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Guerras napoleónicas

Serie de campañas militares comandadas por Napoleón Bonaparte en Europa entre 1803 y 1815

7 min01/01/2024
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Pocas series de conflictos han transformado el mapa político, social y militar del mundo de manera tan profunda y veloz como las guerras napoleónicas. Libradas entre 1803 y 1815, aunque con raíces directas en las guerras revolucionarias francesas que comenzaron en 1792, estas guerras enfrentaron al Primer Imperio Francés bajo el mando del emperador Napoleón I Bonaparte contra una sucesión de coaliciones europeas. Durante más de una década, el genio militar de Napoleón y la capacidad organizativa del Estado francés impusieron la dominación gala sobre gran parte del continente europeo.

El punto de partida inmediato de estas guerras fue la ruptura de la Paz de Amiens. Firmada en 1802, esta tregua entre Francia y el Reino Unido fue el único período de calma relativa en un continente que llevaba años en guerra. La paz duró apenas un año. El 18 de mayo de 1803, Gran Bretaña declaró la guerra a Francia, inaugurando una nueva fase del conflicto que el historiador Frank McLynn atribuyó a una mezcla de motivos económicos y de ansiedad nacional ante la creciente ambición francesa. Gran Bretaña formó coalición con Suecia, Rusia, Nápoles y Sicilia, comenzando así la Tercera Coalición.

Napoleón había llegado al poder en noviembre de 1799 mediante el golpe de Estado del 18 de brumario, convirtiéndose en primer cónsul de una República francesa que era entonces un caos político. En pocos años organizó un Estado financieramente sólido, con una burocracia eficaz y un ejército profesional disciplinado. En 1804 se proclamó emperador, y desde esa posición proyectó su voluntad sobre Europa con una energía que parecía no tener límites.

En octubre de 1805, el almirante Horatio Nelson destruyó la flota franco-española en la batalla de Trafalgar, cerca de la costa andaluza. Esta victoria fue decisiva: aseguró el control británico de los mares e hizo imposible la planeada invasión de Gran Bretaña. Pero en tierra, Napoleón seguía siendo invencible. En diciembre de ese mismo año, en Austerlitz, derrotó al ejército combinado ruso-austriaco en la que muchos consideran su obra maestra táctica, obligando a Austria a firmar la paz y poniendo fin a la Tercera Coalición.

El ascenso de Francia alarmó a Prusia, que lideró la formación de la Cuarta Coalición junto con Rusia, Sajonia y Suecia. En octubre de 1806, Napoleón aplastó a los prusianos en Jena y luego a los rusos en Friedland, imponiendo una nueva paz al continente. La Quinta Coalición, de 1809, liderada por Austria y mal preparada, comenzó con una victoria austriaca sorprendente en Aspern-Essling, pero terminó con la derrota austriaca en Wagram.

Con el objetivo de aislar económicamente a Gran Bretaña, Napoleón había establecido el llamado Sistema Continental, un bloqueo comercial que pretendía asfixiar la economía británica. Para garantizarlo, ordenó la invasión de Portugal, el único aliado continental de Gran Bretaña que quedaba. En noviembre de 1807, las tropas francesas tomaron Lisboa. Pero lo que comenzó como una operación de control acabó en un desastre estratégico: en 1808, Napoleón aprovechó la presencia de sus tropas en España para deponer a la familia real española y colocar a su hermano José como rey con el nombre de José I. España y Portugal se rebelaron de inmediato con el apoyo militar británico, dando inicio a la guerra peninsular o guerra de la Independencia, que consumiría enormes recursos franceses durante seis años hasta la expulsión de las tropas napoleónicas en 1814.

Al mismo tiempo, Rusia comenzó a incumplir sistemáticamente el bloqueo continental, pues los daños económicos eran insoportables. En respuesta, Napoleón lanzó en 1812 la campaña más ambiciosa y fatídica de su carrera: la invasión de Rusia con la Grande Armée, un ejército de más de seiscientos mil hombres de varias nacionalidades. El ejército ruso evitó el combate decisivo y aplicó la táctica de tierra quemada, retirándose hasta Moscú. Los franceses tomaron la ciudad, pero la encontraron incendiada. Tras semanas de espera en busca de una rendición que nunca llegó, Napoleón ordenó la retirada en octubre. El invierno ruso, el hambre y la resistencia cosaca convirtieron la retirada en una catástrofe: de los cientos de miles que entraron en Rusia, apenas una fracción sobrevivió.

La debacle rusa alentó a las potencias europeas a formar la Sexta Coalición. En la batalla de Leipzig, en octubre de 1813, conocida como la Batalla de las Naciones, las fuerzas aliadas derrotaron a Napoleón en el mayor enfrentamiento de las guerras napoleónicas. Los aliados invadieron Francia, y en abril de 1814 Napoleón abdicó y fue enviado al exilio en la isla de Elba. Pero en febrero de 1815 escapó, regresó a Francia en una marcha triunfal en la que los regimientos enviados a detenerlo se unieron a él uno tras otro, y recuperó el poder durante los llamados Cien Días.

La respuesta de Europa fue inmediata. La Séptima Coalición movilizó sus ejércitos, y el 18 de junio de 1815 Napoleón fue derrotado definitivamente en Waterloo por las fuerzas del duque de Wellington y el mariscal prusiano Blücher. Esta vez el exilio fue la remota isla de Santa Elena, en el Atlántico sur, donde murió en 1821.

Las guerras napoleónicas dejaron una huella indeleble en Europa y en el mundo. Los principios de la Revolución francesa, que Napoleón extendió a los territorios conquistados, aceleraron el desmantelamiento del Antiguo Régimen, sembraron el germen del nacionalismo moderno y difundieron el ideal de igualdad ante la ley. El Código Napoleónico transformó los sistemas jurídicos de numerosos países. Al mismo tiempo, el precio humano fue devastador, con millones de muertos en campos de batalla que abarcaron desde la Península Ibérica hasta las estepas rusas. El Congreso de Viena intentó restaurar el orden europeo anterior, pero el mundo nunca volvió a ser el mismo.

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