Dolly Rebecca Parton llegó al mundo el 19 de enero de 1946 en Sevierville, Tennessee, cuarta de doce hermanos en el seno de una familia humilde de las montañas Apalaches. Su padre, Robert Lee Parton, era granjero; su madre, Avie Lee Owens, provenía de una familia marcada por la tradición musical y religiosa del sur profundo de los Estados Unidos. La pobreza era una constante en aquella casa llena de niños, pero también lo era la música: himnos en la iglesia, canciones en el porche, melodías que circulaban por los cuartos como aire fresco en verano.
Desde niña, Dolly mostró un talento vocal excepcional y una capacidad para componer canciones que dejaba a todos boquiabiertos. A los diez años ya actuaba en programas de radio locales, y a los trece cantó por primera vez en el Grand Ole Opry, el templo sagrado de la música country en Nashville. Cuando cumplió los dieciocho años y se graduó de la preparatoria, tomó una maleta, se subió a un autobús y puso rumbo a Nashville al día siguiente de la graduación, con una guitarra y la determinación inquebrantable de quien sabe exactamente a dónde va.
Los primeros años en Nashville fueron duros. Pese a haber lanzado un álbum titulado Hello, I'm Dolly y varios sencillos antes de cumplir los veintiún años, el éxito no llegaba con la intensidad que ella esperaba. El giro decisivo ocurrió a finales de 1967, cuando se unió al programa de televisión del músico Porter Wagoner, una plataforma que en aquella época llegaba a millones de hogares rurales en todo el país. Junto a Wagoner formó uno de los dúos más exitosos en la historia del country, cosechando reconocimiento crítico y comercial en proporciones que pocas veces se habían visto en ese género.
La asociación con Wagoner duró casi una década, hasta su disolución en 1976. Durante ese tiempo, Parton no solo brilló como intérprete sino también como compositora de primer orden. Sus canciones revelaban una profundidad emocional y una economía narrativa que recordaban a los mejores escritores de baladas tradicionales. «Jolene», una súplica angustiada dirigida a una mujer que amenaza con robarle el amor de su vida, se convirtió en un himno atemporal. «I Will Always Love You», escrita originalmente como un mensaje de despedida para Wagoner al abandonar su show, alcanzaría décadas más tarde una dimensión planetaria en la voz de Whitney Houston.
Una vez establecida como solista, Parton demostró una versatilidad artística poco común. En 1977 conquistó el mercado del country pop con el sencillo «Here You Come Again», un disco que vendió más de un millón de copias y abrió las puertas de una nueva audiencia más amplia. Luego llegó «9 to 5», tanto el sencillo como el álbum homónimo, que alcanzaron el número uno y le granjearon fama internacional. La canción, compuesta para la película del mismo nombre en la que ella también actuó, capturaba con humor incisivo la frustración de las trabajadoras de oficina frente a sus jefes.
La década de los ochenta la encontró en plena expansión. Colaboró con Kenny Rogers en «Islands in the Stream», otro número uno arrollador, y siguió explorando distintas vertientes del country. Con su disco Trio de 1987, grabado junto a Linda Ronstadt y Emmylou Harris, demostró que su voz encajaba a la perfección en armonías de una belleza casi instrumental. White Limozeen, publicado en 1989, representó su exitoso regreso al sonido country más tradicional, con sencillos como «Why'd You Come in Here Lookin' Like That» y «Yellow Roses» que dominaron las listas.
En los años noventa sus resultados comerciales fueron más irregulares, pero Parton nunca dejó de sorprender. A finales de esa década publicó The Grass Is Blue, el primero de una trilogía de álbumes de bluegrass bajo el sello independiente Sugar Hill Records, que entre 1999 y 2002 la reveló como una artista con raíces todavía más profundas de lo que muchos suponían. Todos esos discos entraron en el Top 10 británico y recibieron elogios unánimes de la crítica.
A lo largo de su carrera, los premios y reconocimientos se han acumulado de manera impresionante. Siete premios Grammy avalan su trayectoria musical, y su nombre figura en el Salón de la Fama de Compositores de Nashville y en el Salón de la Fama de los Compositores a nivel nacional. En 2004, la revista Rolling Stone la ubicó en el puesto 73 de su lista de los mejores cantantes de todos los tiempos, y en 2025 recibió el Oscar honorífico Jean Hersholt en reconocimiento a su labor filantrópica. Sus ventas totales superan los cien millones de álbumes, lo que la sitúa entre las artistas con mayores ventas de la historia de la música.
Pero la figura de Dolly Parton trasciende con creces el ámbito musical. Es también actriz, empresaria, escritora y filántropa de primera magnitud. Su programa Dolly Parton's Imagination Library, que dona libros a niños de corta edad en varios países, ha distribuido decenas de millones de ejemplares y transformado los índices de alfabetización en las comunidades donde opera. Su generosidad, su buen humor y su negativa a dejarse encasillar políticamente le han granjeado un afecto popular que rara vez acompaña a las grandes celebridades.
Con más de cinco décadas de carrera, Parton continúa siendo una fuerza creativa activa, explorando nuevos géneros y proyectos con la misma energía que tenía cuando descendió de las montañas de Tennessee con una guitarra bajo el brazo. La niña pobre de Sevierville se convirtió en la Reina del Country, pero también en algo más difícil de definir y más valioso aún: en un símbolo de perseverancia, talento genuino y bondad sin artificio.

