guerras

George Dewey

Almirante de la Armada de los Estados Unidos

4 min01/01/2024
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George Dewey nació el 26 de diciembre de 1837 en Montpelier, Vermont, en el seno de una familia de tradición austera y principios republicanos. Desde joven mostró inclinación por la disciplina militar, lo que lo llevó a ingresar a la Universidad de Norwich en 1852, donde estudió durante dos años antes de obtener su admisión en la Academia Naval de Estados Unidos, de la que se graduó en 1858. Su formación académica fue rigurosa y marcó las bases de una carrera que habría de proyectarse durante más de cinco décadas.

Durante la guerra civil norteamericana, Dewey tuvo la fortuna de servir bajo las órdenes del almirante David Farragut, uno de los comandantes navales más célebres de la historia estadounidense. En ese contexto, participó en operaciones militares en el estado de Luisiana, a lo largo del caudaloso río Misisipi, donde adquirió una experiencia táctica invaluable en combates fluviales y costeros. Al concluir la guerra, en 1865, alcanzó el rango de teniente general, y continuó su carrera dentro de la Armada sin interrupciones.

La posguerra fue un período de lenta pero constante acumulación de mando para Dewey. A lo largo de las décadas siguientes escaló posiciones dentro de la jerarquía naval hasta que, en 1896, fue nombrado comodoro y se le asignó el mando de la Escuadra Asiática de Estados Unidos. Ese nombramiento llegó apenas unas semanas antes de que estallara el conflicto que lo convertiría en figura legendaria: la guerra hispano-estadounidense de 1898.

El 27 de abril de 1898, Dewey recibió órdenes del Departamento de Marina de zarpar desde Mirs Bay, en la zona de Hong Kong, con destino a Manila, en las islas Filipinas. La misión era clara y contundente: neutralizar la flota española del Pacífico, que potencialmente podría reforzar las operaciones navales españolas en el Caribe. Las instrucciones le ordenaban hundir o capturar todos los barcos enemigos y tomar control de la ciudad.

La escuadra de Dewey llegó a las aguas de Manila durante la noche del 30 de abril. Al amanecer del día siguiente, el primero de mayo, el comodoro pronunció la frase que quedaría grabada en la memoria histórica de los Estados Unidos: «pueden disparar cuando estén listos». Las baterías de sus barcos comenzaron a abrir fuego contra la flota española bajo el mando del almirante Patricio Montojo y Pasarón, apostada en la bahía. En apenas seis horas de combate, la totalidad de la flota española del Pacífico fue hundida o capturada. Dewey perdió únicamente 17 hombres en la batalla, una cifra extraordinariamente baja para la magnitud del enfrentamiento.

La noticia de la victoria se propagó como un relámpago por toda la nación norteamericana. Dewey se convirtió de la noche a la mañana en un héroe popular de proporciones colosales, lo que le valió una rápida promoción al rango de contraalmirante. El triunfo también tuvo consecuencias geopolíticas inmediatas: la administración del presidente William McKinley decidió aprovechar la coyuntura para colocar a las Filipinas bajo control estadounidense, lo cual ocurrió formalmente el 18 de agosto de 1898.

Durante las primeras etapas de la guerra, los estadounidenses contaron con la colaboración de los nacionalistas filipinos liderados por Emilio Aguinaldo, quien combatía a los españoles desde tierra mientras Dewey los hostigaba por mar. La relación entre ambos líderes fue inicialmente cordial, y Dewey llegó a escribir en sus correspondencias que los filipinos eran un pueblo inteligente y perfectamente capaz de gobernarse a sí mismo. Sin embargo, la lógica imperial de Washington pronto se impuso sobre esas consideraciones, y hacia 1899 Dewey se vio en la difícil posición de facilitar el desembarco de tropas estadounidenses en Manila, traicionando de facto las aspiraciones de independencia de Aguinaldo.

En los meses que siguieron a la guerra, Dewey protagonizó un episodio de generosidad poco común en la historia militar: se acercó de manera amistosa al almirante Montojo y declaró a su favor en el consejo de guerra que se le instruyó al marino español. Las crónicas de la época relatan que ambos nunca perdieron su amistad, y que Dewey reconoció públicamente que, a pesar de la obsolescencia de la armada española, Montojo había sabido defender a su país con entereza y honor hasta el último momento.

De regreso en los Estados Unidos, Dewey fue recibido con honores apoteósicos. El Congreso, por decreto especial, le otorgó el rango de almirante de la Armada en 1899, convirtiéndolo en el único oficial en la historia de la nación en ostentar ese grado durante dicha guerra. En su honor fue creada además la Medalla Dewey, un reconocimiento extraordinario que reflejaba la admiración del pueblo hacia su figura.

El ascenso de Dewey al panteón de los héroes nacionales despertó inevitablemente especulaciones políticas. Muchos sectores, incluyendo prominentes figuras del Partido Demócrata, comenzaron a impulsar su candidatura para la presidencia de los Estados Unidos. El almirante pareció receptivo en un primer momento, pero su eventual declaración pública de que el cargo de presidente sería relativamente sencillo, ya que el comandante en jefe simplemente impartía órdenes para ejecutar las leyes dictadas por el Congreso, provocó una ola de críticas que dañó irreparablemente su imagen como candidato viable.

A ello se sumó el escándalo que desató su matrimonio en 1899 con una viuda católica, lo cual encendió la ira de importantes sectores protestantes. La polémica se intensificó cuando Dewey cedió a su nueva esposa la casa que la nación le había obsequiado como reconocimiento por sus servicios. Estos episodios, aunque ajenos al ámbito militar, tuvieron un efecto devastador sobre sus aspiraciones políticas y su reputación pública.

George Dewey pasó sus últimos años en Washington D.C., alejado de la vida activa pero respetado como un símbolo de una época de expansión imperial. Falleció el 16 de enero de 1917, a los 79 años, dejando tras de sí un legado ambivalente: el del brillante estratega naval que transformó el equilibrio de poder en el Pacífico con una sola batalla, y el del hombre que, en los pliegues de la historia, fue también testigo incómodo de las contradicciones del imperialismo estadounidense.

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