Roland Petit nació el 13 de enero de 1924 en Villemomble, en las afueras de París, en el seno de una familia con un marcado perfil artístico. Su padre, Edmond, regentaba un bistrot en el barrio de Les Halles, y su madre, Rose, de origen italiano, alcanzaría fama propia como fundadora de la marca de zapatillas de ballet Repetto, nombre que con los años se convertiría en sinónimo de elegancia y calidad en el mundo de la danza. Con apenas nueve años, en 1933, Roland entró en la escuela del Ballet de la Ópera de París, donde recibiría una formación clásica de la más alta exigencia bajo la dirección de Gustave Ricaux. Entre sus compañeros de formación estaba Jean Babilée, quien también llegaría a ser una figura importante del ballet europeo.
La transición del joven alumno al intérprete profesional fue rápida y prometedora. En 1940, a los dieciséis años, Petit fue admitido en el corps de ballet de la Ópera de París. Apenas tres años más tarde, Serge Lifar, que entonces dirigía el ballet de la Ópera, le confió el papel de Carmelo en su versión de El amor brujo de Falla, junto a la bailarina española Teresina Boronat. Era un reconocimiento notable para un bailarín tan joven, pero Petit ya manifestaba un impulso que iba más allá de la interpretación: quería crear. Admirador fervoroso del cine y el musical americano, se sentía encorsetado por la tradición académica de la Ópera y buscaba un lenguaje propio, más libre y contemporáneo.
Durante la Ocupación alemana de Francia, Petit comenzó a explorar la coreografía en colaboración con la también joven bailarina Janine Charrat. Juntos presentaron sus primeros intentos coreográficos en recitales celebrados en la Sala Pleyel de París, espacios íntimos donde el público encontraba en la danza un refugio de belleza en medio de los años oscuros de la guerra. Después de la Liberación de París en agosto de 1944, esos esfuerzos encontraron un cauce más profesional en las veladas de danza organizadas por la empresaria Irène Lidova en el Théâtre Sarah Bernhardt. Aquellas veladas fueron el caldo de cultivo de algo nuevo.
En octubre de 1945, de aquellas noches en el Sarah Bernhardt nacieron los Ballets des Champs Élysées, con Roland Petit al frente de un equipo de bailarines jóvenes respaldados por veteranos de enorme prestigio: Borís Kojnó asumió la dirección artística, Jean Cocteau aportó libretos, y nombres como Christian Bérard, Marie Laurencin y Georges Wakhévitch se responsabilizaron de la escenografía. La compañía representaba una apuesta audaz por la renovación del ballet francés, y los resultados fueron inmediatos y deslumbrantes. Con obras como Les forains en 1945 y Le jeune homme et la mort en 1946, Petit se consolidó como una de las voces más originales del ballet de posguerra, capaz de tender puentes entre la tradición clásica y las vanguardias literarias y plásticas del momento.
La etapa de los Ballets des Champs Élysées fue breve, apenas dos años, pero de una riqueza creativa extraordinaria. Al final de la temporada de 1947, Petit decidió separarse de la compañía con un grupo de colaboradores y fundar los Ballets de París, con sede en el Théâtre Marigny. En torno a este nuevo proyecto reunió a figuras decisivas: las bailarinas Renée Jeanmaire, conocida como Zizi Jeanmaire, y Colette Marchand; los bailarines Vladimir Skouratoff, Milorad Miskovich y Serge Perrault; y los escritores Jean Anouilh y Jean Genet. La compañía se convirtió en el espacio donde Petit perfeccionó su visión de un ballet teatral, narrativo e íntimamente ligado a las corrientes artísticas de su tiempo.
El gran éxito de los Ballets de París llegó con Carmen, estrenada en el Prince's Theatre de Londres el 12 de febrero de 1949. Basada en la ópera de Bizet, la coreografía de Petit transformó la historia de la cigarrera sevillana en una obra de teatro danzado de una intensidad sin precedentes, con Zizi Jeanmaire en el papel de Carmen y el propio Petit encarnando a Don José. La reacción del público y la crítica fue entusiasta tanto en Londres como en París, y la compañía fue invitada en otoño de 1949 a actuar en el Winter Garden Theatre de Broadway, en Nueva York, consolidando la reputación internacional de Petit como el coreógrafo más interesante de su generación.
Aquella apertura americana abrió a Petit las puertas de Hollywood. Su primera intervención cinematográfica fue en Hans Christian Andersen de Danny Kaye en 1952, y a esa colaboración siguieron otras con estudios americanos y franceses, entre ellas Daddy Long Legs en 1955, con Leslie Caron y Fred Astaire. La facilidad de Petit para trasladar su sensibilidad coreográfica a la pantalla lo convirtió en un creador codiciado en los dos lados del Atlántico. En paralelo, se dedicó al musical y la revista, terrenos en los que creó espectáculos brillantes para su esposa Zizi Jeanmaire, a quien convirtió en vedette del Casino de París entre 1970 y 1975.
En 1972, la ciudad de Marsella encargó a Roland Petit la creación de una compañía estable de ballet. Ese mismo año presentó la nueva compañía, que llevaría el nombre de Ballet Nacional de Marsella, y que dirigiría durante más de dos décadas, hasta 1998. Bajo su dirección, la compañía marsellesa se convirtió en uno de los centros del ballet europeo, un espacio de experimentación y rigor artístico que atrajo a los mejores bailarines del continente. Petit creó un repertorio original de gran amplitud estilística, que dialogaba con la música contemporánea, la pintura y las artes visuales sin perder nunca de vista la primacía del movimiento y la narración.
Roland Petit fue, a lo largo de su extensa trayectoria, el director de los Ballets des Champs Élysées de 1945 a 1947, de los Ballets de París de 1948 a 1956 y del Ballet Nacional de Marsella de 1972 a 1998. Choreografió también numerosos espectáculos para cine y televisión, y dirigió el Casino de París entre 1970 y 1975. Esta capacidad de moverse entre mundos tan diferentes sin disolverse en ninguno de ellos es quizás la marca más característica de su genio.
Roland Petit falleció el 10 de julio de 2011 en Ginebra, Suiza, a los ochenta y siete años de edad. Su obra sigue siendo un referente ineludible del ballet del siglo XX, un corpus de creaciones que iluminan la capacidad de la danza para contar historias, evocar emociones y capturar el espíritu de una época. La marca Repetto, fundada por su madre, lleva hoy su memoria implícita en cada par de zapatillas que calzan los bailarines del mundo entero.


