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Guerra de Troya

Conflicto legendario entre los aqueos y los teucros

7 min01/01/2024
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En los confines del tiempo donde la historia y el mito se funden en un relato inseparable, la guerra de Troya ocupa un lugar incomparable en la memoria de la civilización occidental. Narrada con incomparable maestría en la Ilíada y la Odisea, los dos poemas épicos atribuidos a Homero que son los únicos textos del ciclo troyano llegados intactos hasta nuestros días, esta contienda entre los ejércitos aqueos y la ciudad de Troya en Asia Menor fue considerada por los propios griegos antiguos como un acontecimiento real que había moldeado la historia del Mediterráneo.

El origen mítico de la guerra se remonta a los designios de los dioses y a las disputas que corroen incluso el Olimpo. Según la tradición, Zeus, convertido en rey de los dioses tras destronar a su padre Crono —quien a su vez había destronado al suyo, Urano—, escuchó una profecía que le revelaba que un hijo de la ninfa Tetis sería más poderoso que su padre. Para evitar ser destronado, Zeus dispuso que Tetis contrajera matrimonio con un mortal, el rey Peleo. De esa unión nacería Aquiles, sobre quien pesaba otra profecía igualmente funesta: moriría joven en Troya.

La boda de Peleo y Tetis reunió a todos los dioses del Olimpo con una notable excepción: Eris, diosa de la discordia, no fue invitada. Resentida, se presentó de improviso y arrojó sobre la mesa una manzana de oro con la inscripción kallisti, «para la más hermosa». Hera, Atenea y Afrodita reclamaron el fruto. Zeus, negándose a arbitrar él mismo, delegó el juicio en Paris, un príncipe de Troya que había sido criado como pastor para cumplir una antigua profecía que lo señalaba como causante de la caída de su ciudad. Cada diosa intentó sobornar al joven árbitro: Atenea le ofreció la victoria en la batalla, Hera le prometió poder político, y Afrodita le ofreció el amor de Helena, la mujer más hermosa del mundo, esposa del rey Menelao de Esparta. Paris eligió a Afrodita.

Lo que siguió fue el casus belli que desencadenaría la guerra: Paris viajó a Esparta, donde fue recibido como huésped por Menelao, y partió llevándose consigo a Helena —fuera por rapto o por fuga voluntaria, como diferentes fuentes señalan—, con lo que violó las leyes sagradas de la hospitalidad. El ultraje al rey de Esparta activó una alianza de príncipes y reyes griegos que zarparon hacia Troya en una enorme expedición de castigo liderada por Agamenón, rey de Micenas y hermano del ofendido Menelao. La flota de los aqueos navegó hacia las costas de Asia Menor trayendo consigo a los guerreros más célebres de la tradición épica: Aquiles, Odiseo, Áyax, Diomedes y Patroclo, entre otros.

La Ilíada no narra la guerra completa sino un episodio crucial de su décimo y último año: la cólera de Aquiles. El mejor guerrero de los griegos se retiró del combate, furioso porque Agamenón le había arrebatado a la cautiva Briseida. Sin Aquiles en el campo de batalla, los troyanos, liderados por el valeroso Héctor, hijo mayor del rey Príamo, presionaron a los aqueos hasta las propias naves. Solo la muerte de su amigo Patroclo a manos de Héctor sacó a Aquiles de su retirada. Poseído por la sed de venganza, enfundó la armadura forjada por el dios Hefesto y mató a Héctor frente a las murallas de Troya, arrastrando su cadáver alrededor de la ciudad. El canto final de la Ilíada culmina con el rey Príamo suplicando a Aquiles la devolución del cuerpo de su hijo para darle sepultura.

Otros textos del ciclo troyano, y escritores griegos y romanos posteriores, completaron el relato. Aquiles fue muerto por una flecha de Paris guiada por el dios Apolo, que alcanzó el único punto vulnerable de su cuerpo: el talón. La ciudad resistió hasta que Odiseo concibió el artificio del caballo de madera: una gigantesca estructura hueca que los griegos fingieron ofrecer como tributo sagrado antes de aparentar su retirada. Los troyanos introdujeron el caballo dentro de las murallas; por la noche, los guerreros griegos escondidos en su interior salieron y abrieron las puertas a sus compañeros, que habían regresado en secreto. Troya fue incendiada y destruida.

El historiador Heródoto consideraba la guerra de Troya la causa originaria de las enemistades entre griegos y persas. Los romanos, por su parte, se tenían por descendientes de Eneas, héroe troyano superviviente de la destrucción, cuya saga fue narrada por Virgilio en la Eneida. Esta tradición enlazaba directamente la fundación de Roma con las ruinas de Troya, otorgando a la guerra una dimensión fundacional en la historia del mundo clásico.

Las excavaciones realizadas por Heinrich Schliemann a finales del siglo XIX en el montículo de Hisarlik, en la actual Turquía, revelaron los restos de múltiples ciudades superpuestas, una de las cuales —denominada Troya VII— habría sido destruida y saqueada alrededor del siglo XIII antes de nuestra era, en un período que coincide con el que la tradición asigna a la guerra homérica. Estudios posteriores de documentos de los archivos reales del Imperio hitita reforzaron la idea de que algún conflicto histórico real pudo haber dado origen al ciclo mítico. Sin embargo, y pese al consenso académico respecto a la localización del sitio, ningún documento ha podido probar hasta hoy la existencia de una expedición militar griega de la escala descrita por Homero.

La guerra de Troya vive así en un umbral singular: demasiado arraigada en evidencias arqueológicas para ser desechada como pura invención, demasiado engrandecida por la épica para ser reducida a un mero hecho histórico verificable. Más de dos mil años después de que Homero la cantara, sigue siendo uno de los relatos más poderosos y resonantes de la experiencia humana.

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