Maria Mandl nació el 10 de enero de 1912 en Münzkirchen, una localidad de la Alta Austria que entonces formaba parte del Imperio austrohúngaro. Era hija de Franz Mandl, zapatero de profesión, y de Anna Streibl, y creció en una granja junto a sus tres hermanos mayores: Georg, Anna y Aloisia. La familia no era afín al nazismo; al contrario, su padre estaba vinculado al Partido Socialcristiano y era conocido en la comunidad precisamente por haberse pronunciado públicamente en contra del Partido Nazi.
Las circunstancias económicas obligaron a la joven Maria a abandonar la escuela el 20 de julio de 1924, cuando tenía apenas doce años, para contribuir al trabajo en la granja familiar. Tres años después, en 1927, con el apoyo de su padre, pudo ingresar en un internado católico de Neuhaus am Inn, donde estudió durante tres años. Tras graduarse, intentó sin éxito encontrar empleo en su localidad natal, lo que la llevó a mudarse a Brig, en el cantón suizo de Valais, donde trabajó como ama de llaves y cocinera durante trece meses antes de regresar a Austria añorando su tierra.
En los años siguientes, Mandl alternó estancias en casa de sus padres con empleos eventuales, incluido un trabajo como empleada en una villa privada de Innsbruck. Para 1937 había vuelto a Münzkirchen para cuidar a sus padres enfermos, y entonces comenzó a trabajar en la oficina de correos local y se comprometió con un hombre del pueblo.
La anexión de Austria por la Alemania nazi en marzo de 1938 alteró su vida de forma decisiva. Su prometido, que aspiraba a hacer carrera en el ejército nazi, consideró que la vinculación familiar con el Partido Socialcristiano podría dañar su reputación y rompió el compromiso. Al mismo tiempo, Mandl fue despedida de la oficina de correos precisamente a causa de esa afiliación familiar al partido católico-conservador, un hecho que ella más tarde intentaría matizar en su declaración ante los tribunales.
En septiembre de 1938 se trasladó a Múnich para vivir con un tío suyo, agente de policía, con la esperanza de que le consiguiera un puesto en la fuerza policial. Al no existir vacantes, el tío le sugirió que se postulara como vigilante femenina —Aufseherin— en el campo de concentración de Lichtenburg, en Prettin. Mandl aceptó atraída por el salario, que superaba al de una enfermera, y según declaró posteriormente, afirmando que desconocía por completo la naturaleza de los campos de concentración.
El proceso de selección incluyó clases de adoctrinamiento sobre filosofía nazi, un examen de veinte preguntas sobre historia, geografía y fechas del partido, así como la evaluación de sus opiniones sobre cuestiones raciales. Una vez superadas las pruebas, fue admitida como Aufseherin y pasó los primeros tres meses bajo supervisión de una compañera más experimentada. En Lichtenburg trabajó bajo las órdenes del comandante Max Kögl y de la Oberaufseherin Johanna Langefeld.
Las sobrevivientes del campo describieron las condiciones de extrema brutalidad que Mandl contribuyó a imponer. Las prisioneras eran obligadas a realizar ejercicios punitivos llamados «deporte», y los domingos eran ocasión de palizas sistemáticas. Emilie Neu y Lina Haag, supervivientes de Lichtenburg, testificaron que Mandl golpeaba a mujeres desnudas atadas a postes con un látigo. En una ocasión anterior, la habían visto golpear repetidamente a una prisionera con una llave hasta dejarla inconsciente, para luego arrastrarla por las rodillas a través del patio del campo.
El ascenso dentro de la jerarquía concentracionaria de las SS la llevó a los campos de Ravensbrück y, posteriormente, a Auschwitz II-Birkenau, donde alcanzó el rango de Lagerführerin, responsable de la sección femenina. En ese cargo fue directamente responsable de la selección de miles de mujeres para las cámaras de gas y de un régimen de terror cotidiano que la convirtió en una de las figuras más temidas y odiadas del sistema concentracionario nazi. Las prisioneras la apodaron «La Bestia».
Paradójicamente, en medio de ese horror, Mandl creó en 1943 una orquesta de prisioneras en Birkenau, que tocaba para las SS y recibía a los nuevos deportados en la rampa. Algunas de las músicas que integraron ese conjunto sobrevivirían para testimoniar décadas después la crueldad sistemática del campo.
Al término de la guerra, Mandl huyó hacia los Alpes austríacos, pero fue capturada por las fuerzas estadounidenses en 1945 y posteriormente extraditada a Polonia. Fue juzgada en Cracovia en el proceso de Auschwitz celebrado entre noviembre y diciembre de 1947, junto a otros cuarenta acusados. Encontrada culpable de crímenes contra la humanidad, fue sentenciada a muerte. La sentencia se ejecutó el 24 de enero de 1948 en la prisión de Montelupich, Cracovia. Tenía treinta y seis años.
Su caso representa uno de los ejemplos más estudiados sobre la participación activa de mujeres en el aparato del terror nazi, y pone en cuestión cualquier explicación simplista sobre la obediencia ciega o la ignorancia como atenuantes. La trayectoria de Maria Mandl, desde una niñez rural en Austria hasta convertirse en una de las criminales de guerra más responsables de muertes en masa del Holocausto, sigue siendo objeto de análisis por parte de historiadores y especialistas en estudios sobre el genocidio.
