Wilhelm Carl Werner Otto Fritz Franz Wien nació el 13 de enero de 1864 en la ciudad de Fischhausen, ubicada en lo que entonces era territorio prusiano y que hoy forma parte del óblast de Kaliningrado, en Rusia. Su padre, Carl Wien, era un terrateniente prusiano que en 1866 trasladó a su familia a Drachstein, en Rastenburg, Prusia Oriental, una región de campos abiertos y clima severo que formó el carácter del futuro científico. En aquella Europa de la segunda mitad del siglo XIX, la física atravesaba un período de efervescencia extraordinaria: las matemáticas de Maxwell habían unificado la electricidad y el magnetismo, y los físicos luchaban por comprender los secretos de la radiación y el calor.
La formación académica de Wien siguió el camino habitual de los científicos de su época. En 1879 ingresó en la escuela de Rastenburg y entre 1880 y 1882 estudió en la de Heidelberg. A partir de 1882 amplió sus estudios en tres de las instituciones más prestigiosas de la ciencia alemana: la Universidad de Gotinga, la Universidad de Heidelberg y la Universidad de Berlín. Fue en Berlín donde completó su doctorado en 1886 con una tesis centrada en la difracción de la luz sobre metales y la influencia de los distintos materiales sobre el color de la luz refractada, un trabajo que ya apuntaba hacia los fenómenos de la radiación que dominarían su carrera científica posterior.
El gran momento de Wien como investigador llegó en 1893, cuando logró una hazaña que los físicos de su tiempo consideraban enormemente difícil: combinar las ecuaciones electromagnéticas de Maxwell con los principios de la termodinámica para abordar uno de los problemas más intrigantes de la física del momento, la naturaleza de la radiación emitida por el denominado cuerpo negro. Un cuerpo negro es un objeto ideal que absorbe toda la radiación que incide sobre él y la reemite en función exclusivamente de su temperatura; describir con precisión el espectro de esa emisión era el desafío central de la física de la radiación en aquellos años.
El resultado de ese trabajo fue el enunciado de la Ley de desplazamiento de Wien, que lleva su nombre en su honor. La ley establece una relación matemática precisa entre la temperatura de un cuerpo negro y la longitud de onda a la que emite con mayor intensidad: cuanto más caliente está el cuerpo, más se desplaza el pico de emisión hacia longitudes de onda más cortas, es decir, hacia el extremo de mayor energía del espectro. En términos concretos, esto explica por qué una pieza de metal primero brilla en rojo cuando se calienta y luego en blanco azulado cuando alcanza temperaturas aún más altas. La ley de Wien fue un paso decisivo en la descripción cuantitativa de la radiación térmica.
Sin embargo, la Ley de desplazamiento de Wien, aunque correcta en su dominio de aplicación, no lograba describir con exactitud el comportamiento de la radiación en todas las longitudes de onda. El físico Max Planck, trabajando para resolver esa discrepancia, se vio obligado en 1900 a introducir la hipótesis cuántica: la idea de que la energía se emite en unidades discretas, los cuantos. La ley de Wien era, en este sentido, un peldaño decisivo en la escalera que conduciría a la física cuántica, aunque Wien mismo no llegó a formular la teoría que vendría después. La investigación de Wien en el campo de las radiaciones también lo llevó a explorar la óptica y los rayos X, contribuyendo a sentar algunas de las bases experimentales sobre las que se edificaría la física del siglo XX.
El reconocimiento internacional llegó en 1911, cuando Wien recibió el Premio Nobel de Física por sus trabajos sobre las leyes de la radiación del calor. El galardón fue el reconocimiento más alto que la comunidad científica internacional podía otorgar, y ponía de manifiesto la importancia de sus contribuciones en un campo que en pocos años se revelaría como la puerta de entrada a una revolución completa en la comprensión de la materia y la energía. Wien recibió el premio en una ceremonia en Estocolmo que celebraba no solo sus logros personales, sino también la tradición de rigor y profundidad de la física alemana de finales del siglo XIX.
Wilhelm Wien falleció el 30 de agosto de 1928 en Múnich, a los sesenta y cuatro años de edad, sin haber podido ver el pleno desarrollo de la mecánica cuántica que sus investigaciones habían contribuido a gestar. Su memoria pervive en la ley que lleva su nombre, en los manuales de física de todo el mundo y en el cráter Wien de la superficie de Marte, que la nomenclatura astronómica bautizó en su honor. Es uno de esos científicos cuya importancia no siempre es reconocida por el gran público, pero cuyo trabajo fue absolutamente indispensable para la construcción del edificio de la física moderna.