A lo largo de la historia, pocas regiones del mundo han sido escenario de tantas civilizaciones, conquistas y transformaciones como el territorio que hoy ocupa la República del Sudán. Situado en el noreste del continente africano, el país comparte fronteras con Egipto al norte, el mar Rojo al noreste, Eritrea y Etiopía al este, Sudán del Sur al sur, la República Centroafricana al suroeste, Chad al oeste y Libia al noroeste. El río Nilo, arteria civilizatoria de África oriental, cruza el país de sur a norte, recordando en cada kilómetro que este territorio fue durante milenios el corredor entre los grandes reinos del Africa subsahariana y el mundo mediterráneo.
La capital del país es Jartum, situada en la confluencia del Nilo Azul y el Nilo Blanco, aunque la ciudad más poblada es Omdurmán, su vecina al otro lado del río. La población sudanesa es una combinación de africanos indígenas de lengua materna nilo-sahariana y descendientes de emigrantes de la península arábiga. Un prolongado proceso de arabización, común al resto del mundo islámico, ha hecho que la cultura árabe sea hoy predominante en el norte del país, mientras que el islam es la religión mayoritaria.
Sudán obtuvo su independencia formal el primero de enero de 1956, tras décadas de administración colonial conjunta entre Gran Bretaña y Egipto. Sin embargo, la celebración de ese logro fue fugaz. Casi desde el mismo momento de la independencia, el país se vio sumido en conflictos que reflejaban las profundas divisiones internas entre el norte árabe-musulmán y el sur animista, nilótico-cristiano y negro. La primera guerra civil sudanesa se extendió desde 1955 hasta 1972, diecisiete años de enfrentamiento que dejaron un legado de desconfianza y dolor apenas mitigado por los acuerdos de paz que pusieron fin a ese primer conflicto.
La paz resultó precaria. En 1983 estalló la segunda guerra civil sudanesa, impulsada por una combinación de tensiones étnicas, religiosas y económicas que el gobierno central no supo o no quiso resolver. Ese conflicto se prolongó durante veintidós años, hasta 2005, y provocó un número devastador de muertos y desplazados. En 1989, en medio de esa guerra, un golpe de Estado encabezado por el entonces brigadier Omar Hasán Ahmad al Bashir tomó el poder. Al Bashir gobernó el país con mano de hierro durante tres décadas, autoproclamándose presidente en 1993 y convirtiendo al Partido del Congreso Nacional en el instrumento de un sistema que muchos observadores internacionales consideraron autoritario, a pesar de que el país mantuvo formalmente la estructura de una república federal democrática representativa presidencialista.
La segunda guerra civil concluyó con la firma del Acuerdo General de Paz en 2005, que dio lugar a una nueva constitución y otorgó a la región sur del país un período de autonomía de seis años. En enero de 2011, un referéndum ofreció a la población sureña la oportunidad de pronunciarse sobre su futuro. El resultado fue abrumadoramente favorable a la separación, y el 9 de julio de 2011 la región sur se convirtió en la República de Sudán del Sur, un nuevo Estado soberano que se incorporó a la comunidad internacional. Con esa separación, Sudán perdió la condición que hasta entonces había tenido de ser el país africano con el mayor número de fronteras compartidas, nueve en total.
Mientras estas transformaciones se desarrollaban, el conflicto de Darfur, en el oeste del país, acaparaba la atención de la comunidad internacional. Desde 2003, el gobierno sudanés fue acusado de apoyar y utilizar las milicias árabes conocidas como yanyauid en una campaña de violencia contra la población de Darfur que resultó en el desplazamiento de millones de personas y en decenas de miles de muertos. La gravedad de las denuncias fue tal que la Corte Penal Internacional emitió órdenes de arresto contra el propio presidente Al Bashir en 2009 y 2010, acusándolo de genocidio y crímenes de lesa humanidad, convirtiéndolo en el primer jefe de Estado en ejercicio en ser imputado por ese tribunal.
El final del régimen de Al Bashir llegó el 11 de abril de 2019, cuando el ejército sudanés lo derrocó en un golpe de Estado que suspendió la Constitución e instauró un gobierno militar transitorio. Las fuerzas armadas prometieron convocar elecciones libres tras un período de transición de dos años. Esa transición no fue tranquila. El 25 de octubre de 2021, nuevamente en un golpe de Estado, el ejército disolvió el Consejo Soberano que debía supervisar el proceso y arrestó al primer ministro civil Abdalla Hamdok, frustrando las esperanzas de quienes aguardaban un retorno al gobierno civil.
Sudán es miembro de la Organización de las Naciones Unidas, la Unión Africana, la Liga de Estados Árabes, la Organización para la Cooperación Islámica y el Movimiento de Países No Alineados. Su historia reciente representa uno de los relatos más complejos y dolorosos del continente africano, un país que ha conocido guerras civiles prolongadas, crímenes que merecieron la atención de la justicia internacional y transiciones políticas que han oscilado entre la esperanza y la frustración. La pregunta sobre cuándo Sudán logrará construir una paz duradera y un gobierno legítimo y estable sigue abierta.
