Henri Langlois llegó al mundo el 13 de noviembre de 1914 en Esmirna, en aquella época una ciudad de rica mezcla cultural situada en el Imperio Otomano, aliado de Alemania en la Primera Guerra Mundial que en ese momento asolaba Europa. Esmirna era entonces un enclave de mayoría griega dentro de un Imperio en declive irreversible, y la infancia de Langlois transcurrió en medio de la agitación política y bélica que sacudiría para siempre aquella región del Mediterráneo oriental.
Tras la derrota de los imperios centrales en 1918 y la firma del Tratado de Sèvres en 1920, Turquía se rebeló contra las disposiciones del tratado y emprendió la reconquista de Anatolia. En septiembre de 1922 un devastador incendio arrasó parcialmente Esmirna, y la totalidad de la población griega fue expulsada de la ciudad. La mayoría de los residentes de origen europeo abandonaron también el lugar, y fue en ese contexto de éxodo que la familia Langlois regresó a Francia y se instaló en París, específicamente en la rue Laferrière del distrito IX.
Langlois realizó sus estudios en el Lycée Condorcet de la rue d'Amsterdam, en el corazón del París intelectual y artístico. Desde muy joven mostró una pasión incontenible por el cine que colisionó frontalmente con los planes de su padre. Cuando este quiso inscribirlo en la Faculté de Droit, el joven Henri eligió la rebeldía más explícita posible: en 1933 entregó deliberadamente una página en blanco en el examen de bachillerato para suspenderlo, convencido de que así podría dedicar su vida al arte que lo apasionaba. La estrategia funcionó en la medida en que cambió el rumbo de su existencia, aunque su padre, lejos de rendirse, le consiguió un empleo en una imprenta.
Fue precisamente ese trabajo tipográfico el que le depararía un encuentro decisivo: allí conoció a Georges Franju, con quien forjó una amistad duradera y emprendió su primera experiencia cinematográfica, intentando filmar juntos una película titulada Le Métro. De aquella colaboración temprana solo Franju continuaría como cineasta, autor más tarde del célebre documental Le sang des bêtes en 1949 y de la perturbadora Les Yeux sans visage en 1960.
En 1935 Langlois logró publicar varios artículos sobre cine en el semanario La Cinématographie française, cuyo propietario era Paul Auguste Harlé. Aquellos escritos revelaban ya una comprensión cabal de algo que pocos entendían entonces: la llegada del cine sonoro condenaría al olvido a las películas mudas, que serían abandonadas y destruidas de no mediar un esfuerzo organizado de preservación. Esa convicción lo llevó a actuar. En octubre de 1935 Langlois conoció a Jean Mitry en el cine-club de su esposa y lo entusiasmó con la idea de crear un club dedicado exclusivamente a las películas mudas. El proyecto tomó forma en diciembre de 1935 bajo el nombre de Cercle du Cinéma, y las ganancias generadas por sus proyecciones sirvieron para ir acumulando una primera colección de filmes. Paul Auguste Harlé les concedió un crédito de diez mil francos, con el que Langlois y Franju adquirieron copias de una decena de películas en formato de 35 milímetros.
En 1936, con Langlois contando apenas poco más de veinte años, se fundó oficialmente la Cinémathèque Française, concebida como sala de proyección y museo del cine al mismo tiempo. Su sede estaba en el número 29 de la rue Marsoulan, en el distrito XII de París. Paul Auguste Harlé fue su primer presidente; Langlois y Georges Franju, los secretarios generales; Mary Meerson, su principal apoyo financiero gracias a los fondos obtenidos de la venta de pinturas de grandes maestros; y Jean Mitry, el archivista. A partir de 1937 el acervo comenzó a enriquecerse con adquisiciones de gran valor artístico e histórico.
A lo largo de las décadas siguientes Langlois construyó la Cinémathèque Française hasta convertirla en una de las instituciones culturales más importantes del mundo, una colección que llegó a reunir varios miles de títulos procedentes de todos los rincones del planeta y de todos los períodos de la historia del cine. Su figura se volvió inseparable de la de la institución, y su defensa apasionada, a veces polémica, de los filmes como patrimonio de la humanidad inspiró a generaciones de cineastas, entre ellos a los directores de la Nouvelle Vague francesa, para quienes la Cinémathèque fue el verdadero lugar de formación cinematográfica.
Henri Langlois falleció el 13 de enero de 1977 en París, dejando un legado que transformó para siempre la manera en que el mundo concibe la preservación y el estudio del cine como arte y como memoria colectiva.



