La historia de la humanidad está marcada por el fenómeno de la expansión de unos pueblos sobre otros, pero fue a partir del siglo XV cuando ese proceso adquirió una dimensión verdaderamente global con la expansión europea hacia América, África, Asia y Oceanía. El concepto de colonia, que tiene raíces profundas en la antigüedad, se convertiría en el siglo XIX en la denominación técnica de un régimen político específico: el de un territorio sujeto a la administración y el gobierno de un estado distante, llamado metrópolis, cuyos habitantes nativos carecen de plena autonomía y están subordinados a la soberanía del poder metropolitano.
La palabra colonia proviene del latín colonus, que significaba agricultor, cultivador o colono, y llevaba implícito el sentido de granja o finca. Los romanos utilizaban el término para referirse a sus asentamientos en territorios conquistados, poblados por ciudadanos romanos que reproducían las instituciones de Roma lejos de la capital. De manera paralela, los griegos habían desarrollado la institución de la apoikia, literalmente casa lejos de casa, que eran comunidades fundadas en ultramar por ciudades-estado griegas. La ciudad fundadora recibía el nombre de metrópolis, término que el colonialismo moderno recuperaría con plena conciencia de su carga histórica.
Desde el comienzo de la era moderna, sin embargo, el concepto de colonia adquirió connotaciones más complejas y cargadas de asimetría. A diferencia del asentamiento antiguo, la colonia moderna no era simplemente un grupo de emigrantes que fundaban una nueva comunidad: era un territorio incorporado al sistema político y económico de una potencia extranjera, generalmente mediante la conquista militar, y cuya población nativa quedaba sometida a un régimen de dominación. Las estructuras legales, religiosas y administrativas eran impuestas desde la metrópolis, y en muchos casos la población local fue sometida a la esclavitud o víctima de procesos que en el lenguaje contemporáneo se definen como genocidio.
Los países europeos que construyeron los imperios coloniales más extensos fueron el Reino Unido, con aproximadamente 130 colonias a lo largo de su historia, Francia con unas 90, Portugal con 52, España con 44, los Países Bajos con 29, Alemania con 20, Rusia con 17, Dinamarca con 9, Suecia con 8, Italia con 7, Noruega con 6 y Bélgica con 3. Estos números reflejan siglos de expansión territorial que transformaron la economía mundial y el mapa demográfico y cultural de todos los continentes.
La distinción entre colonia y posesión de ultramar es relevante desde el punto de vista jurídico y político. En una colonia, la población local no goza de plenos derechos de ciudadanía; los procesos políticos son restringidos y las cuestiones relativas a la independencia están habitualmente excluidas del debate público. Los sistemas legal, religioso y educativo son impuestos por la metrópolis, y los colonos procedentes del país dominante suelen concentrar la propiedad y el poder económico, mientras que los recursos de los pueblos indígenas son frecuentemente expropiados. En la posesión de ultramar, en cambio, los ciudadanos gozan formalmente de los mismos derechos que los de la metrópolis, pueden organizarse en movimientos pro independencia y tienen mecanismos institucionales para expresar su voluntad política, aunque para alcanzar la independencia deben lograrlo por mayoría, lo que no siempre es posible cuando la población metropolitana supera en número a la indígena.
Los historiadores y politólogos han elaborado además el concepto de colonia informal para referirse a estados que, sin estar formalmente bajo soberanía extranjera, son controlados de facto por otra potencia a través de la dependencia económica, la intervención diplomática o la presión militar. Esta ampliación conceptual es polémica pero permite analizar fenómenos de dominación que no siempre adoptan la forma clásica del protectorado o la administración directa.
El gran proceso de descolonización tuvo dos fases principales. La primera, en el siglo XIX, estuvo protagonizada principalmente por las colonias americanas de España y Portugal, que alcanzaron la independencia en un período de guerras y negociaciones que se extendió desde 1810 hasta mediados de siglo. La segunda, auspiciada por las Naciones Unidas tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, desmanteló los imperios europeos en África y Asia a lo largo de las décadas de 1950 y 1960.
El legado del colonialismo es una de las cuestiones más debatidas en la historiografía y en la política contemporáneas. Sus consecuencias económicas, demográficas, culturales y psicológicas se prolongan mucho más allá de la independencia formal, y continúan siendo objeto de disputas sobre reparaciones, responsabilidades históricas y la distribución desigual de la riqueza en el mundo actual.


