La Casa de Braganza fue una de las dinastías reinantes más importantes de la historia ibérica e iberoamericana, cuyo dominio se extendió desde mediados del siglo XVII hasta las primeras décadas del XX. Gobernar Portugal desde 1640 hasta 1853, y Brasil hasta 1889, la convirtió en una de las pocas estirpes reales europeas con presencia simultánea en ambas orillas del Atlántico. Su historia es la crónica de una familia que supo resistir la dominación extranjera, sobrevivir a revoluciones y guerras, y dejar una huella indeleble en la identidad de dos naciones.
El origen de la casa se remonta al año 1442, cuando el rey Alfonso V de Portugal concedió a su medio-sobrino Alfonso de Portugal, VIII conde de Barcelos, el título de primer duque de Braganza. A partir de ese primer duque, la familia fue acumulando poder e influencia en Portugal, convirtiéndose en la aristocracia más poderosa del reino. Entre sus descendientes se encontraba el cardenal Enrique I, que reinó entre 1578 y 1580, aunque no era formalmente miembro de la casa. A su muerte sin descendencia, el trono fue disputado por varios pretendientes, y finalmente lo obtuvo Felipe II de España, hijo de Isabel de Portugal y nieto de Manuel I, uniendo así las coronas ibéricas.
La Unión Ibérica, que duró exactamente 60 años, de 1580 a 1640, fue un periodo de profundas tensiones para Portugal. Los portugueses vieron cómo sus colonias se convertían en objetivos de los enemigos de España y cómo sus intereses quedaban subordinados a los de la monarquía hispánica. La resistencia fue creciendo hasta que Juan II de Braganza, VII duque de Braganza, y su esposa Luisa de Guzmán encabezaron una serie de conspiraciones y acciones militares que culminaron en una revolución contra el rey Felipe IV de España. El 1 de diciembre de 1640, Portugal recuperó su independencia.
Juan II de Braganza, llamado el Restaurador, subió al trono con el nombre de Juan IV, convirtiéndose en el fundador de la nueva dinastía reinante. Gobernó Portugal hasta su muerte en 1656, y su reinado estuvo marcado por la tarea de consolidar la independencia recién obtenida frente a las continuas presiones españolas. Le sucedió su hijo Alfonso VI, que reinó de 1656 a 1683, aunque su gobierno fue en gran parte tutelado por figuras más activas de la corte. A la muerte de Alfonso VI, su hermano Pedro II tomó el trono y lo ocupó hasta 1706, siendo sucedido por su hijo Juan V, que reinó hasta 1750 y que llevó a Portugal a uno de sus momentos de mayor esplendor gracias a las riquezas del Brasil colonial.
En 1750 accedió al trono José I, que gobernó hasta 1777 en una época dominada por la figura de su todopoderoso ministro, el marqués de Pombal. A la muerte de José I, su hija María I de Portugal, heredera del trono, subió al poder junto con su tío Pedro III, con quienes contrajo matrimonio. Su reinado estuvo marcado por la tragedia personal, pues la reina padeció una grave enfermedad mental en sus últimos años que la incapacitó para gobernar, dejando el poder en manos de su hijo, el futuro Juan VI.
Cuando las tropas napoleónicas invadieron Portugal en 1807, Juan VI, que en ese momento ejercía la regencia, tomó la decisión histórica de trasladar la corte al Brasil. Con una escolta de la armada británica, la familia real y miles de cortesanos cruzaron el Atlántico y se instalaron en Río de Janeiro. Esa mudanza transformó radicalmente la condición del Brasil, que en 1815 fue elevado a la categoría de reino por el propio Juan VI. En 1821, una vez restaurada la paz en Europa, Juan VI regresó a Portugal, dejando a su hijo Pedro en América.
Al morir Juan VI en 1826, le sucedió su hijo Pedro IV, quien en ese momento ya gobernaba el Brasil y había proclamado su independencia en 1822. Pedro optó por permanecer como Pedro I del Brasil y abdicó el trono portugués en favor de su hija María II, que tenía entonces apenas siete años. Sin embargo, el tío de la niña, Miguel I, la derrocó en 1828 y se proclamó rey absoluto. No sería hasta 1834, tras una guerra civil, cuando María II recuperó el trono y Miguel I fue obligado a abdicar. En el exilio, Miguel continuó reclamando sus derechos, dando origen a la rama miguelista, en permanente oposición a la línea constitucional.
María II contrajo matrimonio con el noble alemán Fernando de Sajonia-Coburgo-Gotha, que reinó con el nombre de Fernando II. Ese enlace modificó el linaje de la casa real portuguesa, dando origen a la denominación Casa de Braganza Sajonia-Coburgo y Gotha para la rama posterior. No obstante, la Corona mantuvo el nombre de Braganza, de modo que esa rama se considera una continuación de la misma dinastía. Fue sucedida por Pedro V, que reinó hasta 1861, y luego por Luis I, que gobernó hasta 1889.
El final del siglo XIX y el inicio del XX fueron tiempos convulsos para la monarquía bragancina. Carlos I accedió al trono en 1889 y su reinado terminó de manera trágica: el 1 de febrero de 1908, el rey y su heredero, Luis Felipe de Braganza, fueron asesinados en el regicidio de Lisboa, uno de los episodios más violentos de la historia portuguesa contemporánea. El segundo hijo de Carlos, Manuel II, heredó el trono, pero su reinado duró apenas dos años. La revolución republicana del 5 de octubre de 1910 depuso a la monarquía y proclamó la república, poniendo fin al gobierno de los Braganza en Portugal. En el exilio, Manuel II firmó en 1922 el Pacto de París con el pretendiente miguelista Eduardo Nuño de Braganza, reconociéndolo como jefe de la casa y heredero dinástico.
