imperios

Dinastía Han

Segunda dinastía del Imperio chino (206 a.C.-220 d.C.)

7 min01/01/2024
Anúncio

En el año 206 a. C., tras el turbulento colapso de la dinastía Qin, Liu Bang, un modesto funcionario de origen plebeyo, emergió victorioso de las guerras que desgarraron China y fundó la dinastía Han. Lo que siguió fue uno de los períodos más trascendentes en la historia de la humanidad: más de cuatro siglos de gobierno que dejaron una huella tan profunda en la identidad china que el grupo étnico mayoritario de ese país aún se denomina a sí mismo "pueblo Han", y el idioma chino se llama en muchas lenguas "lengua Han".

El período Han se divide convencionalmente en dos etapas: el Han Occidental, con capital en Chang'an, la actual Xi'an, que se prolongó hasta el año 9 de la era común; y el Han Oriental, con capital en Luoyang, que abarcó desde el año 25 hasta el 220. Entre ambas etapas hubo un breve interregno protagonizado por Wang Mang, un usurpador que proclamó la efímera dinastía Xin. La restauración del Han Oriental fue obra de Liu Xiu, conocido como el Emperador Guangwu, quien reconstruyó el Estado luego de décadas de guerra civil.

Desde los primeros años de la dinastía, China se transformó en un Estado confuciano. La filosofía de Confucio, que enfatizaba la jerarquía, el orden social, la lealtad al soberano y la importancia del estudio y la virtud, fue adoptada como ideología oficial bajo el reinado del Emperador Wu, que gobernó entre el 141 y el 87 a. C. Se crearon escuelas imperiales donde los candidatos a funcionarios eran formados en los textos clásicos confucianos, y los exámenes de ingreso a la burocracia comenzaron a basarse en ese conocimiento. Este sistema, refinado a lo largo de los siglos, definiría la cultura política china durante dos milenios.

El reinado del Emperador Wu fue también una era de expansión espectacular. Sus ejércitos marcharon hacia el norte para contener a los xiongnu, los nómadas de las estepas que habían hostigado a China durante generaciones. Las campañas fueron costosas pero exitosas, y empujaron a los xiongnu hacia el oeste, desencadenando una cadena de migraciones que siglos después sacudiría al Imperio romano. Hacia el oeste, los Han enviaron expediciones diplomáticas hasta la cuenca del Tarim, en la actual Sinkiang, estableciendo contactos con los reinos de Asia Central. Este proceso de apertura hacia el oeste, combinado con la consolidación del comercio caravanero, dio origen a lo que los historiadores modernos llaman la Ruta de la Seda, esa red de rutas por la cual fluían especias, telas, vidrio y, sobre todo, la seda china que tanto fascinaba al mundo antiguo.

Los contemporáneos de los Han en Occidente eran los romanos, y tanto chinos como romanos eran conscientes de la existencia del otro, aunque el contacto directo fuera escaso. El Imperio romano era conocido en China como Da Qin. China exportaba seda, especias y telas; Roma solo podía ofrecer oro y plata a cambio, pues no poseía manufacturas de interés para los chinos. El Libro de Han Posterior recoge el relato de una supuesta embajada romana que representaba al Emperador Antonino Pío, cuyo reinado transcurrió entre 138 y 161, y que habría llegado a la capital Luoyang: un testimonio de los lazos, tenues pero reales, que conectaban los dos extremos del mundo conocido.

Los logros tecnológicos e intelectuales del período Han fueron extraordinarios. El papel fue inventado durante esta época, en el siglo II a. C., transformando radicalmente la posibilidad de preservar y difundir el conocimiento. El historiador Sima Qian, que vivió aproximadamente entre el 145 y el 87 a. C., redactó las Memorias históricas, una crónica monumental que abarcaba desde los tiempos míticos hasta su propia época y que estableció el modelo de la historiografía china. Los avances en la astronomía, la metalurgia, la ingeniería hidráulica y la medicina convirtieron a la China Han en uno de los centros tecnológicos más avanzados del mundo antiguo.

La agricultura y el artesanado prosperaron, y la población superó los cincuenta millones de personas. Los mercados urbanos animaban la vida económica, y el comercio con las regiones vecinas, incluyendo los actuales Vietnam, Corea y Mongolia, difundía la cultura y la tecnología chinas. Para asegurar la paz con los pueblos de las fronteras, la corte Han desarrolló un sistema tributario que permitía a los estados no-chinos una amplia autonomía a cambio de su reconocimiento simbólico de la supremacía imperial, reforzado por el envío periódico de regalos y por matrimonios entre princesas chinas y soberanos locales.

El declive de la dinastía fue tan complejo como su ascenso. Desde el siglo I de la era común, el poder real comenzó a escapar de las manos de los emperadores para concentrarse en las familias de los regentes imperiales y en los eunucos de la corte. Los campesinos, agobiados por impuestos y deudas, se levantaron en la gran rebelión de los Turbantes Amarillos en el año 184, una convulsión de proporciones inmensas que el Estado tardó años en sofocar. Los señores de la guerra que aplastaron la rebelión se quedaron con el poder en sus provincias, y el Imperio se fragmentó. En el año 220, Cao Pi, hijo del poderoso señor de la guerra Cao Cao, obligó al último emperador Han a abdicar y proclamó el inicio del período de los Tres Reinos.

El legado de la dinastía Han en la historia y la identidad chinas no tiene equivalente. Estableció los patrones del gobierno imperial, el modelo del Estado confuciano, la red de la Ruta de la Seda y las bases de una identidad cultural que sobreviviría veinte siglos de cambios. Cuando los chinos modernos hablan de su herencia más profunda, cuando denominan su lengua y su etnia con el nombre de Han, están rindiendo tributo a aquella era dorada que transformó una civilización en un destino.

Anúncio
Anúncio

Coming soon to the World in Stories app

Audio, offline download, no ads and more.

Learn about Premium

Related Stories