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Primera guerra ítalo-etíope

La primera guerra ítalo-etíope (en italiano: guerra di Abissinia o campagna d'Africa orien

7 min01/01/2024
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En la última década del siglo XIX, las grandes potencias europeas se repartían el continente africano con una voracidad que apenas encontraba límites. Sin embargo, en las tierras altas de Etiopía, ese proceso encontraría una resistencia que no estaba prevista en los cálculos de ninguna cancillería europea. La primera guerra ítalo-etíope, librada entre 1895 y 1896, se convertiría en uno de los pocos casos en la historia moderna en que una nación africana derrotó militarmente a una potencia colonial europea.

El origen del conflicto se remonta al Tratado de Wuchale, firmado el 2 de mayo de 1889 entre el rey Menelik II de Shewa y el gobierno italiano. Menelik acababa de proclamarse oficialmente emperador de Etiopía el 5 de marzo de ese año, tras haber consolidado su dominio sobre las regiones de Tigray y Amhara con apoyo italiano. El tratado presentaba una ambigüedad que se convertiría en detonante de la guerra: en la versión italiana del documento se establecía que Etiopía debía conducir sus relaciones exteriores a través de Italia, convirtiéndola en un protectorado, mientras que la versión en amhárico se limitaba a decir que el emperador podía valerse de Italia como intermediario si lo estimaba conveniente. Para Menelik, la distinción era fundamental y la versión italiana era una falsificación de sus intenciones soberanas.

Durante los primeros años de la década de 1890, Italia aprovechó la situación para reconocer ante las demás potencias su protectorado sobre Etiopía y para ir ampliando los territorios bajo control italiano en la región, incluyendo la colonia de Eritrea y porciones de la costa del mar Rojo. A medida que la presión italiana aumentaba, Menelik fue construyendo pacientemente su respuesta. Entre 1889 y 1895 adquirió grandes cantidades de armas y municiones modernas, compradas a franceses, británicos y a los propios italianos, y organizó y entrenó un ejército que en pocos años se convertiría en una fuerza formidable. Rusia y Francia brindaron además voluntarios, asesores militares y apoyo logístico. En 1893, Menelik impugnó formalmente el tratado.

Las hostilidades comenzaron de forma escalonada. En diciembre de 1894, Bahta Hagos lideró una rebelión contra la ocupación italiana en Akkele Guzay, solicitando el apoyo de las fuerzas del ras Mengesha. El general italiano Oreste Baratieri envió al mayor Pietro Toselli a sofocar el levantamiento; las tropas italianas aplastaron la rebelión y mataron a Hagos. A continuación, el ejército italiano ocupó Adua, la capital histórica de Tigray. Baratieri, anticipándose a un contraataque de Mengesha, le salió al encuentro en la batalla de Coatit, en enero de 1895, y obtuvo una victoria que llenó de optimismo a los mandos militares italianos.

Esa victoria fue engañosa. Alentados por sus éxitos previos y por la relativa facilidad con que habían derrotado a las fuerzas mahdistas sudanesas, los italianos subestimaron gravemente la capacidad de combate del ejército etíope. La realidad se hizo evidente el 7 de diciembre de 1895, en Amba Alagi, cuando tropas etíopes atacaron posiciones italianas y las obligaron a retirarse hacia Eritrea. El resto del contingente italiano, bajo el mando del general Giuseppe Arimondi, se replegó a la fortaleza de Maqele, aún en construcción. Allí Arimondi dejó una guarnición de unos 1.150 soldados askaris y 200 italianos al mando del mayor Giuseppe Galliano, y marchó con la mayoría de sus fuerzas a Adigrat, donde se concentraba el grueso del ejército de Baratieri.

Las fuerzas etíopes rodearon Maqele el 20 de diciembre y comenzaron los ataques, sin conseguir tomar la fortaleza. Después de semanas de sitio, Menelik ofreció una salida honrosa a la guarnición: la rendición a cambio de la libertad de los soldados. Galliano aceptó en enero de 1896 y la fortaleza fue evacuada.

El choque definitivo llegó el 1 de marzo de 1896 en las cercanías de Adua. Baratieri, presionado desde Roma por las malas noticias y la escasez de suministros, decidió atacar pese a hallarse en inferioridad de condiciones. El ejército etíope lo esperaba con fuerzas muy superiores en número y con un conocimiento íntimo del terreno. Las columnas italianas, mal coordinadas, atacaron por separado y fueron derrotadas con contundencia. La batalla de Adua fue un desastre total para Italia: miles de soldados murieron o fueron capturados, entre ellos una proporción significativa de oficiales europeos.

La derrota en Adua tuvo consecuencias políticas inmediatas y de largo alcance. En Italia, el gobierno del primer ministro Francesco Crispi cayó en medio de la indignación popular. El 26 de octubre de 1896 se firmó el Tratado de Adís Abeba, por el cual Italia reconocía la soberanía plena e independiente de Etiopía y renunciaba a cualquier pretensión de protectorado. Etiopía se convirtió en un símbolo de resistencia para todos los pueblos africanos sometidos al colonialismo y en una referencia permanente del movimiento panafricano del siglo XX.

El legado de la primera guerra ítalo-etíope perduró en múltiples dimensiones. Para Italia supuso un trauma nacional que alimentaría décadas después los sueños de revancha de Mussolini, quien en 1935 lanzaría una segunda invasión de Etiopía con armas químicas y una brutalidad que la primera guerra no había conocido. Para Etiopía, Adua fue la confirmación de que la independencia podía defenderse con las armas y con la unidad, y el emperador Menelik II pasó a la historia como uno de los grandes estadistas africanos del siglo XIX. La victoria de Adua es, hasta el día de hoy, una fiesta nacional etíope.

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