La historia del Imperio romano comienza mucho antes de que ese nombre existiera formalmente. Durante los tres siglos anteriores al ascenso de César Augusto, Roma fue transformándose de una ciudad-estado itálica en la potencia dominante del mundo mediterráneo. Sus guerras contra Cartago, la gran potencia rival del Mediterráneo occidental, culminaron con la destrucción de esa ciudad en el año 146 a. C. Ese mismo año, Roma sometió también a Grecia. El Mediterráneo se convirtió en lo que los romanos llamarían con orgullo el Mare Nostrum, el mar nuestro.
Sin embargo, la expansión territorial trajo consigo una crisis institucional profunda. El Senado, diseñado para gobernar una ciudad, era incapaz de ejercer autoridad efectiva sobre un territorio que se extendía desde Hispania hasta el Levante. Los generales victoriosos, que comandaban ejércitos leales a ellos mismos más que a la República, descubrieron que el poder militar podía traducirse en poder político. En ese contexto surgió Julio César, quien conquistó la Galia entre el 58 y el 50 a. C., ampliando enormemente el territorio romano, y luego cruzó el Rubicón para desafiar la autoridad del Senado. Tras derrotar a su rival Pompeyo, César se hizo nombrar dictador vitalicio, pero en los idus de marzo del año 44 a. C. fue asesinado por un grupo de senadores que esperaban restaurar la República.
El resultado fue lo opuesto a sus intenciones. Las guerras civiles que siguieron a la muerte de César enfrentaron a sus herederos políticos. Finalmente, en el año 31 a. C., Octavio, sobrino e hijo adoptivo de César, derrotó la coalición formada por su antiguo aliado Marco Antonio y la reina egipcia Cleopatra VII en la batalla de Accio. Convertido en el hombre más poderoso del mundo romano, Octavio tuvo la habilidad política de no abolir las instituciones republicanas sino de vaciarlas de poder real. En el año 27 a. C., el Senado le otorgó el título de Augusto y la concentración de poderes extraordinarios, convirtiéndolo de facto en el primer emperador romano.
Los dos primeros siglos del Imperio, conocidos como la Pax Romana, fueron un período de estabilidad y prosperidad notables. El comercio florecía a lo largo de las calzadas romanas, que unían ciudades desde Britania hasta Mesopotamia. La arquitectura imperial transformó el paisaje del mundo conocido, con obras como el Coliseo, el Panteón y cientos de acueductos, anfiteatros y termas. El territorio imperial se extendió en su apogeo desde el océano Atlántico al oeste hasta las costas del mar Caspio y el mar Rojo al este, y desde el desierto del Sahara al sur hasta el Rin, el Danubio y las fronteras de Caledonia al norte.
La estabilidad comenzó a resquebrajarse en el siglo III. Las guerras civiles se sucedieron con una rapidez alarmante: en el lapso de cincuenta años llegaron a gobernar decenas de emperadores, la mayoría de ellos derrocados o asesinados. Las fronteras eran asediadas simultáneamente por los persas sasánidas al este y por numerosas tribus germánicas al norte. La economía sufrió una inflación devastadora, las ciudades decayeron y las instituciones centrales perdieron legitimidad. Este período, conocido como la Crisis del siglo III, fue quizás el momento más cercano al colapso del Imperio romano.
El Imperio sobrevivió gracias a reformas drásticas. Diocleciano, que subió al trono en 284, reorganizó el ejército, la burocracia y el sistema fiscal, y en 286 dividió la administración imperial en un Oriente griego y un Occidente latino, cada uno con su propio gobernante, para hacer más eficiente el gobierno de un territorio tan vasto. Constantino I, que en 313 promulgó el Edicto de Milán reconociendo la libertad religiosa y abriendo el camino al triunfo del cristianismo, trasladó además la capital hacia el este, fundando Constantinopla en el Bósforo. Tiempo después, Teodosio I hizo del cristianismo la religión oficial del Estado y, a su muerte en el año 395, el Imperio quedó definitivamente dividido entre sus hijos Arcadio y Honorio.
El Imperio de Occidente entró en un declive acelerado durante el siglo V. Las grandes migraciones de pueblos germánicos, impulsados en parte por la presión de los hunos, fueron penetrando las fronteras y estableciéndose dentro del territorio imperial. Los visigodos saquearon Roma en el año 410, un acontecimiento que conmocionó al mundo romano y que San Agustín tomó como punto de partida para escribir La ciudad de Dios. En 476, Flavio Odoacro, caudillo bárbaro al mando de tropas mercenarias, depuso al último emperador occidental, el joven Rómulo Augústulo, un monarca que ni siquiera portaba un nombre de verdadero soberano. Esa fecha se toma convencionalmente como el fin del Imperio romano de Occidente y el comienzo de la Edad Media.
El Imperio de Oriente, en cambio, continuó existiendo bajo el nombre de Imperio romano, aunque la historiografía moderna lo denomina Imperio bizantino. Durante casi un milenio más, ese Estado griego y cristiano con sede en Constantinopla preservó la herencia legal, cultural y artística de Roma, hasta que en 1453 la ciudad cayó ante los turcos otomanos.
La influencia del Imperio romano sobre la civilización occidental es difícil de exagerar. El latín, la lengua del Imperio, se transformó en las lenguas romances que hablan hoy cientos de millones de personas: el español, el portugués, el francés, el italiano y el rumano. El derecho romano es el fundamento de los sistemas jurídicos de la mayoría de los países de Europa y América Latina. La arquitectura, el urbanismo, la religión cristiana en sus formas institucionales, la idea misma del Estado como entidad organizada: todos estos elementos tienen raíces directas en la experiencia romana. Incluso palabras cotidianas, meses del calendario y nombres de planetas llevan el eco de ese Imperio que gobernó el mundo conocido hace dos mil años.