Thomas Henry Huxley nació el 4 de mayo de 1825 en Ealing, entonces un pueblo a las afueras de Londres y hoy integrado en el área metropolitana de la capital. Era el séptimo de los ocho hijos de George Huxley, un profesor de matemáticas que trabajaba en la localidad. Las circunstancias económicas de la familia eran modestas y se deterioraron con el tiempo, lo que obligó al joven Thomas a abandonar la escuela a los diez años. Aquel golpe a su educación formal, que para muchos habría sido definitivo, se convirtió en el punto de partida de una extraordinaria carrera de autoaprendizaje.
Con una disciplina y una curiosidad intelectual que desafiaban sus limitaciones, Huxley se formó a sí mismo de manera autodidacta en una época en que la ciencia experimentaba una transformación sin precedentes. A los diecisiete años comenzó sus estudios de medicina en el Hospital Charing Cross de Londres, una institución que le abrió las puertas al mundo de la anatomía y la fisiología. Con sólo veinte años obtuvo su título en Medicina por la Universidad de Londres, y lo hizo con un reconocimiento extraordinario: la medalla de oro en anatomía y fisiología.
El año 1845 marcó otro hito temprano en su carrera científica. Con apenas veinte años publicó su primer artículo de investigación, en el que demostraba la existencia de una capa hasta entonces desconocida del folículo piloso. Este descubrimiento fue reconocido por la comunidad científica y la estructura pasó a ser conocida como la capa de Huxley, un honor poco frecuente para alguien de su edad. Animado por este éxito inicial, Huxley solicitó un puesto en la marina real británica y obtuvo empleo como cirujano a bordo del HMS Rattlesnake.
El Rattlesnake zarpó de Inglaterra el 3 de diciembre de 1846 con una misión de cartografía en el estrecho de Torres, entre Australia y Nueva Guinea. Para Huxley, aquel viaje fue una universidad improvisada en medio del océano. Durante las largas travesías y en los puertos de escala, dedicó sus horas libres al estudio sistemático de los invertebrados marinos, con especial atención a las medusas. Los resultados de sus observaciones los enviaba en cartas meticulosas a Inglaterra, y su artículo sobre la anatomía y afinidades de la familia de las medusas fue publicado por la Royal Society en el Philosophical Transactions de 1849, mientras él aún se encontraba en alta mar.
Uno de los aportes más duraderos de esta etapa fue su propuesta de agrupar a las medusas y los pólipos bajo una misma clase, que denominó Hydrozoa. La clave de su clasificación era que todos estos organismos compartían una estructura fundamental: dos membranas que encerraban una cavidad central a modo de estómago. Huxley fue capaz de comparar esas membranas con las capas mucosas presentes en los embriones de animales superiores, lo que revelaba una unidad estructural profunda en el reino animal. Este análisis anticipaba principios que más tarde serían centrales en la biología del desarrollo.
A su regreso a Inglaterra en 1850, su reputación científica ya estaba consolidada. Fue elegido miembro de la Royal Society y, al año siguiente, con tan sólo veintiséis años, recibió la medalla de la Royal Society y fue elegido para su consejo directivo, un honor reservado habitualmente a científicos de mucha mayor trayectoria. En ese período forjó amistades duraderas con figuras como Joseph Dalton Hooker y John Tyndall, que habrían de acompañarle durante toda su vida.
Su encuentro intelectual con las teorías de Charles Darwin transformó definitivamente su visión del mundo natural. Cuando Darwin publicó El origen de las especies en 1859, Huxley se convirtió en su más ardiente defensor público, ganándose el apodo de Bulldog de Darwin. Su papel en la difusión y defensa de la teoría de la evolución fue tan decisivo que algunos historiadores consideran que sin Huxley la resistencia al darwinismo habría sido mucho más prolongada y eficaz.
El momento más célebre de esa defensa tuvo lugar en el debate de 1860 en Oxford, donde Huxley se enfrentó al obispo Samuel Wilberforce. El prelado, conocido por su habilidad oratoria y su ingenio corrosivo, le preguntó a Huxley si era descendiente de un simio por parte de su padre o de su madre. La respuesta de Huxley, aunque no ha sido recogida de forma literal en los documentos de la época, fue una defensa brillante y contundente de la dignidad del razonamiento científico frente a la burla eclesiástica. Algunos historiadores han cuestionado posteriormente la versión más dramática del encuentro, sugiriendo que fue embellecida con el paso del tiempo, pero el episodio quedó grabado en la memoria colectiva como un símbolo del conflicto entre ciencia y religión en el siglo XIX.
Huxley fue también pionero en el campo de la paleontología. Fue uno de los primeros científicos en proponer que las aves habían evolucionado a partir de dinosaurios carnívoros de pequeño tamaño, específicamente de los terópodos. Esta hipótesis, revolucionaria para su época, cuenta hoy con un respaldo científico casi unánime gracias a los hallazgos fósiles de las últimas décadas. También trabajó en profundidad sobre las relaciones anatómicas entre humanos y primates, estableciendo bases comparativas que seguirían siendo referencia durante generaciones.
Su labor educativa fue igualmente significativa. Huxley se comprometió profundamente con la democratización del conocimiento científico, convencido de que la educación en ciencias debía llegar a todos los estratos de la sociedad, no sólo a las élites universitarias. Sus conferencias públicas eran seguidas con entusiasmo por auditorios que incluían tanto académicos como trabajadores. Este trabajo tuvo un impacto duradero en la organización de la enseñanza científica en Gran Bretaña y en muchos otros países.
En 1869 acuñó el término agnóstico para describir su propia posición frente a las cuestiones religiosas y metafísicas, señalando que no era posible conocer con certeza la existencia o inexistencia de Dios o de cualquier realidad sobrenatural. La palabra tuvo un éxito inmediato y pasó a enriquecer el vocabulario filosófico de las lenguas modernas. Thomas Henry Huxley falleció el 29 de junio de 1895 en Eastbourne, dejando tras de sí una obra que abarcaba la biología, la filosofía, la educación y el debate público sobre la ciencia y la religión.


