Publio Septimio Geta nació en Roma el 7 de marzo del año 189 de nuestra era, segundogénito del futuro emperador Septimio Severo y de su esposa Julia Domna, mujer de origen sirio cuya inteligencia e influencia política serían determinantes en la corte de los Severos. Su hermano mayor, Caracalla, le llevaba apenas once meses de ventaja, habiendo nacido el 4 de abril de 188. Esta proximidad de edades, lejos de fomentar la complicidad, sembró desde temprano las semillas de una rivalidad fratricida que culminaría en uno de los episodios más sórdidos de la historia del Imperio Romano.
Cuando Geta llegó al mundo, su padre se encontraba en Roma de paso desde la Galia Lugdunense, donde ejercía como gobernador, antes de marchar hacia Sicilia, donde había sido nombrado procónsul. La carrera de Septimio Severo ascendería vertiginosamente pocos años después. En 193, mientras desempeñaba el cargo de gobernador de la provincia de Panonia Superior, Severo se proclamó emperador tras el asesinato de Pertinax y la subsiguiente guerra civil. Derrotados sus rivales Pescenio Níger y Clodio Albino, quedó como único gobernante del vasto Imperio Romano. En ese contexto, para dotar a su dinastía de legitimidad histórica, en 195 se declaró hijo adoptivo póstumo de Marco Aurelio y hermano de Cómodo. La maniobra tenía consecuencias directas para sus hijos: Caracalla fue formalmente asimilado como nieto de Marco Aurelio y recibió el nombre de Marco Aurelio Antonino, además del título de césar. Geta, en cambio, no fue incorporado en ese linaje adoptivo de manera inmediata, lo que en opinión del historiador Michael Meckler lo convertía en un mero heredero de repuesto frente a Caracalla, el favorecido del padre.
El reconocimiento formal de Geta llegó el 28 de enero de 198, tras la victoria romana sobre los partos en la batalla de Ctesifonte. Ese día, Septimio Severo proclamó a su hijo menor césar y príncipe de la juventud, mientras elevaba a Caracalla al rango de augusto. La diferencia de títulos era elocuente: Caracalla era corregente, Geta era sucesor en espera. Entre 199 y 202, Geta viajó por el Imperio visitando las provincias orientales, luego Tracia, Mesia y Panonia. En 202 y 203, acompañó a su padre y a su hermano en una visita al norte de África y pasó el invierno en Leptis Magna, ciudad natal de Septimio Severo, donde se conserva una estatua dedicada a él como prueba de la presencia dinámica de la familia imperial en esos territorios.
La enemistad entre los dos hermanos era un secreto a voces que la propaganda dinástica se esforzaba en vano por disimular. El historiador Herodiano relata que Caracalla y Geta se peleaban constantemente, cualquiera que fuera el pretexto: su pasión por la música, los espectáculos públicos o las peleas de gallos servían de detonante para tensiones que ninguna intervención paterna lograba apagar de manera duradera. El suegro de Caracalla, el poderoso prefecto pretoriano Cayo Fulvio Plauciano, también trató de mediar en el conflicto, pero tras su asesinato, señala Dion Casio, nadie consiguió contener el odio entre los jóvenes.
Septimio Severo murió el 4 de febrero de 211 en Eboracum, la actual York, durante una campaña militar en Britania. Dejó el Imperio en manos de sus dos hijos, que debían gobernar en conjunto. El cogobierno fue un fracaso inmediato. Según las fuentes clásicas, Geta llegó a proponer dividir el Imperio en dos mitades, tomando él las provincias orientales y dejando a Caracalla las occidentales, idea que fue rechazada enérgicamente por su madre Julia Domna, quien vio en ese reparto el germen de una guerra fratricida que destruiría todo lo construido por su marido. Las negociaciones no prosperaron y la situación se deterioró con rapidez.
En diciembre del año 211, en una fecha que las fuentes sitúan entre el 19 y el 26 del mes, Caracalla atrajo a Geta a una trampa mortal. Le tendió una reunión en los aposentos de su madre bajo el pretexto de alcanzar una reconciliación, y allí lo hizo asesinar por soldados que irrumpieron en la estancia. Geta murió en brazos de Julia Domna, que intentó en vano protegerlo y resultó herida en la mano. Tenía apenas veintidós años. Caracalla asumió entonces el poder en solitario y, para borrar toda memoria de su hermano, decretó contra él la damnatio memoriae: su nombre fue cincelado de las inscripciones públicas, sus efigies destruidas o reconvertidas, y toda mención oficial de su persona quedó prohibida. El proceso fue uno de los más exhaustivos de la historia romana, aunque inevitablemente incompleto, pues el tiempo y la arqueología han preservado testimonios fragmentarios de una vida breve atrapada entre el poder y la muerte.
