Hace más de dos mil cuatrocientos años, el filósofo griego Platón introdujo en sus escritos un relato que desde entonces no ha dejado de fascinar, intrigar y dividir a pensadores, aventureros e investigadores de todo el mundo. La Atlántida, cuyo nombre en griego antiguo significa isla de Atlas, aparece descrita en dos de los diálogos filosóficos de Platón —el Timeo y el Critias— como un poderoso imperio insular que existió nueve mil años antes de la época del legislador ateniense Solón, para después desaparecer en el mar en el transcurso de un solo día y una noche terrible.
La historia llega a nosotros a través de una cadena de narradores que Platón traza con cuidado. Critias, discípulo de Sócrates, cuenta que de niño escuchó el relato de su abuelo, quien a su vez lo conoció de Solón, el venerado legislador. Solón, por su parte, lo había recibido de sacerdotes egipcios en la ciudad de Sais, en el delta del Nilo, quienes conservaban en sus archivos la memoria de aquellos lejanos tiempos que los propios griegos habían olvidado. La historia afirma ser verdadera, lo que ha alimentado durante siglos el debate sobre si Platón pretendía narrar un hecho histórico o construir una alegoría política.
Según la descripción platónica, la Atlántida era una isla situada más allá de las Columnas de Hércules —el estrecho de Gibraltar— y se extendía por una superficie más grande que Libia y Asia Menor juntas. La isla estaba gobernada por reyes descendientes del dios Poseidón, quien la había modelado en capas circulares alternadas de tierra y mar para proteger a la mujer mortal de quien se había enamorado. La civilización atlante era próspera y abundante: disponía de toda clase de minerales, destacando entre ellos el oricalco, más valioso para los atlantes que el oro y empleado con fines religiosos, aunque los investigadores modernos debaten si se trataba de una aleación natural del cobre. También había grandes bosques, numerosos animales domésticos y salvajes —incluyendo elefantes—, y copiosas reservas de alimentos.
El poderío de la Atlántida llegó a extenderse por el suroeste de Europa y el norte de África, hasta que su expansión fue detenida por la ciudad de Atenas, que encabezó la resistencia de los pueblos griegos. Pero en el mismo momento en que los atenienses alcanzaron la victoria, una catástrofe no especificada destruyó simultáneamente a la isla y a los ejércitos enfrentados. La Atlántida se hundió en el océano, convirtiendo aquel mar en un terreno de bajíos imposible de navegar.
Durante la Antigüedad y la Edad Media, la interpretación predominante fue la de una alegoría filosófica. Platón utilizaba en sus diálogos recursos narrativos y ficcionales para ilustrar conceptos políticos y éticos, y la Atlántida servía como ejemplo del peligro de la soberbia y la corrupción de una civilización que se aleja de los principios de la virtud. Sin embargo, a partir del Renacimiento y especialmente durante el Romanticismo del siglo XIX, proliferaron las hipótesis que buscaban identificar a la Atlántida con civilizaciones reales o con la cuna mítica de toda la civilización humana.
La investigación moderna ha examinado esas pretensiones con rigor y ha llegado a conclusiones poco favorables a la historicidad del relato. Los supuestos archivos egipcios en los que los sacerdotes de Sais habrían conservado la memoria de la Atlántida nunca han sido encontrados, y la narración contiene anacronismos y datos imposibles desde el punto de vista arqueológico y geológico. La ciencia no ha hallado evidencia de ningún continente o isla de semejantes dimensiones que se haya hundido en el Atlántico en tiempos históricos ni prehistóricos recientes.
Sin embargo, algunos investigadores señalan la posibilidad de que el mito recoja, en forma distorsionada y amplificada, un fondo de realidad vinculado a algún desastre natural real, como la erupción volcánica que destruyó la isla de Tera en el Mediterráneo alrededor del siglo XVII antes de nuestra era y que afectó profundamente a la civilización minoica. Sea como fuere, la Atlántida sobrevive como uno de los mitos más poderosos y duraderos de la cultura occidental, una metáfora del orgullo humano castigado por las fuerzas de la naturaleza y del tiempo.