John Moore nació el 13 de noviembre de 1761 en Glasgow, Escocia, en el seno de una familia de tradición intelectual. Su padre, también llamado John Moore, era médico y escritor de cierto renombre, y su hermano Graham llegaría a convertirse en vicealmirante de la Royal Navy. La infancia de Moore transcurrió entre los rigores académicos de la Glasgow High School y una formación cosmopolita que su propio padre le proporcionó: a los once años emprendió con él y con el duque de Hamilton un extenso viaje por Francia, Italia y Alemania, que incluyó una estancia de dos años en Ginebra. Esa experiencia europea temprana amplió sus horizontes y modeló un carácter abierto y reflexivo, infrecuente en los ambientes militares de la época.
Ingresó en el ejército británico en 1776 como alférez en el 51.º de Infantería, con base en Menorca. Su bautismo de fuego tuvo lugar en 1778, durante la guerra de Independencia de los Estados Unidos, combatiendo como teniente en el 82.º bajo las órdenes del VIII duque de Hamilton. En 1783 regresó a Gran Bretaña y al año siguiente fue elegido miembro del Parlamento por Lanark, Selkirk, Peebles y Linlithgow, un escaño que ocupó hasta 1790. Esa breve incursión en la política no diluyó su vocación castrense: en 1787 alcanzó el rango de comandante y en 1791 fue asignado al Mediterráneo, donde participó en la campaña de Córcega. Fue herido en Calvi y llegó a coronel, convirtiéndose en ayudante del general Sir Charles Stuart.
Las fricciones con el nuevo vicegobernador británico de Córcega lo llevaron a servir en las Indias Occidentales bajo el mando de Sir Ralph Abercromby. En 1798 era ya comandante general y participó activamente en la represión de la rebelión republicana en Irlanda. Su actuación en la batalla de Foulksmills el 20 de junio de ese año fue decisiva para restablecer el curso del combate, y logró controlar la ciudad de Wexford antes de que lo hiciera el general Lake. En aquel conflicto, Moore se distinguió no solo por su eficacia táctica, sino por su humanidad excepcional: rechazó cometer atrocidades contra la población civil y los combatientes capturados, construyendo una reputación de comandante honrado en tiempos en que esa virtud no era precisamente común.
En 1799 comandó una brigada en la expedición a Egmont-op-Zee, en los Países Bajos, donde sus fuerzas sufrieron una derrota grave y él resultó herido de consideración. Recuperado, retomó el liderazgo del regimiento 52.º durante las campañas de Egipto, consolidando su figura como uno de los oficiales más completos de la armada británica. En 1803 regresó a Inglaterra para dirigir una brigada en el campamento de Shorncliffe, cerca de Folkestone, donde implantó un novedoso y revolucionario régimen de entrenamiento que produjo los primeros regimientos permanentes de infantería ligera del ejército británico. Su enfoque pedagógico era tan sofisticado como humano: se cuenta que cuando se construía un nuevo edificio en el campamento y el arquitecto le preguntaba dónde colocar los pasillos, Moore respondía que esperara a observar por dónde transitaban naturalmente los soldados, y que pusiera los pasillos en esos lugares.
Cuando Napoleón comenzó a preparar la invasión de Inglaterra, Moore fue puesto a cargo de la defensa de la costa comprendida entre Dover y Dungeness. Por iniciativa suya se construyeron las famosas torres Martello, una cadena de fortines circulares cuyo diseño había tomado de las defensas que observó en Córcega, concretamente de la torre de la Punta Mortella, que había opuesto una resistencia tenaz a las fuerzas marítimas y terrestres británicas. También impulsó la construcción del Royal Military Canal en Kent y Sussex, y reclutó 340.000 voluntarios para la milicia que habrían de defender la línea de South Downs en caso de que una fuerza invasora lograra superar las defensas de la armada regular. En 1804 fue nombrado caballero y ascendido a teniente general.
En 1808, cuando las fuerzas napoleónicas comenzaron a ocupar la península ibérica, Moore recibió el mando de la fuerza expedicionaria británica enviada a España para apoyar la resistencia española contra los invasores. Fue en ese escenario donde sus cualidades y sus limitaciones quedarían expuestas ante la historia. Cuando Napoleón llegó personalmente a España al frente de 200.000 hombres, Moore realizó una audaz maniobra de distracción: atrajo a las fuerzas francesas hacia el norte mientras retiraba ordenadamente a sus tropas hacia los puertos de La Coruña y Vigo para reembarcarlas y salvarlas de la destrucción.
Esa retirada, ejecutada en condiciones de invierno extremo y persecución implacable, constituyó una hazaña logística y moral de primer orden, aunque tuvo un costo humano altísimo. El 16 de enero de 1809, durante la batalla de Elviña, librada en las inmediaciones de La Coruña para proteger el embarque de las tropas, Moore fue alcanzado por una bala de cañón que le causó heridas mortales. Murió ese mismo día. Fue enterrado en La Coruña, en el Jardín de San Carlos, donde su tumba se convirtió en lugar de peregrinación y símbolo de la alianza anglo-española frente a la tiranía napoleónica.
El poeta irlandés Charles Wolfe inmortalizó su figura en un célebre poema, y su nombre quedó vinculado para siempre al ideal del soldado que combina la eficacia militar con la virtud moral, un tipo de comandante que su época necesitaba tanto como admiraba.


