Pasqual Maragall Mira nació en Barcelona el 13 de enero de 1941, en el seno de una de las familias más ilustres de la cultura catalana. Nieto del poeta Joan Maragall, cuya obra es considerada una de las cimas de la literatura en lengua catalana, e hijo de Jordi Maragall, creció bajo el peso de un apellido que era sinónimo de sensibilidad intelectual y compromiso con la identidad de su tierra. Esa herencia no fue una carga sino un acicate: Maragall construyó su propia trayectoria con una mezcla de rigor académico y ambición política que lo llevaría a ocupar algunos de los cargos más relevantes de la vida pública española y catalana.
Su formación fue amplia y exigente. Se licenció en Derecho y Ciencias Económicas por la Universidad de Barcelona en 1965 y ese mismo año se incorporó al Ayuntamiento de Barcelona como economista en el departamento de urbanismo. En 1973 obtuvo una licenciatura en Economía Internacional y Economía Urbana por la New School for Social Research de Nueva York, y en 1978 culminó su formación académica con un doctorado en la Universidad Autónoma de Barcelona con una tesis centrada en los precios del suelo urbano. A esos títulos se sumaron después los doctorados honoris causa que le otorgaron la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Reggio de Calabria y la prestigiosa Universidad Johns Hopkins, reconociendo una trayectoria que trascendía los límites del ámbito local.
Su actividad política comenzó en 1961, en plena dictadura franquista, cuando se incorporó al Front Obrer de Catalunya, organización clandestina de resistencia democrática. Posteriormente militó en Convergencia Socialista de Cataluña y más tarde en el Partido de los Socialistas de Cataluña, con el que fue elegido concejal en las primeras elecciones municipales democráticas celebradas en España tras el franquismo. Dentro del Ayuntamiento barcelonés ocupó el cargo de teniente de alcalde de la Reforma Administrativa y de Hacienda, consolidando su reputación como gestor riguroso y comprometido con la transformación urbana de la ciudad.
El 2 de diciembre de 1982, Maragall tomó posesión del cargo de alcalde de Barcelona en sustitución de Narcís Serra, inaugurando una etapa que se prolongaría durante quince años y que transformaría radicalmente el perfil de la ciudad. Fue reelegido en 1983, 1987, 1991 y 1995, una continuidad que reflejaba la confianza ciudadana en un liderazgo capaz de combinar visión estratégica con gestión eficaz. De todos los proyectos emprendidos bajo su alcaldía, ninguno marcó tan profundamente a Barcelona y al conjunto de España como la candidatura y organización de los Juegos Olímpicos de 1992.
La Barcelona olímpica fue el resultado de años de planificación urbanística, inversión en infraestructuras y transformación de barrios enteros. El Anillo Olímpico de Montjuïc, la recuperación del frente marítimo, la renovación de los distritos históricos y la apertura de la ciudad al Mediterráneo fueron obras que cambiaron para siempre la fisonomía de la capital catalana. Los Juegos de 1992 no solo fueron un éxito deportivo y organizativo reconocido internacionalmente; fueron también el catalizador de una nueva identidad urbana que convirtió a Barcelona en referente mundial del urbanismo contemporáneo y en uno de los destinos turísticos más codiciados de Europa.
En el plano internacional, el paso de Maragall por la alcaldía dejó también una huella significativa. Ejerció la presidencia del Consejo de Municipios y Regiones de Europa, la vicepresidencia y la presidencia del Comité de las Regiones de la Unión Europea entre 1996 y 1998, y fue fundador de Eurociudades, una red de seis grandes ciudades del área mediterránea occidental que buscaba articular una voz común de las ciudades europeas frente a las instituciones comunitarias. También fue vicepresidente para Europa de la Unión Internacional de Autoridades Locales y de la Federación Mundial de Ciudades Unidas, cargos que evidenciaban el alcance de su liderazgo más allá de las fronteras españolas.
En 1997, Maragall cedió la alcaldía a su teniente de alcalde Joan Clos y se trasladó a Roma, donde ejerció como profesor durante un año antes de lanzarse a la arena política autonómica. El 25 de junio de 1998, desde el mirador de la Torre de Comunicaciones de Collserola, anunció su candidatura a la presidencia de la Generalidad de Cataluña. En las elecciones del 17 de octubre de 1999, encabezando una coalición integrada por el PSC y Ciutadans pel Canvi, logró ser el candidato más votado, superando por primera vez al hasta entonces imbatido Jordi Pujol. Sin embargo, el sistema de distribución de escaños por circunscripciones le fue desfavorable, y Pujol fue reelegido con el apoyo del Partido Popular y la abstención de Esquerra Republicana de Catalunya.
En las elecciones del 16 de noviembre de 2003, Maragall repitió la victoria en votos y esta vez el escenario político era diferente: las fuerzas de centroizquierda sumaban mayoría en el parlamento catalán. La firma del Pacto del Tinell con Esquerra Republicana de Cataluña y la coalición ICV-EUiA le permitió ser investido presidente de la Generalidad de Cataluña, rompiendo veintitrés años de hegemonía de Convergencia i Unió y inaugurando un capítulo nuevo en la historia política de la autonomía catalana. Su presidencia, extendida hasta 2006, estuvo marcada por impulsos renovadores y debates de gran alcance, en un período de enorme complejidad para el gobierno de Cataluña.


