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Imperio otomano

Estado multiétnico gobernado por la dinastía osmanlí (1299-1922)

7 min01/01/2024
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A finales del siglo XIII, en la región noroccidental de Anatolia, un pequeño principado turco comenzó a expandirse de manera sistemática aprovechando el declive del Sultanato selyúcida de Rúm. Su fundador, Osmán I, quien gobernó entre 1288 y 1326, dio nombre a la dinastía osmanlí y sentó las bases de lo que con el tiempo se convertiría en uno de los imperios más extensos y duraderos de la historia. Los turcos otomanos no solo sobrevivieron a las invasiones mongolas que destruyeron a sus vecinos, sino que supieron absorber pueblos y tradiciones diversas en un Estado cada vez más poderoso.

La primera fase de expansión fue deslumbrante. Bajo Osmán I y sus sucesores inmediatos, Orhan I y Murad I, el Imperio avanzó a expensas del debilitado Imperio bizantino y de los reinos balcánicos. La ciudad de Bursa cayó bajo dominio otomano en 1326 y pasó a ser la primera capital del Imperio. Adrianópolis fue tomada en 1361, trasladándose entonces la capital a ese enclave europeo que los otomanos llamarían Edirne. La penetración en los Balcanes alarmó profundamente a Europa occidental, motivando la organización de una cruzada bajo el liderazgo de Segismundo de Hungría, que fue aplastada en la batalla de Nicópolis en 1396.

Bayezid I puso sitio a Constantinopla, pero el cerco fue interrumpido de manera dramática por la irrupción de Tamerlán, el conquistador turco-mongol, que derrotó y capturó al sultán otomano en la batalla de Ankara en 1402. El Imperio atravesó un período de crisis y fragmentación, pero la dinastía se reorganizó con rapidez. Murad II y luego su hijo Mehmed II consolidaron el poder y reanudaron la expansión. En 1453, tras un meticuloso asedio de cincuenta y tres días que empleó artillería pesada de diseño moderno, Mehmed II conquistó Constantinopla, poniendo fin al Imperio bizantino y trasladando la capital a esa ciudad, que rebautizaron con el nombre turco de İstanbul.

La conquista de Constantinopla tuvo una resonancia enorme. Mehmed II, que recibió el título de "el Conquistador", se presentó a sí mismo como heredero del Imperio romano y gobernante de un Estado que integraba tradiciones turcas, islámicas y greco-romanas. La ciudad fue restaurada y repoblada, convirtiéndose de nuevo en una metrópoli cosmopolita. Santa Sofía, la gran basílica cristiana, fue transformada en mezquita.

El apogeo del Imperio llegó en el siglo XVI, especialmente durante el reinado de Solimán I, llamado "el Magnífico" en Occidente y "el Legislador" en el mundo islámico, que gobernó entre 1520 y 1566. Bajo su mando, el Imperio alcanzó su mayor extensión territorial, controlando vastas regiones de tres continentes: la península balcánica hasta las puertas de Viena, gran parte de Oriente Próximo incluyendo la Península Arábiga y Mesopotamia, el norte de África desde Egipto hasta Argelia, y amplias zonas del Cáucaso. El Imperio contaba con veintinueve provincias directas y varios Estados vasallos como Moldavia, Transilvania, Valaquia y Crimea.

En su máximo esplendor, el Imperio otomano ocupó aproximadamente el mismo territorio que Justiniano el Grande había controlado mil años antes, salvo las provincias de Europa occidental. Era, en muchos sentidos, el sucesor islámico del Imperio romano de Oriente, y sus gobernantes eran conscientes de esa herencia. La arquitectura otomana, la cocina, las instituciones de gobierno y las tradiciones cortesanas absorbieron y reelaboraron elementos griegos, persas, árabes y turcos en una síntesis cultural singular. El arquitecto Sinan, activo bajo Solimán y sus sucesores, construyó obras maestras como la Mezquita Süleymaniye en Estambul y la Mezquita Selimiye en Edirne, que figuran entre los edificios más espléndidos del Islam.

Durante un largo período de paz entre 1740 y 1768, el sistema militar otomano se estancó frente a los avances de sus principales rivales europeos, los imperios Habsburgo y ruso. Las derrotas militares de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX fueron severas, y el Imperio comenzó a perder territorios. Esta presión impulsó un ambicioso programa de reformas conocido como Tanzimat, iniciado en 1839, que modernizó el Estado, la legislación, el ejército y la educación. A pesar de esas transformaciones, el siglo XIX fue una centuria de retroceso: los movimientos nacionalistas en los Balcanes, alentados por potencias europeas, arrancaron una tras otra las provincias europeas del Imperio.

En el siglo XX, el Imperio participó en la Primera Guerra Mundial del lado de las Potencias Centrales. La derrota en ese conflicto condujo a la ocupación de territorios otomanos por las potencias aliadas y a la firma del humillante Tratado de Sèvres en 1920. Sin embargo, la resistencia organizada por Mustafa Kemal, quien sería conocido como Atatürk, dio lugar a la Guerra de Independencia turca y al Tratado de Lausana de 1923, que reconoció la nueva República de Turquía. El sultanato otomano había sido abolido en 1922 y el califato en 1924, cerrando definitivamente el capítulo imperial.

El legado otomano es inmenso y debatido. El Imperio gobernó durante seis siglos una extraordinaria diversidad de pueblos, lenguas y religiones, desarrollando sistemas de administración como el millet que concedían cierto grado de autonomía a las comunidades no musulmanas. Su influencia en la arquitectura, la gastronomía, la música y la lengua de los pueblos que gobernó perdura hasta hoy en regiones tan diversas como los Balcanes, el Oriente Próximo, el Cáucaso y el norte de África. La herencia del Imperio otomano sigue siendo un elemento central de debate en la política y la identidad de docenas de naciones modernas.

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