Hilária Batista de Almeida, universalmente recordada como Tia Ciata, nació el 13 de enero de 1854 en Santo Amaro da Purificação, en el Recôncavo Baiano, región impregnada de tradiciones africanas que habían sobrevivido a siglos de esclavitud. Murió el 10 de enero de 1924 en Río de Janeiro, apenas tres días antes de cumplir setenta años, dejando tras de sí una huella imborrable en la historia de la música y la cultura afrobrasileña.
Desde muy joven, Hilária fue iniciada en el Candomblé por Bamboxê Obiticô, un sacerdote africano de enorme influencia espiritual en la Bahía de aquella época. Bajo su guía, ella se convirtió en filha de santo consagrada a Oxum, la orixá de las aguas dulces, la belleza y la fertilidad. Esta identidad religiosa no fue un accidente biográfico, sino el eje alrededor del cual giró toda su existencia pública y privada.
A los dieciséis años, Tia Ciata participó en la fundación de la Irmandade da Boa Morte en Cachoeira, una de las hermandades religiosas afrobrasileñas más importantes del Brasil colonial y post-abolicionista. Esta experiencia temprana en la organización comunitaria marcaría el carácter de una mujer que entendía el poder colectivo como herramienta de resistencia cultural.
A los veintidós años, en el marco de lo que la historia registraría como la diáspora bahiana, Hilária emigró a Río de Janeiro, llevando consigo la samba de roda y las tradiciones religiosas que había cultivado en Salvador. La diáspora bahiana fue un fenómeno que transformó profundamente la fisonomía cultural de Río, al trasladar al centro urbano prácticas musicales, culinarias y espirituales de raíz africana que hasta entonces estaban confinadas al nordeste del país.
En Río, Tia Ciata se estableció en la zona de la Praça Onze, conocida en aquellos tiempos como la Pequeña África, un territorio simbólico donde los afrobrasileños recreaban sus comunidades y preservaban su identidad frente a la indiferencia y la hostilidad del Estado. Allí se casó con João Baptista da Silva, funcionario público, con quien tuvo catorce hijos. La estabilidad de ese matrimonio fue fundamental para su consolidación como figura de autoridad en la comunidad.
Para sostener el hogar y a sus numerosos hijos, Tia Ciata trabajó como vendedora de verduras y como quituteira, oficio en el que preparaba y comercializaba delicias como cocadas, tortas y otros dulces de origen bahiano. Ataviada siempre con turbantes en la cabeza y amplios vestidos blancos, era una presencia inconfundible en las calles y mercados del centro de Río. Las tías bahianas de su generación, en su mayoría ialorixás que habían abandonado Salvador ante la represión policial, utilizaban este comercio callejero para garantizar el sustento de sus familias y, al mismo tiempo, mantener viva la cultura popular traída de Bahía.
En la Pequeña África, Tia Ciata se convirtió en yaquequerê, es decir, mãe pequena, de la casa de João Alabá, localizada en la Rua Barão de São Félix. João Alabá era un sacerdote de Omulu cuya casa se consideraba una rama carioca de la tradición del Ilê Iyá Nassô, emparentada con el Ilê Axé Opô Afonjá de Salvador. Su posición en esa jerarquía religiosa le otorgó una autoridad espiritual que muy pocas personas poseían en Río de Janeiro.
La residencia de Tia Ciata, ubicada en la antigua Rua Visconde de Itaúna, adyacente a la Praça Onze, se transformó progresivamente en el epicentro cultural más importante de la ciudad en lo que respecta a la samba. Personalidades como Pixinguinha, Donga, Heitor dos Prazeres, Sinhô y João da Baiana frecuentaban aquellas reuniones donde la música fluía durante horas. En una época en que la samba estaba expresamente prohibida por las autoridades policiales, que la consideraban una práctica asociada a la marginalidad y al desorden, la casa de Tia Ciata ofrecía un refugio inusual.
Las autoridades, en su mayoría, toleraban esas reuniones por la reputación de Tia Ciata como curandera. Se cuenta que ella trató con éxito una herida en la pierna del presidente Venceslau Brás y que este, en señal de gratitud, respondió favorablemente a su solicitud de garantizarle un empleo a su marido, quien obtuvo un puesto en la jefatura de policía. Esa protección informal fue decisiva para que la Pequeña África pudiera preservar sus tradiciones musicales frente a la persecución institucional.
Fue precisamente en aquella casa, en reuniones que tuvieron lugar entre finales de 1916 y principios de 1917, donde se compuso Pelo Telephone, escrita por Donga y Mauro de Almeida. Esta pieza, grabada en disco poco después, está considerada por muchos investigadores como la primera samba grabada de la historia del Brasil, lo que convierte la residencia de Tia Ciata en un sitio de importancia monumental para la música popular brasileña.
A pesar de su influencia pública, Tia Ciata mantuvo su fe en el Candomblé en relativo secreto durante muchos años, como era habitual entre los afrobrasileños de su generación que enfrentaban la discriminación y el estigma asociados a las religiones de origen africano. La doble vida, entre la apariencia externa de respetabilidad católica y la práctica íntima del Candomblé, era una estrategia de supervivencia compartida por toda una generación.
El legado de Tia Ciata trasciende su propia biografía. Ella fue la gran dama de las comunidades negras del Brasil posterior a la abolición, una figura que supo articular la resistencia cultural, la espiritualidad africana y la creación musical en un momento en que todas esas prácticas eran perseguidas o marginadas. Sin las reuniones que ella protegió y promovió, la historia de la samba carioca habría tomado un rumbo muy diferente.
Murió el 10 de enero de 1924, a los setenta años, sin haber visto el reconocimiento pleno que su obra merecía. Sin embargo, la posteridad la reivindicó con creces: hoy su nombre es inseparable del nacimiento de la samba y de la afirmación de la identidad afrobrasileña en Río de Janeiro.
