninguna campaña militar.

Abderramán III murió el 15 de octubre de 961 en Medina Azahara, dejando atrás un califato poderoso y admirado. Sin embargo, la advertencia que incluye el análisis histórico es pertinente: este Estado formidable que forjó con tanto esfuerzo se desmoronaría en poco más de medio siglo tras su muerte, fragmentándose en las pequeñas taifas que sucedieron al califato. Un fragmento atribuido al propio Abderramán, que dijo haber contado con la mano los días verdaderamente felices de su vida y haber hallado apenas catorce, recuerda que incluso la grandeza más visible convive siempre con la fragilidad humana.

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