misterios

Edward Elgar

Compositor inglés

8 min01/01/2024
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Edward William Elgar nació el 2 de junio de 1857 en Lower Broadheath, una pequeña localidad a las afueras de Worcester, en el corazón del condado de Worcestershire. Su padre, William Henry Elgar, había llegado a Worcester desde Dover en 1841 para trabajar como afinador de pianos y, con el tiempo, estableció una modesta tienda de venta de partituras e instrumentos musicales. En 1848 se casó con Ann Greening, hija de un trabajador agrícola, y juntos tuvieron siete hijos, de los cuales Edward fue el cuarto.

Desde muy temprana edad, el pequeño Edward creció rodeado de música. Su padre era un violinista de nivel profesional y ocupó el cargo de organista de la iglesia católica de San Jorge de Worcester desde 1846 hasta 1885. Gracias a su influencia, se escucharon por primera vez en el Festival de Tres Coros las misas de Luigi Cherubini y Johann Nepomuk Hummel. La madre de Edward se había convertido al catolicismo poco antes del nacimiento de su hijo, lo que determinó que el niño fuera bautizado y criado en esa fe, con la desaprobación silenciosa de su padre protestante. Esta doble tensión religiosa marcaría profundamente la vida y la carrera del compositor.

Elgar fue esencialmente un autodidacta. Nunca recibió una formación académica formal en conservatorio alguno, lo que lo colocaba en una posición incómoda frente a los círculos musicales británicos de la época, dominados por instituciones universitarias y académicos de renombre. Aprendió a tocar varios instrumentos por su propia iniciativa, estudió las partituras que llegaban a la tienda de su padre y se formó como compositor a base de constancia, intuición y una voracidad intelectual poco común. A pesar de que gran parte de su música transmite un carácter profundamente inglés, sus influencias musicales provenían en su mayoría de la Europa continental, lo que añadía otra capa de extrañeza a su figura.

La vida social también le resultaba difícil de navegar. La sociedad victoriana y eduardiana era extremadamente clasista, y Elgar era muy consciente de sus orígenes humildes. Sentía que no pertenecía del todo a ningún mundo: era demasiado culto para los obreros y demasiado pobre y católico para la élite anglicana. Un punto de inflexión en su vida personal y profesional llegó con su matrimonio con Caroline Alice Roberts, hija de un alto oficial del ejército británico. Ella creyó en su talento desde el principio, lo animó a dedicarse por completo a la composición y ejerció una influencia decisiva tanto en su carrera musical como en su ascenso social.

Durante muchos años, Elgar cosechó sólo éxitos moderados. Compuso obras que fueron bien recibidas en los círculos locales, pero sin lograr el reconocimiento nacional o internacional que ambicionaba. Todo cambió en 1899, cuando presentó las Variaciones Enigma, una obra orquestal construida sobre catorce variaciones que representan, de manera codificada, los retratos de sus amigos más cercanos. La obra fue un éxito inmediato tanto en Gran Bretaña como en el extranjero, y situó a Elgar, ya con más de cuarenta años, en la primera línea del panorama musical internacional.

Al año siguiente llegó El sueño de Geronte, una obra coral estrenada en 1900 y basada en un poema de carácter profundamente católico del cardenal John Henry Newman. La obra fue acogida con entusiasmo por el público en general, pero generó cierta incomodidad entre la clase dirigente anglicana británica, poco acostumbrada a ver en el escenario un texto tan marcadamente romano. Con el tiempo, El sueño de Geronte se consolidó como una pieza fundamental del repertorio coral, tanto en Gran Bretaña como en otros países.

En 1901, Elgar compuso la primera de sus marchas de Pompa y circunstancia, una obra que alcanzaría una popularidad extraordinaria en el mundo anglosajón. Cuando se le añadió la letra de A. C. Benson, la pieza se convirtió en la canción Land of Hope and Glory, un himno casi oficial del Imperio británico. Con los años, esta marcha trascendió las fronteras y se convirtió en una de las marchas nupciales más utilizadas en bodas de varios países y en un elemento imprescindible de las ceremonias de graduación universitaria en los Estados Unidos.

Ya en la cincuentena, Elgar alcanzó otro pico creativo con la composición de su Primera sinfonía y el Concierto para violín, ambas obras acogidas con gran entusiasmo. Sin embargo, la Segunda sinfonía y el posterior Concierto para violonchelo tardaron varios años en ser incorporados al repertorio habitual de las orquestas. El Concierto para violonchelo en particular tuvo un estreno desastroso en 1919, en parte por la deficiente preparación de la orquesta, y pasó décadas ignorado hasta que la chelista Jacqueline du Pré lo rescató en los años sesenta con una interpretación que transformaría la percepción de la obra para siempre.

En sus últimas décadas, Elgar atravesó un período de silencio creativo casi total. La muerte de Caroline Alice en 1920 lo sumió en una tristeza profunda, y su música comenzó a sonar anacrónica en un mundo transformado por la guerra y las vanguardias. Comenzó varias obras ambiciosas que nunca llegó a terminar, incluida una tercera sinfonía que quedaría inconclusa. Falleció el 23 de febrero de 1934 en Worcester, la ciudad que había sido el centro de su universo.

La valoración de su obra permaneció sorprendentemente baja durante la generación inmediatamente posterior a su muerte. No fue hasta la década de 1960 cuando el interés por su música comenzó a resurgir con fuerza, impulsado en parte por nuevas grabaciones que revelaban la profundidad y la modernidad latente de su lenguaje musical. En décadas recientes, algunas de sus obras han recuperado proyección internacional, aunque la mayoría sigue siendo interpretada con mucha mayor frecuencia en Gran Bretaña que en cualquier otro lugar del mundo.

Una de las facetas más singulares de Elgar fue su relación pionera con el gramófono. Se le considera el primer compositor que tomó verdaderamente en serio las posibilidades del registro sonoro como medio artístico. Entre 1914 y 1925 dirigió una serie de grabaciones de sus obras, y con la introducción del micrófono en 1925, que permitía una reproducción mucho más fiel del sonido, realizó nuevas grabaciones de la mayoría de sus grandes obras orquestales y de fragmentos de El sueño de Geronte. Aquellas grabaciones fueron reeditadas en formato LP en los años setenta y en CD en los noventa, convirtiéndose en documentos históricos de primer orden.

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